Sur Global, Norte indeciso (I): El momento de España como puente con los BRICS

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Madrid. El orden internacional contemporáneo atraviesa una fase de transición, que es más que una crisis. Asistimos en realidad al desgaste o desmoronamiento lento de una hegemonía -la estadounidense, que fue unipolar durante casi cuatro décadas- pero que ya no logra sostener sus propias certezas. Las alianzas se reconfiguran sin pedir permiso en Washington. Y el relato, una intangible mezcla de ‘soft power’, ‘think tanks’ y propaganda cultural y dominación cognitiva a través de diversas terminales mediáticas, que durante años legitimó un statu quo global basado en intervencionismo militar, embargos y sanciones, empieza a mostrar costuras que antes no se veían.

En ese espacio abierto por la progresiva erosión de la hegemonía estadounidense han proliferado mecanismos de gobernanza alternativa y multilateral, paralelos a la institucionalidad hegemónica del Norte Global liderado por Estados Unidos. El Sur Global, expresión incómoda para algunos, pero mejor que «Tercer Mundo», es ante todo una constatación: hay Estados que han dejado de esperar turno y han comenzado a construir sus propias reglas, a asociarse, a ser conscientes de la necesidad de conquistar su soberanía nacional y pilotar sus relaciones diplomáticas con autonomía, sin vasallajes o servidumbres neocoloniales.

Los BRICS+ son la manifestación más visible de ese fenómeno, también la OCS o la ASEAN. En el caso de los BRICS+, no como un grupo monolítico -sería un error interpretarlo así- sino como una plataforma de coordinación multifuncional donde convergen intereses a menudo divergentes, pero que encuentran un suelo común en una demanda compartida, que viene a ser básicamente la reforma de las arquitecturas financieras y de gobernanza multilateral que han prevalecido desde 1945. El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Consejo de Seguridad de la ONU. Las siglas se repiten en cada declaración, pero su legitimidad se erosiona con cada veto y cada condicionalidad impuesta desde unas pocas capitales de ese Norte Global.

El agrupamiento original –Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica– se ha ampliado a partir de 2024 con la incorporación de Irán, Egipto, Etiopía, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Once miembros que no comparten régimen político, ni modelo económico, ni alianzas militares, pero que sí comparten una incomodidad común ante un orden que les fue impuesto y que limita enormemente sus capacidades, al mismo tiempo que preserva no sólo el actual hegemonismo angloamericano, sino también las viejas concepciones y ambiciones eurocéntricas de potencias en franco declive, como Reino Unido y Francia.

La Unión Europea (UE), frente a este escenario, no ha logrado articular una respuesta única. Los países bálticos y Polonia se alinean sin matices con la OTAN. Francia, Italia y Alemania, con más margen de maniobra, ensayan aproximaciones pragmáticas que buscan preservar su autonomía, aunque solo en el caso de Francia esto pueda tener algo de credibilidad en la práctica, habida cuenta de que se trata de una potencia con armamento y energía nuclear, y asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, sin la injerencia que representan tener bases OTAN ni de Estados Unidos en su propio territorio, gracias al capacidad visionaria del general De Gaulle, a quién los huéspedes del Eliseo todavía deben mucho.

Lo mismo no puede decirse ni de Alemania ni de Italia, que por haber sino la cuna del nazismo y del fascismo, respectivamente, y haber sido derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, siguen pagando la hipoteca de ser excluidas del asiento permanente del Consejo de Seguridad y de estar completamente subordinadas a Washington en el seno de la OTAN, aunque se les haya dejado tener una voz influyente en el seno del G-7, del G-20 y por supuesto en la UE. En todo caso, esta asimetría de intereses y capacidades, así como la diversidad de respuestas revela una realidad incómoda: la UE no tiene una posición sobre los BRICS+, sino tantas posiciones como capitales.

España, sin embargo, ha optado por la observación. Desde hace años, su posición en este debate se caracteriza por una visibilidad tan baja que raya en la ausencia. No hay una política deliberada de acercamiento, ni siquiera un reconocimiento explícito de que el tablero ha cambiado. El país sigue el debate, pero no participa. Mira, pero no se mueve.

