La larga marcha del yuan contra el imperio del dólar (y II): El peaje de la confianza para China
Madrid. El yuan gana terreno en su internacionalización, pero, ante los titulares maximalistas y simplificadores que se están viendo sobre la desdolarización, conviene evitar conclusiones precipitadas. «Las predicciones sobre la desaparición del dólar pueden ser muy exageradas», opina el banco estadounidense Morgan Stanley. La historia de las monedas de reserva muestra que estos procesos son extraordinariamente lentos y dependen de factores estructurales que trascienden los episodios geopolíticos concretos. El dólar no solo se beneficia de la profundidad y liquidez de los mercados financieros estadounidenses, sino también de un conjunto de efectos de red que refuerzan su posición: cuanto más se utiliza, más atractivo resulta para nuevos usuarios.
Además, el respaldo del dólar no se limita al tamaño de la economía estadounidense, sino que descansa sobre un entramado institucional muy específico que sigue siendo, pese a sus tensiones, difícilmente replicable. En primer lugar, Estados Unidos cuenta con los mercados financieros más líquidos del mundo, en particular el de deuda pública. El mercado de bonos del Tesoro ofrece un volumen, una capacidad de absorción y una facilidad de compraventa que permiten a bancos centrales e inversores institucionales entrar y salir sin fricciones significativas, algo esencial para una moneda de reserva. A esto se suma un marco jurídico relativamente predecible, basado en la protección de derechos de propiedad, la ejecución de contratos, la transparencia regulatoria y la existencia de activos seguros a gran escala.
En segundo lugar, la credibilidad de la Reserva Federal como autoridad monetaria juega un papel central. Su historial en la gestión de crisis -desde la Gran Recesión de 2008 hasta la pandemia- ha consolidado la percepción de que actuará como prestamista de última instancia no solo para el sistema financiero estadounidense, sino de facto para el global, a través de instrumentos como las líneas ‘swap’ con otros bancos centrales. Esta capacidad de proveer liquidez en dólares en momentos de estrés refuerza su condición de activo refugio.
Por último, existe una dimensión política e institucional más amplia: la red de alianzas de Estados Unidos, el peso de sus instituciones multilaterales y la centralidad de su sistema financiero en infraestructuras críticas como los pagos internacionales o la compensación de activos. Todo ello configura un ecosistema en el que el dólar no es solo una moneda, sino la pieza central de un orden financiero integrado.
Este conjunto de factores es lo que explica que, a pesar de episodios de incertidumbre política o de un uso más intensivo de las sanciones, el dólar siga siendo percibido como el activo más seguro y líquido a escala internacional. «Ninguna otra moneda disputará el primer puesto en un futuro próximo», afirma Morgan Stanley, que subraya que durante 25 años cerca de la mitad de los préstamos transfronterizos globales han estado vinculados al dólar.
Frente a ello, el yuan presenta un perfil distinto. Su creciente uso en el comercio internacional -especialmente en Asia y en sectores como la energía- constituye un avance significativo, pero no suficiente. Como señalan tanto el Fondo Monetario Internacional como numerosos análisis de mercado, el salto decisivo no es el paso de moneda comercial a moneda de inversión, sino el de activo de inversión a activo de reserva. Y este último requiere un nivel de confianza institucional y de apertura financiera que China, por el momento, no parece dispuesta a ofrecer plenamente, aunque en 2023 más de 80 bancos centrales o autoridades monetarias ya habían incorporado el yuan a sus reservas.
Se trata de preservar un régimen de tipo de cambio gestionado, capacidad de intervención y control de riesgos sistémicos. Las autoridades lo dicen casi con esa claridad: el Banco Popular de China habla de avanzar «de forma prudente y ordenada», con enfoque de mercado, pero reforzando la supervisión de flujos transfronterizos y evitando una sobrerreacción del tipo de cambio. China quiere un yuan más internacional y con cierta función de reserva, pero no -por ahora- un yuan totalmente liberalizado al estilo dólar. No quiere asumir los costes asociados a la apertura completa de su sistema financiero.
En este sentido, la estrategia china puede interpretarse como un equilibrio deliberado entre ambición externa y control interno. Es decir, en términos prácticos, persigue una «internacionalización con características chinas». Esta aproximación gradual le permite beneficiarse de una mayor autonomía en el comercio y la financiación internacional, al tiempo que preserva la estabilidad doméstica. Pero también implica aceptar que el ascenso del yuan será, necesariamente, incompleto y prolongado.
La guerra en Irán, en este contexto, actúa más como acelerador que como detonante. Refuerza tendencias ya existentes -fragmentación, búsqueda de alternativas al dólar, mayor protagonismo de China en determinados circuitos económicos-, pero no altera las condiciones estructurales que determinan el estatus de una moneda de reserva. En síntesis, favorece el uso del yuan, pero no resuelve sus limitaciones.
Goldman Sachs sostiene que el yuan ha progresado como medio de intercambio, pero que los controles de capital y la convertibilidad incompleta limitan su avance como reserva de valor. El escenario más plausible a medio plazo no es, por tanto, un reemplazo del dólar, sino la configuración de un sistema más plural. En él, el yuan desempeñará un papel creciente, especialmente en su entorno regional y en economías alineadas o vinculadas a China, pero coexistirá con otras monedas en un equilibrio dinámico. Este sistema multipolar reflejará no tanto la sustitución de una hegemonía por otra como la adaptación del orden monetario a un mundo más complejo y menos cohesionado. Aun así, todo indica que el dólar seguirá siendo la principal moneda de reserva durante bastante tiempo.
En última instancia, la cuestión del yuan como divisa de reserva remite a un dilema más profundo sobre el modelo de desarrollo chino. Convertirse en emisor de una moneda global implica abrir la economía, aceptar una mayor disciplina de mercado y renunciar a ciertos instrumentos de control. China no quiere que su superávit comercial disminuya como resultado de lo anterior en la medida en que lleve aparejado una apreciación real del yuan. Quizá porque ese superávit refleja una demanda interna débil, alta propensión al ahorro y unas flojas importaciones. Chatham House, un instituto de análisis británico, arguye que el superávit comercial chino de 2025, cercano a 1,2 billones de dólares, aumenta la presión internacional para que China importe más y exporte menos, y también señala que un yuan más fuerte ayudaría, aunque por sí solo no bastaría.
Hasta qué punto Pekín está dispuesto a asumir ese peaje es una incógnita que condicionará el futuro de su divisa mucho más que cualquier conflicto regional. Porque, como recuerda la experiencia histórica, el poder monetario no se impone, sino que se construye sobre la base de la confianza. Y esa, a diferencia de la influencia geopolítica o el volumen comercial, no puede establecerse por decreto.







