El poder talibán (IV): ¿Han conseguido construir un Estado?

Vista de Kabul, Afganistán. | Sergeant Paul Shaw RLC, Ministerio de Defensa británico, Wikimedia
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Madrid. Afganistán estuvo desgarrado durante años por una devastadora guerra civil. La llegada de los talibanes («los estudiantes», en pastún) hace un año fue interpretada por muchos como la instauración de la tan anhelada estabilidad. Crearon una imagen de nacionalistas que pretendían construir un nuevo país y dirigir una política independiente. ¿Lo consiguieron?

El Gobierno actual tiene bastantes caras relativamente nuevas, pero sigue estando formado por muchos veteranos talibanes, miembros del gobierno del Emirato Afganistán entre 1996 y 2001. El primer ministro, actualmente Mohammad Hasan Akhund, es el jefe de gobierno, que reside en la capital, Kabul. No obstante, el verdadero dirigente del país es el jefe de Estado, conocido aquí como «Príncipe de los creyentes». Desde 2016 el puesto lo ocupa Hibatullah Akhundzada. Su baluarte es la ciudad meridional de Kandahar, donde, al igual que hace 20 años, se reúne la Rahbari Shura o Consejo Supremo (análogo local del parlamento) para discutir temas de Estado. Resulta que el poder político de verdad reside no en la capital, sino en la cuna de los Talibán en el sur. Al igual que el mullah Omar (el líder original) Akhunzada no suele abandonar Kandahar y prefiere dirigir el país por decretos que les son después comunicados a los ejecutivos en Kabul.

A finales de agosto de 2021, el Gobierno de Kabul ya controlaba todo el territorio del país menos varios distritos en el Panjshir dominados por militantes tayikos, que pronto fueron conquistados también. Así, el dominio talibán, por primera vez en la historia, se expandió por todo el territorio afgano. Pero los nuevos amos del país tenían muchas amenazas por delante.

El vilayato Jorasán del Estado Islámico estuvo en guerra con los insurgentes talibanes desde 2015, cuando la organización alcanzó su auge en Siria e Irak. Si antes se limitaban a tan solo varias provincias, ahora expandieron su actividad a todo el país. Atacan a las fuerzas gubernamentales incluso en Kandahar y Helmand, el corazón de los Talibán. Mezquitas chiitas o minorías sunníes son un objetivo popular. Los ataques al aeropuerto de Kabul a finales de verano, mientras las tropas occidentales finalizaban su retirada, fueron también obra de los cerebros islamistas del Dáesh. La falta de legitimidad del nuevo Gobierno afgano en el mundo hace que las acciones terroristas contra el estado no puedan ser condenadas por la comunidad internacional.

Los talibanes tenían que demostrar que pueden mantener la paz. No querían convertirse en simples señores de guerra, sino formar un Estado de verdad, que pueda funcionar como tal. Además, para recibir apoyo del extranjero debían defender su imagen de socios viables y estables que velaran por la seguridad de sus vecinos. Incursiones de miembros del Estado islámico a las naciones de Asia Central (países extremadamente seculares) o peor aún, a China o Pakistán, aislarían a los «estudiantes» aún más de lo que ya están.

Este es el objetivo que persigue el Estado Islámico. Si consigue distanciar el Emirato de Afganistán del demás mundo y desacreditarlo ante la comunidad internacional, podrá dejarlo sin fondos para subsistir y sin apoyo del extranjero. Si los talibanes no consiguen mantener a los terroristas internacionales a raya, dejan de ser unos socios a tener en cuenta para el exterior. Las potencias regionales se buscarán a otro aliado más lucrativo.

Según el análisis del Institute for the Study of War, durante los meses que los talibanes están en el poder, Kabul ha ignorado en buena parte la amenaza de Dáesh. Sus posiciones en el norte de Afganistán se han fortalecido, lo que le permite organizar operaciones en los vecinos Uzbekistán y Tayikistán (como ocurrió en abril y en mayo, respectivamente). Aun así, los talibanes afirman que la organización fue derrotada y no presenta peligro alguno. Prefieren concentrarse en otros grupos rebeldes: los lealistas del antiguo régimen.