Sin embargo, los atributos estructurales están ahí, esperando que alguien los convierta en activos. España posee una posición geográfica privilegiada -no periférica, sino bisagra entre continentes-. Un modelo económico abierto y diversificado, muy expuesto al comercio internacional y, por tanto, muy sensible a cualquier reconfiguración de las rutas comerciales y corredores de transporte. Una red de vínculos transcontinentales con Iberoamérica, el norte de África y el Mediterráneo que ningún otro país europeo puede igualar. Y un perfil diplomático tradicionalmente no confrontativo, que durante décadas se interpretó como debilidad pero que, en un mundo en fase de fragmentación, con bloques enfrentados, puede leerse como una ventaja.

Esa combinación de factores convierte a España en un candidato privilegiado para un papel que nadie le ha pedido pero que podría asumir sin estridencias. Sería el de ser puente entre los BRICS+ y dos espacios críticos. Por un lado, la Unión Europea. Por otro, Iberoamérica, ese continente con el que España comparte no solo lengua e historia, sino también una red de intereses económicos y culturales que no ha sabido explotar políticamente.

Lejos de plantear una disyuntiva excluyente -Occidente o BRICS+- España puede articular una posición de puente activo, que no es lo mismo que mediación pasiva o equidistancia ingenua. Un puente que genere valor para todas las partes implicadas, no desde la neutralidad -la neutralidad no existe en geopolítica- sino desde la capacidad de moverse en las intersecciones, de entender los lenguajes de ambas orillas y de traducir intereses que a menudo se expresan en códigos opuestos.

Lo que sigue es un esfuerzo por sistematizar esa oportunidad. Primero, las oportunidades que los BRICS+ ofrecen a España desde las dimensiones diplomática, económica, empresarial y cultural. Luego, una inversión de la perspectiva: qué valor añadido podría aportar España a los BRICS+ en su relación con la UE y con Iberoamérica. Al final, algunas conclusiones estratégicas orientadas no a la especulación académica, sino a la toma de decisiones.

Una advertencia previa. La aproximación deliberada de España a los BRICS+ no puede ni debe ser un cálculo geopolítico de corto plazo, un gesto táctico en el tablero europeo o una respuesta a la frustración con Bruselas. Sería un error tratarlo como una oportunidad coyuntural. Se trata, por el contrario, de identificar oportunidades estructurales, tendencias de fondo que van a reconfigurar el orden global con independencia de que España decida participar o quedarse al margen.

Hoy, nuestro país carece de un perfil propio en las grandes negociaciones sobre la reforma de la gobernanza internacional. Sus posiciones quedan subsumidas en las que lideran Francia y Alemania en el marco de la UE. No hay voz propia, apenas un eco. Y ese silencio tiene un coste: España no influye, no negocia, no propone. Simplemente sigue.

Lo hemos visto recientemente con el asunto de Gibraltar, en el que el Gobierno español se ha plegado a lo negociado entre Bruselas y Londres, aceptando hechos consumados que tanto benefician a la oligarquía colonial británica que usa el peñón como cueva de piratas a servicio de oscuros intereses financieros y contrabando internacional, creando inseguridad y dependencia a amplias capas sociales de ciudadanos españoles. Mucho tendría que aprender España de China sobre cómo negociar con los anglosajones para torcerles el brazo, como ejemplifica el caso de Hong Kong. En la Declaración Conjunta Sino-Británica el 19 de diciembre de 1984, Deng Xiaoping supo aprovechar la debilidad de Londres a su favor. Un pulso que sin embargo ningún inquilino de la Moncloa se ha atrevido a hacer, sobre todo teniendo en cuenta la vulnerabilidad de Londres a partir del Brexit.

Por eso cabe suponer que una política activa hacia los BRICS+ cambiaría esa dinámica. No por confrontación, sino por presencia. España podría ganar autonomía de negociación en foros donde hoy es un acompañante secundario: el G20, la Asamblea General de la ONU, las conferencias de cambio climático, cortes de arbitraje comercial, etc. Dispondría de canales de diálogo directos con actores no occidentales, y ese acceso no es menor en un mundo donde las líneas de fractura ya no coinciden con las del mapa de la Guerra Fría.

