El poder talibán (V): Aproximarse a Irán, Pakistán y China

Mapa de Asia. | Wikimedia
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Madrid. Toda entidad que pretende llamarse Estado debe tener un territorio definido, una población que vive en estas tierras y un gobierno efectivo que puede tomar sus propias decisiones. Sin embargo, en la época globalizada que vivimos es esencial una cualidad más: el reconocimiento internacional. Un Estado debe tener la capacidad a relacionarse con otros estados y ser reconocido como tal. Sin ser aceptado en la comunidad internacional, un Estado pierde su legitimidad y pasa a ser una entidad gris que se encuentra en un limbo jurídico. No puede comerciar (legalmente), no puede recibir inversiones, no puede ser respetado, al fin y al cabo. Este es el problema al que se enfrentan el movimiento talibán. Si quieren sacar a Afganistán de la miseria tienen que demostrar que pueden controlar a su población y no presentan peligro al mundo exterior.

Para empezar, Kabul debe dialogar con sus vecinos inmediatos: Irán, China, Pakistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán. Teherán e Islamabad participaron activamente en la vida del país, apoyando a los muyahidines durante la guerra contra los soviéticos en los 80. En la siguiente década, los recién nacidos estados de Asia Central se unieron al «Gran Juego», buscando defender sus intereses nacionales en la tumultuosa nación montañosa. China intentó evitar que el radicalismo afgano se esparza a su región de Xinjiang. El juego sigue hoy en día.

Irán es la mayor potencia chiita del mundo, un estatus que mantiene con orgullo. Para demostrar su liderazgo apoya a sus correligionarios por todo el mundo: Hezbollah en el Líbano, los hutíes en Yemen y varios grupos militantes en Irak. Afganistán no es una excepción. Las minorías hazara (9 % de la población) y tayika (27 %) recibieron el apoyo logístico (incluyendo dinero proveniente de donaciones) e ideológico de Teherán durante su participación en la alianza antitalibán, también conocida como la Alianza del Norte.

En general, la relación entre los talibanes y el Gobierno iraní siempre fue tensa. Los «estudiantes» representaban una exaltación del radicalismo suní con un abierto discurso antichiíta. La represión contra los hazaras en los 90 en la región de Bamiyán no pasó desapercebida. Su llegada al poder creó un bastión anti iraní en su inmediata vecindad. Durante el último año ocurrieron varios incidentes en la frontera, además de un conflicto sobre el dique en el río Helmand, que bloquea el flujo del río hacia la provincia iraní de Sistán y Baluchistán. Aun así, a diferencia del siglo pasado cuando la situación casi escaló a un conflicto abierto, Irán no quiere antagonizar a sus adversarios antes de tiempo. Al fin y al cabo, tienen un enemigo común: la Provincia Jorasán del Estado Islámico, que presenta un peligro mucho mayor a las minorías no pastunes.

Cuando los americanos abandonaron Afganistán, Teherán emitió comunicados con felicitaciones. Washington, su némesis histórica, perdió la batalla. Sin embargo, cuando los talibanes ya se asentaron definitivamente, Irán levantó la cuestión que más le preocupaba desde los años 80: demandó un gobierno inclusivo, que tomara en cuenta la diversidad étnica y religiosa del país. La República Islámica temía que los pastunes pro-paquistaníes dominasen en Kabul, marginalizando a la demás sociedad. Para mantener su presencia en el país, Teherán sostiene una relación muy estrecha con los sublevados lealistas liderados por Ahmad Massoud y promueve el diálogo en la región.

Además, la guerra afgana obligó a millones de personas a abandonar su país y refugiarse en las naciones vecinas. Aunque no tanto como Pakistán, Irán también recibió su parte. Solo en 2021 acogió alrededor de medio millón de refugiados, según informó el gobierno local. ACNUR afirmó que a finales de 2022 274.000 afganos quedarán aún en el país. La economía iraní, severamente dañada por las sanciones, no puede sustentar a tantas personas. En este sentido los talibanes pueden estabilizar la situación y actuar de porteros para relajar la presión a la economía persa. Lo que necesita Teherán es un vecino estable y relativamente amistoso, que no se derribe hacia Islamabad o, peor aún, Riad.