La guerra civil afgana está lejos de llegar a su fin. El conflicto entre el gobierno del emirato y la alianza anti-talibán liderada por el hijo del «león de Panjshir» Ahmad Massoud y el exvicepresidente Amrullah Saleh es la continuación de los 40 años de discordia. Kabul despliega extensas fuerzas en el norte para contrarrestar a los insurgentes. Jefes prominentes de la Alianza del Norte, como Abdul Rashid Dostum o Mohammed Mohaqiq, cierran filas una vez más para desafiar al régimen talibán.

La crisis política es agravada por una crisis humanitaria. Después de décadas de guerra, el comercio y las líneas de abastecimiento quedaron destruidas. Constantes sequías y terremotos han dejado a millones de personas sin los productos esenciales para sobrevivir. Afganistán carece de suficientes medicinas, personal médico, trabajos, dinero, profesionales especializados, etc. Aunque esta vez los talibanes no antagonicen a las ONG y la ONU, el esfuerzo de estas últimas sigue siendo insuficiente para resolver la situación. A todo esto se le añade el hecho de que Washington congelase más de 9.000 millones de dólares en cuentas estatales afganas justo después de que el gobierno de Ashraf Ghani cayese en agosto de 2021.

En los últimos meses Afganistán tuvo dos devastadores terremotos. El peor de los dos ocurrió en junio y se llevó las vidas de alrededor de 1.000 personas. La falta de fondos no les permite a los dirigentes talibanes a ayudar a su población cuando lo necesita. Muchas de las familias afectadas se encuentran al borde del hambre. El 90 % de la población afgana caerá por debajo de la línea de la pobreza hasta finales de 2022, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. A pesar de esta precaria situación, Afganistán ya no está en las portadas de los periódicos. La invasión rusa de Ucrania atrapa ahora la atención del público mundial. La crisis humanitaria en Europa atrae como un imán los fondos internacionales, dejando a la población de países como Afganistán o Siria sin la ayuda esencial que tanto necesitan.

Los talibanes llegaron como héroes salvadores, como la luz al final del túnel. No obstante, el continuo conflicto armado y la falta tanto de fondos como de reconocimiento internacional no le permiten a Kabul solucionar sus gigantescos problemas. La brutal represión contra el vilayato Jorasán llevada a cabo por las fuerzas gubernamentales poco después de tomar la capital lleva a que cada vez más personas consideren sus lealtades y se pasen al bando contrario. La pobreza y la desesperación, los dos caballos del apocalipsis que antes nutrían a la insurgencia de los Talibán, ahora apoyan a sus adversarios.

El futuro de los talibanes en el poder depende de su resolución a construir un Estado de verdad. Su dura línea religiosa fue aflojada, si comparamos con la experiencia previa entre 1996 y 2000. No obstante, sigue siendo demasiado estricta para muchos, enajenando a las minorías étnicas y religiosas. La pobreza y el hambre exponen a la desesperada población a las influencias aún más radicales del Estado Islámico. Si los hombres fuertes de Kabul pretenden mantenerse en el poder y no descender a la matanza continua de los últimos 40 años, deberán sacrificar parte de su ideología.

Los talibanes tienen demasiados intereses contradictorios. Quieren promover los intereses de los pastunes, pero al mismo tiempo pretenden gobernar todo Afganistán. Quieren obtener el reconocimiento internacional, pero no están dispuestos a sacrificar su línea dura. Quieren solucionar la crisis humanitaria, pero quieren evitar demasiada intervención extranjera para impedir posibles revueltas. Los Talibán deberán ser más que un grupo de islamistas radicales inspirados por el Pashtunwali . No podrán limitar su apoyo a Kandahar y sus alrededores. Tendrán que ser gobernantes para todos los afganos.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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