Esa autonomía no es un fin en sí misma, sino un instrumento para ejercer funciones de facilitación en conflictos y crisis donde los BRICS+ mantienen posiciones contrapuestas a las de la UE o Estados Unidos. La guerra en Ucrania, la inestabilidad en el Sahel, la crisis del Cuerno de África. Escenarios donde el consenso occidental se resquebraja y donde un interlocutor creíble ante ambas partes puede marcar la diferencia entre la escalada y la contención. España puede ser ese interlocutor, no por vocación mesiánica sino por posición, por historia y por una credibilidad que aún no ha sido quemada en fuegos cruzados, a pesar de los deslices diplomáticos que también los ha habido.

Hay además una vía operativa que no requiere gestos grandilocuentes, sino voluntad política, como es el acceso a las plataformas de gobernanza alternativa que los BRICS+ han puesto en pie. El Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), con sede en Shanghái, y el mecanismo de reservas contingentes (CRA). Como hemos defendido en el Cuaderno Nº4 dedicado a los BRICS, publicado por la Fundación Cátedra China (junio 2026), participar en ellos no exige compromisos de defensa, ni alineamiento político pleno, ni renuncias a la pertenencia a la UE o la OTAN. No es una membresía total, es una puerta. Y España, hasta ahora, no ha llamado a ninguna.

Tengamos en cuenta que la economía española arrastra una dependencia estructural que ya no puede seguir presentándose como un hecho geográfico inevitable. El 65 % de sus exportaciones se dirigen a la UE. El dólar estadounidense sigue marcando el compás de sus costes energéticos y financieros. Esa doble atadura -mercantil y monetaria- convierte a España en un actor prisionero de dinámicas que no controla y que, además, se han vuelto más volátiles desde que la Reserva Federal maneja los tipos de interés como un arma geopolítica.

Los BRICS+ no ofrecen una utopía, sino algo más práctico, las vías concretas de diversificación. La más evidente, aunque no por ello menos relevante, es el acceso a monedas alternativas en las transacciones comerciales. España podría -debería, si hablamos de interés nacional- explorar acuerdos bilaterales con China (yuan), India (rupia), Brasil (real) y los Emiratos Árabes Unidos (dírham) para denominar parte de sus intercambios. No se trata de abandonar el euro ni mucho menos, sino de dejar de ser rehén de una única divisa cuyos vaivenes responden a intereses que poco tienen que ver con la productividad española.

Pero la oportunidad no se agota en la moneda. El Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS ha manifestado su intención de ampliar su cartera de préstamos a países no miembros, con especial atención a proyectos de infraestructura sostenible, transición energética y digitalización. España, que necesita financiación para su ambicioso -y todavía insuficientemente ejecutado- plan de descarbonización, podría presentar proyectos de hidrógeno verde, desalinización y electrificación ferroviaria a la consideración del NDB. Las condiciones, en muchos casos, podrían resultar más favorables que las del BEI o el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, que arrastran lentitudes burocráticas y condicionalidades políticas que el NDB, de momento, no impone con la misma rigidez.

En el terreno de la inversión directa, los fondos soberanos de los BRICS ya han mostrado interés por los activos estratégicos españoles. El chino CIC, el emiratí Mubadala, el saudí PIF. No son inversores marginales, ya que gestionan recursos que superan el PIB de muchos países europeos. Han puesto sus ojos en sectores energéticos, logísticos y turísticos, áreas donde España posee activos de primera línea. El problema no es su interés, sino la ausencia de un marco institucional que lo canalice de forma ordenada. Una relación institucionalizada con los BRICS+ facilitaría esa canalización, maximizando los efectos positivos -empleo, transferencia tecnológica, modernización- y minimizando los riesgos de control extraterritorial que toda inversión soberana conlleva.

El tejido empresarial español, sin embargo, no es monolítico. Coexisten en él dos universos que apenas se hablan. Por un lado, grandes multinacionales altamente internacionalizadas: ACS, Ferrovial, Repsol, Iberdrola, Inditex, Banco Santander, etc. Empresas que ya compiten en el mercado global y que no necesitan que se les explique dónde están las oportunidades. Para ellas, los BRICS+ suponen la posibilidad de participar en megaproyectos de infraestructura financiados por el NDB o por los bancos nacionales de los países miembros.