Pakistán siempre fue un aliado cercano de los talibanes. Desde los años 80 y la dictadura del general Zia-ul-Haq, Islamabad pretendía expandir su influencia geopolítica en Afganistán apoyando movimientos fundamentalistas. Al igual que Arabia Saudí y los países del Golfo, las autoridades pronto comprendieron que el apoyo a radicales es arte complicado y peligroso. A día de hoy, la relación entre los «estudiantes» y sus antiguos tutores está más tensa que nunca.

La primera cuestión es el terrorismo transnacional. Es verdad que Islamabad y Kabul tienen al Estado Islámico como enemigo común. Pero además del vilayato Jorasán, el territorio afgano es usado por Tehrik-e-Talibán Pakistán (o simplemente el Talibán pakistaní) como cabeza de puente. Esta organización, al igual que su hermana en Afganistán, pretende instaurar el estado islámico en su país regido por la ley de Alá. El Gobierno de Pakistán demandó en varias ocasiones que Kabul entregase a los miembros del movimiento, pero este se niega, alegando al viejo principio de hospitalidad pastún, inscrito en el Pashtunwali.

Islamabad no piensa tolerar que terroristas se escondan al otro lado de la frontera. Varias zonas fronterizas de las provincias afganas de Khost y Kunar fueron bombardeadas por la aviación pakistaní. Varios civiles murieron durante el ataque, causando un resurgimiento de sentimientos anti pakistaníes en la población.

Además, el movimiento talibán tiene un tono claramente nacionalista. Aunque los pastunes sean el mayor grupo étnico de Afganistán, la mayoría de sus compatriotas viven al otro lado de la frontera en la provincia de Jaiber Pastunjuá (44 millones según el censo de 2021). A esto se le suma el hecho de que Kabul se niega a aceptar la línea divisoria Durand, que marca la frontera entre los dos países. Las autoridades de Islamabad temen que el nacionalismo pastún (liderado por los talibanes) se esparza por la región y amenace la integridad de Pakistán.

China siempre tuvo una política internacional cautelosa. Pekín prefiere no involucrarse demasiado en países con conflictos internos para no salir perdiendo. Optaba por una relación equilibrada con todos los bandos para mantener su estatus de socio lucrativo en cualquier situación. Ese era el «comportamiento» del gigante asiático en la mayoría de los casos. Menos cuando la cuestión tenía que ver con su propia seguridad nacional.

Afganistán está conectado con la región autónoma de Xinjiang (China) por el estrecho corredor de Waján. Los países comparten una frontera de 76 kilómetros en medio de la cordillera del Pamir, que es casi imposible de cruzar. Aun así, un Afganistán inestable exportaba el caos a las provincias fronterizas chinas, especialmente Xinjiang, región poblada por uigures musulmanes.

Durante las décadas que duraba la guerra civil la falta de administración central y control fronterizo llevó a que Afganistán se convirtiese en una olla de todo tipo de radicales, provenientes de diversos rincones del mundo. El Partido Islámico del Turquestán (PIT), la organización militante radical de los separatistas uigures. Se cobijaban de las autoridades chinas en la provincia afgana oriental de Badajshán. Allí entrenaban y preparaban ataques terroristas contra Pekín. En los últimos años la feroz represión de los uigures conllevó la radicalización de estas organizaciones y su acercamiento con el Estado Islámico.

Desde que los talibanes llegaron al poder, hicieron todo lo posible para no enfadar al gigante asiático. Al fin y al cabo, Kabul precisaba de legitimidad e inversiones y Pekín sería la mejor opción. A diferencia de Occidente u otros actores regionales, a China no le importaba con la situación de los derechos humanos o la discriminación étnica en el país. Grandes empresas chinas ya manifestaron interés en los recursos minerales de la montañosa nación. Recientemente, Afganistán recibió 7,5 millones de dólares de ayuda humanitaria para lidiar con las consecuencias del devastador terremoto.

Para Xi Jinping, líder chino, los talibanes eran una forma de estabilizar Afganistán. Frágil y dependiente, el Gobierno de Kabul podría ser influenciado para defender la seguridad china en el frente occidental. Un estado relativamente tranquilo es mejor que un santuario terrorista. Pekín puede usar a su vecino como un país portero, que mantendría el peligroso islamismo en regla. Pero tampoco se puede acercarse demasiado, ya que una relación cercana y abierta con un movimiento terrorista puede dañar su reputación comercial.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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