El poder talibán (II): ¿Cambiaron realmente los talibanes?

Talibanes se entregan a las fuerzas internacionales ISAF, en 2010. | ISAF, Wikimedia
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Madrid. Esa era la pregunta clave tanto para los propios afganos como para los observadores internacionales. Durante su breve lustro con las riendas del poder, los talibanes se ganaron la reputación de tolerancia cero en relación con cualquier violación de la sharía, la ley islámica. La decapitación, lapidación, amputación de miembros, todos esos métodos eran usados a menudo para castigar adulterios, robos, asesinatos, etc. Además, eran comunes las ejecuciones públicas ante una muchedumbre de todas las edades. Muchas veces se usaban estadios de fútbol, útiles para acomodar a los espectadores curiosos. Aunque muchos de esos castigos eran más propios del código ético pastún (llamado Pashutwali) que de la sharía en sí, la popularidad de los talibanes en el mundo hizo que se asocien con el Islam en general.

Esas atrocidades sobrevolaron el espacio informativo y alcanzaron todos los rincones del mundo. Sus acciones no podían no causar el descontento de las agencias humanitarias mundiales, la ONU y el público internacional, manchando considerablemente la imagen de libertadores que pretendían crear. Los dirigentes talibanes lo entendían. Por eso, intentaron convencer al mundo de que habían dejado su pasado brutal atrás y estaban dispuestos a entrar en la comunidad internacional como un agente soberano. Si los talibanes pretendían sacar su país de la miseria y convertirse realmente en un Estado, necesitaban la ayuda económica internacional y el reconocimiento. Por eso, Kabul prometió lo siguiente: respetar los derechos humanos y no obstaculizar la actividad de las ONG y la ONU; lograr la paz y la estabilidad, evitando que Afganistán se convierta en un cobijo para terroristas; crear un gobierno inclusivo que tome en cuenta la diversidad étnica y combatir el tráfico de drogas. Sin embargo, frecuentemente los intereses internacionales iban en contra de las demandas internas y la propia ideología de la organización. Los talibanes tenían que balancear entre estos dos extremos si no querían acabar como sus predecesores.

Parte de su renovada imagen fue el aparente aperturismo de los talibanes al mundo contemporáneo. A diferencia de los 90, todos los líderes son personajes conocidos, cuyas caras son reconocibles por la población. Anteriormente, por ejemplo, estaba prohibida la fotografía, por lo que existían escasas imágenes de los dirigentes. Tan solo queda una foto del líder afgano en la época, el mullah Omar de una dudable calidad. En 2021 la situación ha cambiado.

La cuestión de los derechos humanos siempre dominaba las discusiones sobre Afganistán. Principalmente se hablaba de dos grupos discriminados: las mujeres y las minorías étnicas. En su breve estancia en el poder en los años 90, los talibanes entraron en la historia como uno de los gobiernos más misóginos que vio el mundo. La interpretación deobandi ultraconservadora de la sharía mezclada con el Pashtunwali suponía la subyugación total de las mujeres. Se les prohibía trabajar en cualquier esfera que no sea la médica y fueron cerradas todas las escuelas de niñas. Además, no se les permitía salir de casa sin ser acompañadas por un familiar masculino cercano (padre, hermano o esposo), ni tampoco mostrar su cara, que quedó escondida bajo el burka. Así, las afganas fueron privadas de educación, carrera profesional y libertad de movimiento. Muchas viudas que perdieron a sus maridos durante la larga guerra civil se quedaron sin dinero para subsistir y dar de comer a sus familias.

La población afgana no pastún se opuso rotundamente a estas medidas impuestas por los talibanes. La radiante cultura medieval afgana tuvo múltiples ejemplos de gobernantes y poetas femeninas. Las danzas y los cánticos eran muy comunes para las festividades religiosas. Los habitantes de Kabul no pensaban renunciar a las libertades que tuvieron tanto durante el dominio comunista como durante el gobierno muyahidín de Rabbani y Ahmad Shah Massoud.

