Por qué Malaca inquieta a China (y II): El teatro donde se libra el verdadero pulso entre Washington y Pekín
Madrid. El riesgo verdaderamente estratégico procede de la rivalidad entre grandes potencias. La zona que rodea al estrecho de Malaca ha ganado relevancia estratégica en los últimos años, y tanto Estados Unidos como China han ido ampliando de forma sostenida su presencia militar en torno a este paso marítimo y sus accesos. No es casualidad el reciente pacto de defensa entre Washington y Yakarta para profundizar su cooperación bilateral, sino más bien parece una señal de que la crisis de Ormuz podría estar proyectándose también hacia el océano Índico y adquiriendo una nueva dimensión regional. En un contexto de creciente inestabilidad geopolítica global, todo parece indicar que estos últimos avances entre ambos países forman parte de una estrategia que persigue, en buena medida, contrarrestar la influencia de China en la zona.
Algunos analistas sostienen que el estrecho se convertiría en un escenario clave en una confrontación entre China y Estados Unidos, ya que el control de las rutas marítimas se traduce directamente en capacidad de influencia económica y de presión estratégica. En un conflicto por Taiwán o por el mar de China Meridional, Malaca podría convertirse en un instrumento de coerción sobre China. No porque Estados Unidos pueda «apagar» unilateralmente Malaca, sino porque Washington y sus aliados disponen de capacidades navales, submarinas, de vigilancia y de presión diplomática capaces de complicar las líneas marítimas chinas en el Indo-Pacífico.
Siendo sensatos, no hay base sólida para afirmar que Estados Unidos bloquearía automáticamente este corredor si China invadiera Taiwán, por ejemplo. Los análisis de organismos como el Center for Strategic and International Studies (CSIS), la RAND Corporation, el U.S. Naval War College y otros ‘think tanks’ tienden a hablar más de interdicción marítima, control parcial del mar, presión sobre rutas logísticas y operaciones selectivas que de un bloqueo formal del estrecho. Un cierre total sería jurídicamente controvertido, militarmente complejo y económicamente devastador también para aliados de Washington como Japón, Corea del Sur o la propia Unión Europea.
Por eso, cuando el presidente chino, Xi Jinping, habla de Taiwán, muchos analistas entienden que no está pensando únicamente en la isla, sino también en todas las consecuencias económicas y militares que desencadenaría tal conflicto. En una guerra prolongada, esa presión podría importar tanto como las operaciones bélicas alrededor de Taiwán.
La lección que nos enseña el bloqueo de Ormuz es que hoy los estrechos pueden volverse herramientas de poder para influir en la geopolítica. Desde esa perspectiva, a China no le preocupa tanto el petróleo que sale del golfo Pérsico hacia su economía como el hecho de que una arteria marítima pueda ser utilizada para imponer costes económicos, alterar mercados y condicionar decisiones políticas. El precedente que observa con atención Pekín no es que mañana se cierre Malaca de manera idéntica, sino que los grandes pasos marítimos dejen de ser percibidos como bienes públicos globales relativamente neutrales para ser entendidos como resortes de poder estratégico. Malaca, en el corazón del Indo-Pacífico, es, además, la puerta de entrada a la gran fábrica del mundo.
Con todo, sería muy precipitado ver en este enclave estratégico el próximo Ormuz o un «as en la manga» de Estados Unidos. Es algo más importante: es el símbolo de una vulnerabilidad sistémica. Un bloqueo prolongado sigue siendo improbable porque perjudicaría a demasiados actores y requeriría una escalada extraordinaria. Pero una interrupción parcial, una militarización del entorno o una crisis de seguros y rutas sí son escenarios plausibles.
Ese riesgo existe y puede poner a prueba la capacidad de la globalización para absorber una perturbación semejante. Y ahí la respuesta es incómoda: China es el país más expuesto, pero no sería el único perdedor. Si esta vía queda obturada, aunque sea temporalmente, no se detiene solo el flujo de petróleo y otros bienes hacia China. Se tensiona una parte esencial de la economía mundial.
Según el CSIS, por Malaca fluye alrededor del 22 % del comercio marítimo internacional y es el mayor cuello de botella petrolero del planeta por volumen, dado que por este canal de navegación transita el 45 % del crudo transportado por mar. Esto significa que, si Malaca quedara cerrado durante semanas, el impacto económico global podría ser incluso de mayor magnitud que el de Ormuz, ya que por este corredor circulan no solo hidrocarburos -lo que ya implicaría una crisis energética global inmediata de proporciones ciclópeas-, sino que es un eslabón fundamental para gran parte de las cadenas de suministro industriales globales: Singapur, ubicado en la entrada oriental del estrecho, alberga el segundo puerto de contenedores más activo del mundo.
En resumen, estas infraestructuras harían de correa de transmisión trasladando los disruptivos efectos del cierre de Malaca hacia otras regiones lejanas debido a su papel central en las cadenas de suministro. El resultado sería un aumento de las presiones inflacionistas y, en general, un fuerte impacto económico para el planeta.
Y en este punto, Estados Unidos tendría ante sí un complejo dilema porque, aunque contaría con incentivos para degradar la logística china, cerrar el grifo global perjudicaría también a su propia economía, en una medida mucho mayor que la crisis de Oriente Próximo que en los últimos meses ha puesto de rodillas a los grandes importadores de petróleo. Por ello, Washington, si se guarda esa carta en su pugna con Pekín, también debería trabajar con sus aliados y socios para modernizar puertos secundarios de aguas profundas en Filipinas, Vietnam y a lo largo de la costa oriental de India si no quiere su maniobra tenga un efecto bumerán. Si el estrecho de Malaca sufriera un trastorno significativo en el tráfico de mercancías, estos puertos podrían desempeñar un papel relevante como puntos de reabastecimiento para los buques desviados a través del archipiélago indonesio, tal y como argumenta la revista especializada en relaciones internacionales Foreign Affairs.
Por ahora, el tránsito por Malaca continúa sin interrupciones, pero cierto es que la geopolítica ha puesto de manifiesto el riesgo ligado a los grandes pasos marítimos -de Ormuz al mar Rojo– y en ese nuevo marco el mar de China Meridional se consolida como uno de los ejes neurálgicos del tablero estratégico.
La historia enseña que las grandes potencias rara vez controlan del todo los instrumentos que deciden activar. Suez lo demostró en 1956: tras la nacionalización del canal por el entonces presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, Reino Unido y Francia, junto a Israel, recurrieron a la fuerza para recuperar el control de una vía que consideraban esencial para su influencia global. La operación, concebida como una demostración de poder, terminó siendo lo contrario porque Washington forzó la retirada, Moscú elevó la presión diplomática y Londres y París comprobaron que el canal ya no medía su fuerza, sino los límites de su antiguo poder imperial. Malaca podría cumplir una función parecida en el siglo XXI: no sería solo una baza contra China, sino una prueba para todos.







