El poder talibán (III): La controvertida relación con la droga

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Madrid. Durante décadas Afganistán es líder en producción de opio. Este lucrativo sector amasaba hasta el 14 % del PIB del país y representaba el 85 % de la producción mundial en 2020. Los extensos campos de adormidera (o amapola real) son usados para producir heroína, que es después transportada a países vecinos (especialmente Pakistán) y distribuida por todo el mundo. La fabricación de opio es muy atractiva para los agricultores afganos. El trigo es muy barato, además de ser muy caprichoso con el tiempo y la humedad. Uno no puede mantener a una familia grande plantando cultivos convencionales. La adormidera, por otro lado, es mucho más rentable. Se adapta a cualquier clima y tiene un precio mucho más seductor. Aunque gran parte de los beneficios se los quedan las mafias contrabandistas, los campesinos afganos de todas formas salen ganando. Las provincias meridionales de Helmand y Kandahar se convirtieron en los centros del tráfico mundial de drogas.

Los talibanes tuvieron una relación controvertida con el tráfico de opioides. La producción está concentrada justo en el sur, el bastión de los «estudiantes». La organización estaba originalmente patrocinada por Pakistán. Islamabad pensaba convertirlos en sus representantes primero en la guerra contra los soviéticos y después en el consiguiente conflicto intestino. La frontera entre los dos países estaba casi borrada: personas, armas y mercancías pasaban por allí sin obstáculo alguno. La droga no era una excepción. Afganistán era el sitio perfecto para los traficantes: ausencia de autoridad central, corrupción total, clima apropiado y la cercanía al gigantesco mercado pakistaní (con más de 100 mil millones de habitantes). Además, estaban cerca los países de Asia Central, cuya inestable situación y fronteras difusas permitirían transportar la droga a Rusia y después al mercado más lucrativo: Europa. Así Afganistán se convirtió en el centro mundial del contrabando.

Aunque el consumo de droga es considerado un delito capital en el islam, los talibanes no iban a desaprovechar esta oportunidad. Como controlaban el sur del país, decidieron pactar con los contrabandistas y traficantes de drogas, quienes les pagan los aranceles a cambio de protección de otros señores de la guerra que podrían intentar robarles su mercancía. Con el dinero recaudado podían comprar armas, sobornar a adversarios e importar productos esenciales. Además, se ganaban el respeto de la población local, que también se aprovechaba del tráfico.

No obstante, los principales patrocinadores del grupo fundamentalista de Afganistán en Islamabad no parecían estar muy satisfechos con la situación. El tránsito de drogas a Pakistán aumentó considerablemente y atrajo a criminales de todo el mundo. El país ya estaba suficientemente inestable y no podía tolerar más desorden. Mientras tanto, los países de Asia Central declararon una guerra contra las drogas y, apoyadas por las tropas rusas, redujeron el tráfico. Si el gobierno talibán quería ser reconocido por la comunidad internacional no podía seguir con su contrabando ilícito.

En el año 2000, Kabul emitió un decreto que prohibía el cultivo del opio. Fueron castigados varios campesinos que osaron quebrantar la ley. Las medidas implementadas tuvieron un efecto controvertido, dependiendo de la fuente. Unos dicen que la prohibición fue muy efectiva, reduciendo la producción un 75 %. Aun así, la medida duró poco más de un año, por lo que es difícil juzgar si tan eficiente como la pintan. Cuando Estados Unidos invadió el país en 2001, la producción resurgió de nuevo y fue usada por los oponentes del régimen proamericano para adquirir el equipamiento necesario.

En 2021, los talibanes prometieron que combatirían las drogas con todas sus fuerzas. En abril de 2022 fue prohibido el cultivo de la amapola. Ahora los papeles han cambiado. Dáesh y los militantes étnicos podrían usar el descontento de la población, como hacían los talibanes años atrás, para ponerlos en contra del gobierno de Kabul.

Los dirigentes afganos lo entienden. Por eso la medida fue introducida justo en medio de la cosecha en el sur (Kandahar y Helmand). Cuando la medida entre en acción, casi todo el opio ya será vendido. Aun así, la creciente producción en el norte sí que será afectada. Esta prohibición puede ser una forma de los talibanes de castigar a los insurgentes en el norte.

Pero por ahora no hay motivos para creer que las políticas antidrogas sean más que medias tintas. Al fin y al cabo, la adormidera sigue siendo un sector muy lucrativo para los talibanes. Al mismo tiempo, el gobierno de Kabul es un rehén de la mafia traficante, ya que si intenta abandonarla esta buscará el apoyo de los enemigos del régimen. Además, mientras los «estudiantes» no solucionen la cuestión femenina es poco probable que obtengan apoyo internacional alguno. Los talibanes han cambiado. Pero la esencia sigue siendo la misma. Si quieren formar un Estado de verdad deberán aprender de sus errores y sacrificar su línea dura para obtener el reconocimiento internacional. Las promesas no son suficientes.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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