La modernización ferroviaria en India, la expansión de energías renovables en Brasil, los planes de desalinización en Egipto y Arabia Saudí, los corredores logísticos en Etiopía. En todas estas áreas, las empresas españolas atesoran ventajas competitivas en ámbitos como la gestión de concesiones, ingeniería de plantas, operación de redes. Saben hacer, lo que no saben es colocarse en el lugar adecuado por causa de una diplomacia comercial muchas veces subordinada o seguidista de supuestos amigos o socios occidentales que luego se quedan con las mejores porciones del pastel y si acaso reparten las sobras.

Pero el otro universo empresarial -la masa crítica de pymes con limitada presencia más allá de Europa e Iberoamérica- es el gran olvidado del discurso oficial. También para ellas existen oportunidades tangibles. El acceso a plataformas de comercio electrónico transfronterizo impulsadas por China (Alibaba, JD.com) e India (Flipkart) puede abrir canales que la burocracia comercial tradicional no permite. Los programas de ‘matchmaking’ con contrapartes locales en los BRICS son otra vía, aún por explorar. Sectores como moda, calzado, agroalimentación, cosmética, turismo cultural y tecnologías de riego, por poner unos ejemplos, se perfilan como nichos de alto potencial, pero necesitan un empujón institucional que no llega. No se trata de sustituir el mercado europeo, sino de complementarlo con otros que crecen a ritmos muy superiores.

Hay además una dimensión que raramente se menciona en los informes del ICEX: la captación de capital de venture capital chino, indio o brasileño para startups tecnológicas españolas. Fintech, ciberseguridad, energía distribuida, salud digital. Madrid y Barcelona podrían posicionarse como hubs de entrada de inversión BRICS hacia el sur de Europa, pero para eso hace falta una estrategia, no solo buenas intenciones. Los emprendedores españoles no son menos talentosos que los de Tel Aviv o Berlín; lo que les falta es un ecosistema que conecte con las fuentes de capital del este y del sur.

España dispone, además, de activos de poder blando que en su relación con los BRICS+ permanecen infrautilizados -cuando no directamente ignorados. El primero, y más evidente, es el patrimonio lingüístico. 500 millones de hispanohablantes en el mundo. Brasil, miembro de los BRICS, es un país limítrofe lingüísticamente, con el portugués como lengua hermana. Comunidades hispanófonas crecientes en Estados Unidos y Europa. ¿Qué ha hecho España con ese «capital cultural»? Muy poco. O no lo suficiente. Podría proponer, sin necesidad de grandes acuerdos, la inclusión del español como lengua de trabajo en los foros de los BRICS+. Podría promover programas de enseñanza en Sudáfrica, Etiopía y China.

La diplomacia científica es otro de esos terrenos donde España tiene cartas que no juega o juega muy poco. El CSIC y otras entidades de investigación podrían participar en consorcios con sus homólogos de los BRICS en áreas de interés común: lucha contra la desertificación -con Brasil, Etiopía, Egipto y China-, energías renovables marinas con India y Sudáfrica, astronomía desde los observatorios canarios en colaboración con China, salud global en vacunas y resistencia antimicrobiana con Brasil e India.

Por último, el turismo. España es el segundo destino turístico mundial, un dato que se repite hasta la saciedad la publicidad oficial y las ferias del sector, pero que raramente se traduce en una política activa de captación de los nuevos flujos turísticos globales. Las clases medias de China, India, EAU y Arabia Saudí no son las mismas que las que llegaban hace veinte años. Son viajeros con mayor poder adquisitivo, mayor sofisticación y exigencia. España puede desarrollar servicios específicos para ellos: turismo cultural, deportivo, idiomático. Pero para eso hace falta conectividad, y la conectividad aérea entre MadridBarcelona y Pekín, Shanghái, Bombay, Dubái y Riad es hoy claramente insuficiente. No se puede vender lo que no se puede alcanzar.

Pablo Sanz Bayón

Profesor de Derecho Mercantil. Analista de asuntos financieros, comerciales y regulatorios internacionales.

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