Cuando tomaron Kabul en agosto del año pasado, los portavoces talibanes prometieron que respetarían los derechos de la mujer y abandonarían sus antiguos métodos. Es verdad que las ejecuciones públicas cesaron en su mayoría y no hubo decretos oficiales que les prohibiesen a ellas trabajar. No obstante, siguen existiendo múltiples reglas informales. Por ejemplo, según reporta ‘The Guardian’, miles de mujeres de funcionarias a profesoras, de médicos a empresarias perdieron su trabajo en este año. Las restricciones a la indumentaria femenina a menudo obstaculizan su labor, especialmente en la esfera de sanidad. Además, siguen sin abrir las escuelas para niñas, que, tras una breve luz de esperanza el 23 de marzo, cerraron el mismo día. A día de hoy siguen cerradas a pesar de las promesas de los dirigentes talibán.

En cuanto a la discriminación étnica, siempre fue un asunto apremiante. La capital Kabul es la perfecta representación de la diversidad étnica del país. Aun así, Afganistán fue históricamente dominado por el grupo mayoritario pastún. Cuando la ciudad fue tomada en 1996, la población se negó a aceptar las prácticas ajenas del Pashtunwali. En los 90 el grueso de la oposición al régimen fundamentalista de los «estudiantes» fueron precisamente militantes étnicos: uzbekos liderados por Abdul Rashid Dostum, tayikos con «el león de Panjshir» y hazaras chiitas en la región montañosa de Bamiyán, vecina a la capital.

A diferencia de otras organizaciones fundamentalistas islámicas, los talibanes se concentran en su propia tribu, más que en la umma o comunidad musulmana. Hoy su gobierno, al igual que años atrás, está compuesto mayoritariamente por militantes pastunes. Todos los cargos clave están en las manos del clan de Kandahar, la cuna de la organización. El primer ministro, Hassan Akhund; el ministro de Exteriores, Amir Khan Mutaqqi; el ministro de Defensa, Mohammed Yaqoob (hijo del fundador mullah Omar), y el ministro de Interior, Sirajuddin Haqqani. Todos provienen del sur del país, especialmente de las provincias de Helmand y Kandahar, dominadas por la etnia pastún. Tan solo varios cargos segundarios son ocupados por uzbekos (el viceprimer ministro, Abdul Salam Hanafi) o tayikos (el ministro de Economía, Qari Din Hanif). Los hazaras fueron excluidos por completo del poder.

Una de las mayores preocupaciones internacionales cuando los talibanes tomaron el poder era su relación con los chiitas. La masacre de la ciudad septentrional de Mazar-e-Sharif en 1998 se llevó las vidas de alrededor de 8.000 personas. Primero los habitantes de la ciudad echaron a los invasores asesinando a 3.000 prisioneros. Los nuevos amos de Kabul no tardaron en vengarse. Al igual que otras organizaciones radicales suníes por todo el mundo, los talibanes consideran a los chiitas unos herejes traidores.

Los talibanes son claramente una organización etnocéntrica, que se enfoca particularmente en los intereses pastunes. Así, como informa la ONG Human Rights Watch, cientos de familias hazaras fueron echadas de sus hábitats con tan solo varios días para reunir sus pertenencias. La tierra libre la repartían entre los seguidores y familiares de los talibanes que eran fieles a su régimen.

Sin embargo, desde que Kabul está en manos talibanas, parece ser que los antiguos adversarios tienen ahora un enemigo común: el Estado Islámico (especialmente su sede centroasiática llamada «el vilayato Jorasán»). Parece ser que los talibanes aprendieron de sus errores previos y decidieron no antagonizar a la comunidad chiita mientras sea posible. Los hazaras, apoyados por Irán, la mayor nación chiita, son un mal menor comparados con los terroristas transnacionales del Estado Islámico (llamado Dáesh en árabe). Últimamente, Dáesh intensificó los ataques a sus correligionarios y sus mezquitas. Ante esta nueva amenaza, Kabul rearmó a las milicias hazaras para defender a su población.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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