El poder talibán (y VI): En búsqueda del reconocimiento de Rusia y EEUU

Banderas de Rusia y Estados Unidos. | Jernej Furman, Flickr
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Madrid. Las naciones de Asia Central también siguen con detenimiento la evolución de la situación. De todos los países de la región, Tayikistán, liderado por Emomalí Rahmón, tuvo la postura más antagonista con los talibanes. El presidente tayiko habló ante la Asamblea General de la ONU llamando al mundo a solucionar la cuestión afgana. Al igual que Irán, Dushanbé quiere ver un gobierno inclusivo en Afganistán que tenga en cuenta a varios millones de sus compatriotas. La situación está tensa en la frontera de 1.300 kilómetros.

Aunque los nuevos señores de Kabul prometieron que no apoyarían a movimientos terroristas en su territorio, el Gobierno tayiko es escéptico. El principal temor para Dushanbé son los militantes tayikos que forman parte del movimiento talibán. Hace un año llegaron informes de que los talibanes encomendaron la defensa de la frontera norte (que es precisamente la frontera con Tayikistán) a tayikos, liderados por Mohammad Sharífov, llamado también Mahdi Arsalon.

Mohammad Sharífov es el líder de Jamaat Ansarullah, una organización islamista proscrita en Tayikistán. En su época tuvo como fin derrocar el gobierno del país. Por eso, teme Rahmon que los hombres fuertes de Afganistán estén tramando una infiltración de islamistas a territorio tayiko para desestabilizar la situación en el país.

Uzbekistán, el país más poblado de la Asia Central exsoviética, tiene una estrategia menos radical en cuanto a los talibanes. Aunque la frontera entre los dos estados sea la más militarizada del mundo después del paralelo 38 que separa a las dos Coreas, Tashkent quiere negociar con el nuevo gobierno de Kabul.

Uzbekistán es el mayor proveedor de energía eléctrica a Afganistán, amasando más del 40 % de todo el consumo del país. No obstante, las autoridades afganas no pueden pagar esta energía debido a que la mayoría de sus cuentas extranjeras fueron congeladas por las sanciones occidentales. Por ahora, Tashkent no les cortó la luz a los deudores afganos, pero no puede permitirse perder esos ingresos. Por eso Shavkat Mirziyóyev, presidente uzbeko, se encuentra entre los líderes que más determinación demandan el levantamiento de las sanciones. Si lo consigue, Tashkent expandirá su influencia a Afganistán y podrá usar la electricidad como rehén. Dushanbé, aunque también pierde dinero en Afganistán, no piensa ceder.

Además, las autoridades uzbekas temen la expansión del Estado Islámico y sus aliados (en este caso el Movimiento Islámico de Uzbekistán) por la región. Su apuesta por los talibanes puede quitarles esta cuestión de encima.

Turkmenistán, una nación aislacionista, busca sacar provecho al igual que Uzbekistán. Después del devastador terremoto, Asjabad envió ayuda humanitaria. Además, si los talibanes consiguen mantener la estabilidad, el gobierno de Serdar Berdimujamédov podría volver a considerar el proyecto TAPI: un gaseoducto que transportaría los carburantes turkmenos a Pakistán y la India pasando por el sur de Afganistán.

Además de dialogar con sus vecinos, Kabul debe buscar relaciones en el mundo exterior. Uno de los países que más entusiasmado estaba con la retirada norteamericana en 2021 era Rusia. Vladimir Putin, jefe del Kremlin, invitó a representantes talibanes a la capital rusa en varias ocasiones, aunque estos siguiesen aún en la lista oficial de organizaciones terroristas. En junio de 2022, acudieron incluso al Foro Económico Internacional de San Petersburgo.

Moscú no ha reconocido oficialmente al nuevo gobierno, pero mantiene que, considerando la precaria situación humanitaria, es esencial establecer relaciones con los talibanes. Al igual que sus socios en Teherán y Dushanbé, el Kremlin demanda un gobierno inclusivo que considere la rica diversidad étnica.

Aunque en los años 90 Rusia apoyase a la Alianza del Norte, ahora los talibanes se presentan como un socio más beneficioso. Además de ser anti americanos, pueden contribuir a la estabilidad de toda la región centroasiática, su patio trasero. Por otro lado, una organización fundamentalista y potencialmente peligrosa incrementa considerablemente la dependencia de los países vecinos de protección, que les puede otorgar el Kremlin, fortificando así su influencia regional. Sin embargo, desde que comenzó la guerra en Ucrania, el juego político en Asia Central disminuyó considerablemente, debido a la falta de capacidades militares para distraerse.

Mientras tanto, Kabul sigue estando bajo severas sanciones occidentales que no le permiten salir de su precaria situación. A todo esto se le añade el hecho de que Washington congelase más de 9 mil millones de dólares en cuentas estatales afganas justo después de que el gobierno de Ashraf Ghani cayese en agosto de 2021. Esta medida controvertida es considerada una de las causas de la actual crisis humanitaria en el país.

Los derechos humanos (especialmente de las mujeres) y la composición étnica del Gobierno se encuentran entre las prioridades de la Casa Blanca en la cuestión afgana. El incumplimiento de las promesas dadas no acerca el día que Estados Unidos normalicen sus relaciones con el estado talibán.

En definitiva, si los talibanes quieren obtener su escaño en la ONU y conseguir el apoyo del mundo, tendrán que mantener a los terroristas extranjeros bajo control. El Partido Islámico del Turquestán, el Movimiento Islámico de Uzbekistán, Jamaat Ansarullah, el Estado Islámico o los talibanes paquistaníes no pueden seguir amenazando a los gobiernos vecinos si Afganistán quiere abandonar el aislamiento. Por otro lado, una actividad demasiado radical contra estos grupos podría llevar a su radicalización y unificación contra un enemigo común: el Gobierno de Kabul. Sin sacrificios los talibanes no podrán sacar a Afganistán del agujero político en el que se encuentra. Para conseguirlo necesitarán determinación y mucha cautela.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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