El juego bipolar China-Estados Unidos: cálculos, ruidos y costes imposibles de asumir

Madrid. El rumor de guerra en el estrecho de Taiwán se ha convertido en un elemento básico de las predicciones geopolíticas occidentales. Con la intensificación de los ejercicios militares y la proximidad de la denominada «ventana de Davidson» de 2027, la narrativa se fundamenta en que China se prepararía para una maniobra militar histórica, inminente y definitiva.
Recordemos que el almirante Davidson advirtió al Comité de Servicios Armados del Senado de los Estados Unidos el 9 de marzo de 2021 que «Taiwán es claramente una de sus ambiciones antes de esa fecha. Y creo que la amenaza se manifiesta durante esta década, de hecho, en los próximos seis años». Esta evaluación impulsó un análisis más amplio sobre si China estaba intensificando su ambición de suplantar a los Estados Unidos como la superpotencia mundial dominante (véase a este respecto: U.S. Senate Committee on Armed Services, «Hearing to receive testimony on United States Indo-Pacific Command in review of the Defense Authorization Request for fiscal year 2022 and the Future Years Defense Program», 2021, p. 48).
Ahora bien, dejando a un lado las cacofonías de los medios occidentales en torno a este conflicto, para voces como la del mediático profesor Jiang Xueqin, experto en teoría de juegos formado en Yale y residente en Pekín, y miembro de la Global Education Innovation Initiative (Harvard Graduate School of Education), esta narrativa no supera la prueba de la lógica racional.
Para Jiang, la idea de una invasión a corto plazo no solo es improbable, sino una «idiotez». Utilizando las frías matemáticas de la teoría de juegos, este profesor sino-canadiense sostiene en sus publicaciones y vídeos de su canal de YouTube, Predictive History, que las prioridades internas y la geografía económica de China crean un enorme impedimento que la retórica no puede superar.
La primera razón que aduce sería el talón de Aquiles que representa la geografía costera. El factor disuasorio más importante para una invasión china no es sólo la fuerza naval de Estados Unidos; es la propia geografía de China. En la teoría de juegos, es menos probable que un jugador «deserte» (inicie una guerra) si sus activos más valiosos están expuestos a una destrucción inmediata.
En efecto, el milagro económico de China se asienta sobre una estrecha franja costera frente al estrecho de Taiwán. Las principales ciudades de primer nivel de China, los centros de fabricación de alta tecnología y los puertos de transporte marítimo mundiales se encuentran todos a una distancia alcanzable desde los sistemas de misiles modernos. Un conflicto no sería solo una batalla naval; sería el desmantelamiento físico de la base industrial de China. Si el «contrato social» del Partido Comunista se basa en la prosperidad, arriesgar la destrucción total de la economía costera a cambio de una pírrica ganancia territorial sería un sacrificio catastrófico que la mayoría del pueblo chino no entendería.
En segundo lugar, se encuentra la cuestión de Japón y la estrategia del “puente quemado”. En 2025, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, llevó a Japón de la «ambigüedad estratégica» a la «claridad estratégica», declarando que un bloqueo a Taiwán se consideraría una amenaza existencial para Japón. En términos de teoría de juegos, Jiang ha explicado que Japón ha «quemado los puentes». Al asumir este compromiso público, ha eliminado su propia opción de mantenerse neutral. Esto hace creíble su amenaza de intervención, que en el plano práctico se materializaría en su completa subordinación a Washington, es decir, poniendo toda su infraestructura al servicio de las fuerzas aeronavales de Estados Unidos en su territorio, como Okinawa. Recordemos que Japón es de facto, desde su derrota en 1945, un país en régimen de ocupación.
Por lo tanto, China se enfrenta ahora a un dilema en dos frentes. Incluso si Estados Unidos dudara, China se enfrentaría a un ejército japonés rearmado y con alta tecnología, decidido a proteger los intereses de Estados Unidos. Esto reduce significativamente, a juicio de Jiang, la probabilidad de éxito de cualquier modelo de ocupación de Taiwán.
