Xinjiang, China, países musulmanes y los intereses políticos y económicos

Madrid. A lo largo de 2021 la actualidad de Xinjiang, el territorio autónomo en el noroeste de China, no ha dejado de ser protagonista por las quejas de países como Estados Unidos que acusan a Pekín de abusos contra la minoría uigur de esta región, devota del islam, donde los múltiples intereses económicos y políticos existentes han prevalecido en la mayoría de las naciones musulmanes con un silencio que encierra una cierta hipocresía por no defender a los uigures con el mismo ahínco que hacen en otras ocasiones con el mundo musulmán.

Pese al rechazo de China sobre las acusaciones de la violación de los derechos humanos sobre la minoría musulmana de los uigures, la complejidad de la situación interna de Xinjiang no pasa desapercibida, pues no sólo se han intensificado las acusaciones contra Pekín desde que llegó a la Presidencia estadounidense Joe Biden, que denuncia la represión de esta minoría musulmana, sino también la Unión Europea (UE), que pide explicaciones al Gobierno chino, que sistemáticamente niega.

Washington lideró sus acusaciones contra el gigante asiático en la ONU, lo que supone para la segunda economía mundial un verdadero problema de idoneidad y de imagen internacional.

La Administración de Joe Biden se unió a la UE para imponer sanciones contra oficiales chinos por las “violaciones y abusos de los derechos humanos” denunciando un genocidio contra los uigures, una realidad que contrasta con la posición de países musulmanes como Pakistán, Arabia Saudí o Egipto, que se unieron en 2019 a más de treinta países en una carta al Consejo de Derechos Humanos de la ONU que afirmaba que China estaba en un “proceso de contraterrorismo y desradicalización” en Xinjiang y que respetaba los derechos humanos.

China mostró siempre su predisposición a una investigación, pero aclaró que no permitirá una investigación basada en “mentiras”. De hecho, el diplomático chino Jiakun Guo replicó en esta reunión de Naciones Unidas que Estados Unidos y algunos de sus aliados “han montado una presunción de culpabilidad y han fabricado supuestas pruebas”.

Está claro que no es nada nuevo todo lo que se ha dicho o se viene diciendo sobre la situación interna de Xinjiang, un asunto que puede reactualizarse y mucho con Biden en la Casa Blanca, pero que siempre Pekín desmiente. Al mismo tiempo la pasividad de los países musulmanes sobre la acciones de China contra el islam en ese territorio origina cierta preocupación.

Los intereses económicos y políticos se imponen. China no sólo ha enviado ayuda a muchos países del mundo a causa de la pandemia de la COVID-19 sino que también los riega económicamente con grandes proyectos de infraestructuras para el desarrollo de esas naciones, sean o no musulmanas. El peso económico mundial del gigante asiático es vital y de ahí el condicionamiento de ofrecer otras perspectivas no que sean las oficiales.

El Foro de Cooperación entre China y los Estados Árabes (CASCF, por sus siglas en inglés) es básico en las relaciones internacionales del gigante asiático, que busca potenciar su relación política y económica con Oriente Medio. China es el segundo socio de los países árabes y su aportación en millones de euros supera el 12 por ciento en inversiones. China sigue siendo clave en países en vías de desarrollo cuyo capital contribuye a crear infraestructuras en numerosos países de medio mundo. 

China cada vez está más dentro en Oriente Medio, y precisamente el puerto de la ciudad israelí de Haifa, uno de los más importantes del país, pasa a ser controlado este 2021 por una empresa china, lo que ha evidenciado la preocupación de EEUU ante la mayor presencia de Pekín en Oriente Medio, y más cuando Israel, en esta región, depende en gran medida de sus rutas marítimas y alrededor del 90 por ciento de sus importaciones llegan a través del mar. 

El pasado 10 de febrero, el presidente Biden expresó su preocupación por la situación de los derechos humanos en Hong Kong y la provincia de Xinjiang a su homólogo chino, Xi Jinping, en el transcurso de su primera conversación telefónica.

Poco después la UE, el Reino Unido y Canadá se sumaron a la congelación de activos y prohibiciones de viaje ya impuestas por Washington sobre altos funcionarios y empresas chinas acusadas de diseñar y ejecutar una política represiva en Xinjiang. China quiere su propia autonomía en política internacional. Pekín lleva tiempo quejándose de que otros países se involucren en sus asuntos internos.

El 30 de marzo pasado se publicó el informe del Departamento de Estado de EEUU sobre los derechos humanos en China en 2020, cuyo estudio sentencia que “se perpetraron genocidio y crímenes contra la humanidad contra los uigures, que son predominantemente musulmanes, y otras minorías étnicas y religiosas en Xinjiang”.

Recientemente también se ha denunciado “trabajos forzosos” en los campos de algodón de Xinjiang, pero el Gobierno de China lo ha negado sistemáticamente, mientras el Ejecutivo regional señala que el cultivo y la recolección del algodón están automatizados al 100 por ciento en el norte de Xinjiang -de mayoría étnica han– y en más del 70 por ciento en el sur, donde los uigures son mayoritarios.

En Xinjiang viven unos 22 millones de personas, de las que aproximadamente el 46 por ciento son uigures de religión musulmana, el 39 por ciento son han (mayoritarios en China) y el resto pertenece a otras etnias, predominantemente musulmanas, como los kazajos, los kirguises o los hui.

Los uigures pueblan las zonas rurales, mientras los han se concentran en las ciudades, donde controlan el comercio, según datos oficiales. A través de la inversión, China quiere convertir Xinjiang en un centro de producción de petróleo, gas y carbón.

Pekín relaciona con la insurgencia islamista a los uigures, que claman contra la discriminación que sufre esta etnia musulmana de lengua turca con prohibiciones como el no tener acceso a transporte público.

De ahí también que Turquía se haya convertido en un refugio para los uigures, bien recibidos en comunidades musulmanas en ciudades como Kayseri. En Estambul los uigures administran comercios y restaurantes.

Pero hay temores de que en cualquier momento estalle una chispa que encienda la situación de los uigures en Turquía para que China presione a las autoridades turcas y sean repatriados o les quite la protección de la que gozan, opinan expertos en asuntos de Xinjiang. La incertidumbre está ahí. No obstante, en los últimos años Turquía ha otorgado la ciudadanía a uigures y ha facilitado el permiso de residencia a otros.

El presidente chino, Xi Jinping, ha insistido siempre en respetar los intereses fundamentales de China y abordar esos problemas con prudencia, matizando que las “las cuestiones relativas a Taiwán, Hong Kong y Xinjiang son asuntos internos de China que conciernen a la soberanía e integridad territorial de China”.

Santiago Castillo

Periodista, escritor, director de AsiaNortheast.com y experto en la zona

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