La tercera razón es el llamado “juego de la gallina” en el Estrecho. Las tensiones actuales son descritas por Jiang como si dos conductores (Estados Unidos/Japón y China) se abalanzan uno sobre el otro. El objetivo es hacer que la otra parte se «desvíe» (es decir, se retracte de sus pretensiones). Los ejercicios militares de China no son “prácticas” para una invasión, sino “señales” diseñadas para mostrar determinación. Dado que una colisión frontal (la Tercera Guerra Mundial) resultaría en un «infinito negativo» para todos, la elección racional seguiría siendo un statu quo tenso e incómodo. Mientras el coste de la colisión sea mayor que el costo del «giro», la paz, por frágil que sea, prevalece. Esto explicaría en opinión de Jiang por qué no ha estallado la guerra todavía en la región de Asia-Pacífico.
Finalmente, pero no menos determinante, tenemos el factor de la guerra comercial en curso. Jiang también señala que la guerra comercial entre Estados Unidos y China se ha comportado como un clásico juego de “ojo por ojo”. Si bien los aranceles de la era Trump pretendían forzar la retirada de China, el resultado ha sido un estancamiento que perjudicó al sector exportador estadounidense debido a las contramedidas articuladas por Pekín.
De momento, las exportaciones chinas demuestran resiliencia, mientras Estados Unidos se enfrenta a la realidad de la interdependencia, como ha dejado ver la reciente visita de Trump a Xi en mayo de 2026. En un mundo de «cacerías de ciervos», donde ambas naciones deben cooperar para cosechar los frutos de la IA y la manufactura avanzada, la «deserción» mediante guerras comerciales o conflictos militares crea según Jiang un equilibrio en el que todos pierden. Trump parece haberse dado cuenta de ello tras completar prácticamente un año y medio de su segundo mandato y enfrentarse a un horizonte sombrío de cara a las elecciones ‘midterm’ del próximo mes de noviembre.
Para demostrar la consistencia de su modelo explicativo, Jiang aplica la teoría de juegos a los conflictos más intratables del mundo, como el del Estrecho de Taiwán. Su premisa se podría resumir en no confundir el ruido con la señal. Los medios de comunicación se centran en el “ruido”: los discursos encendidos y las maniobras navales. Pero la “señal” —la matemática subyacente de la vulnerabilidad costera y la interdependencia económica— apunta hacia la estabilidad.
Precisamente, el concepto «estabilidad» es fundamental para entender la mentalidad y la metodología política actual de China. Como indica Rafael de Mora en un reciente artículo en Mundo Global, la revista de la Fundación Cátedra China (18 de mayo de 2026), el punto central de la reciente cumbre fue la propuesta de Xi de un nuevo posicionamiento: la llamada «Estabilidad Estratégica Constructiva», que ha sido divulgado así a los medios oficiales (People´s Daily, Xi-Trump meeting charts course for constructive strategic stability in China-U.S. ties, 18 de mayo de 2026).
Como amplía Rafael de Mora, Pekín ha articulado este concepto bajo cuatro pilares: Estabilidad Positiva (no es solo «no pelear», sino actuar juntos); Estabilidad Saludable (Pekín acepta que Washington quiera competir, pero exige que sea con límites); Estabilidad Constante (que las diferencias sean manejables y con un reconocimiento tácito de que nunca estarán de acuerdo en todo); y una Estabilidad Duradera (una paz previsible). Desde la perspectiva de un importante think tank chino, el Centro para China y la Globalización (Center for China and Globalization, CCG), esto es una respuesta directa al «caos transaccional» de la Administración Trump. China no querría un trato efímero, sino un marco que sobreviva a los tuits y a los cambios de humor de la Casa Blanca.
Para Pekín, la «condición de victoria» no es izar una bandera sobre Taipéi sino la consolidación de la prosperidad y bienestar social alcanzados en los últimos decenios y seguir garantizando un crecimiento continuo de China continental. Desde la perspectiva de la teoría de juegos, una invasión sería la forma más segura de complicarlo todo. Nadie sabe qué pacto habrán podido alcanzar Xi y Trump en su reciente cumbre, si lo ha habido y con qué alcance, pero hay algo bastante seguro, y es que el valor estratégico de Taiwán disminuirá una vez que Estados Unidos logre mejorar las capacidades de su industria de semiconductores, completando el traslado y absorción de la tecnología taiwanesa a las instalaciones de Arizona. Esto podría tardar una década o incluso más, pero sucederá en algún momento.
Recordemos que el gobierno de Estados Unidos movilizó grandes capitales a través de la CHIPS Act para “convencer” a TSMC de instalarse en su territorio. Utilizó la presión de imponer altos impuestos a los chips importados si la industria taiwanesa no aceptaba trasladar parte de su producción a suelo americano. Debido a esto, TSMC expandió su plan en Arizona hasta alcanzar una inversión total proyectada de 165.000 millones de dólares para construir un supercomplejo de seis fábricas.
Este plan incluye traer a ingenieros taiwaneses altamente cualificados de Taiwán a Arizona para operar el know how de las máquinas más complejas del planeta. Pero a través de acuerdos educativos y de formación, el personal local estadounidense está aprendiendo los secretos técnicos de la fabricación taiwanesa para que el país sea autosuficiente en el futuro, en la perspectiva de sustituir finalmente las importaciones de chips por el riesgo geopolítico que traen consigo.
La estrategia estadounidense exige que se fabrique tecnología punta de semiconductores de 4 y 3 nanómetros para las computadoras de Apple, Nvidia y AMD. Y para evitar enviar las piezas de regreso a Taiwán para terminar el proceso industrial, el plan en Arizona incluye construir plantas de ensamblaje final en el mismo sitio. Esto cierra todo el ciclo de producción dentro de las fronteras de Estados Unidos, con la mira puesta en reducir al máximo su dependencia de Taiwán. Cuando este plan se complete, entraremos posiblemente en otra fase geopolítica por el hecho de la devaluación de Taiwán como activo estratégico para la superpotencia norteamericana.
China no puede impedir esa estrategia, pero tampoco le supone un perjuicio real si en un horizonte a medio plazo -en torno al centenario de la fundación de la República Popular China, en 2049-, puede acometer finalmente su esperada reunificación nacional, sin necesidad de realizar una intervención militar sobre la isla. Por entonces el hegemón norteamericano habrá solucionado probablemente su dependencia de la tecnología taiwanesa y, en consecuencia, la isla habrá perdido el valor estratégico que todavía actualmente conserva.
De momento, a la espera que esos planes, con sus proyecciones o hipótesis cristalicen, o no, este año comienza el XV Plan Quinquenal de China (2026-2030) y Estados Unidos celebra el 250 aniversario de su fundación. Ambas potencias necesitan entenderse porque si ponen en riesgo su actual interdependencia con aventuras geopolíticas de incierta escalada y resultado, las dos tienen mucho que perder, y con ellas, el resto del mundo.
A nuestro juicio, la cuestión de Taiwán no parece dirigirse hacia una resolución militar inminente, sino hacia una larga y compleja gestión de equilibrismo, sobre un tablero que sustenta una rivalidad tecnocientífica creciente que no se limita únicamente al Estrecho, sino que abarca las grandes cadenas globales de suministro, el mercado energético, y la carrera de la Inteligencia Artificial.
Pekín entiende que el tiempo puede jugar a su favor si preserva la estabilidad. Washington, por su parte, busca reducir gradualmente su vulnerabilidad estratégica antes de asumir riesgos mayores. Las demostraciones de fuerza seguirán formando parte del juego geopolítico, pero quizá la principal lección de este momento histórico sea que, precisamente porque China y Estados Unidos son plenamente conscientes del coste catastrófico e imposible de una colisión directa, ambos están condenados —al menos por ahora— a coexistir dentro de una tensión permanente, incómoda pero profundamente interdependiente.







