La impaciencia estratégica de Occidente: diagnóstico de la huida de Afganistán

Washington. En enero de 2015, la alianza internacional de fuerzas militares ISAF y Estados Unidos abandonaron su misión de combate contra los talibanes. Los 150.000 soldados de los 51 países integrantes de ISAF lograron a partir de 2001 derrocar a los talibanes. Establecieron condiciones de seguridad en la mayor parte de Afganistán proclives a una gobernanza democrática y progreso socioeconómico en un país castigado por décadas de guerras. España contribuyó al esfuerzo con el despliegue de 27.000 tropas en las provincias de Herat y Badghis.

Que Afganistán ha sido la tumba de muchos imperios es un tópico exagerado. Es cierto que los británicos y la Unión Soviética (URSS) no lograron someter a las distintas etnias (pastunes, uzbekos, tayikos, turcmenos) que configuran la actual Afganistán. Pero eso no significa que Afganistán provocara el derrumbe de imperios. Hay que ser rigurosos cuando se establecen comparaciones.

La resolución 1386 de la ONU autorizó la creación de ISAF y legitimó la invasión de Afganistán cuando los talibanes se negaron a entregar a la cúpula de Al Qaeda después de los atentados del 11 de septiembre. En veinte años ni Al Qaeda ni ISIS han podido planear ni ejecutar atentados terroristas desde Afganistán.

Teniendo en cuenta que el país presenta condiciones ideales para ser un santuario terrorista, el gasto militar de casi un trillón de dólares de EEUU y la trágica pérdida de 2.500 efectivos militares en los últimos veinte años no han sido en vano. La inversión en proyectos de desarrollo ha conseguido objetivos tangibles. En 2001, menos de un millón de niños estaban escolarizados. En la actualidad superan los 9 millones, y el 40% son niñas. Hay 17.000 km de carreteras asfaltadas frente a los 80 km de 2001. Se han construido numerosas clínicas en zonas rurales.

Las mujeres se han podido incorporar a la administración pública y desarrollar sus carreras profesionales. Una generación de afganos ha gozado de libertades impensables durante los periodos de ocupación de la URSS (1980-88), la dictadura de Mohammad Najibula (1988-92), el caos provocado por la confrontación entre los señores de la guerra (1992-96) y la interpretación radical de la Sharia en el emirato de los talibanes (1996-2001).

El progreso económico y social no ha sido mayor debido al fracaso rotundo de la gobernanza del país. ISAF y EEUU apostaron por la presidencia de Hamid Karzai (2002-2014), un candidato de compromiso de origen persa que reconoció recibir pagos mensuales durante una década. Las agencias de desarrollo eran conocedoras de su adicción a los antidepresivos.

La hostilidad histórica entre las etnias pastún, tayika y uzbeka, la extrema pobreza del país y su orografía muy inhóspita son obstáculos difíciles de superar. La naturaleza belicosa de los afganos es famosa. El general Abdul Rashid Dostum luchó contra la URSS y apoyó con sus tropas decisivamente a doce soldados de las fuerzas de élite del ejército de EEUU en octubre de 2001. En tres semanas liberaron del yugo talibán y de Al Qaeda todo el territorio entre la frontera uzbeka y la ciudad de Mazar-i-Sharif. Dostum, que ejerció de vicepresidente, advirtió al capitán Mitch Nelson que EEUU se convertiría en otra tribu, creándose enemigos si permanecía y siendo cobarde si huía.

El ya ex presidente Ashraf Ghani ha huido sin escrúpulos e ignoraba los consejos de su gabinete. Quizás un presidente como el Dr. Abdullah hubiera gozado de más credibilidad. Pero en dos ocasiones (2009, 2014) unas elecciones plagadas de corrupción, fraude y una participación baja le arrebataron la victoria.

La tarea en Afganistán era especialmente compleja porque había que entrenar a unas fuerzas armadas nacionales previamente inexistentes al mismo tiempo que se ganaban los “corazones y mentes” del 74% de la población rural atemorizada por los talibanes. Mandos militares estadounidenses han reconocido que el modelo de asistencia al Ejército Nacional Afgano (ENA) fue equivocado. Les dejó excesivamente dependientes del apoyo de EEUU.

Teniendo en cuenta la orografía, el apoyo aéreo y de tanques no era siempre posible, y las bajas civiles provocadas por los bombardeos enajenaban a la población. El gobierno afgano no pagaba a menudo los salarios de los oficiales y soldados del ENA y de la policía. Durante 17 meses el gobierno de Donald Trump negoció en Doha, Qatar, directamente con los talibanes una salida pactada, marginando al gobierno afgano.

EEUU y sus aliados occidentales tienen la mala costumbre de mostrar sus cartas y revelar sus planes a sus adversarios. Los talibanes siempre advirtieron que, aunque Occidente tuviera los relojes, ellos tenían el tiempo. En las negociaciones de Doha mostraron una cara más moderna mientras se aseguraban que los señores de la guerra no fueran un obstáculo para su regreso al poder.

Consciente de la alta popularidad de retirar las tropas, Joe Biden quiso emplear el acuerdo de Trump para marcarse el éxito simbólico de finalizar una intervención que en septiembre cumplía veinte años. A pesar de que EEUU desde 2015 solamente perdió a 17 militares cada año, su opinión pública y la de los países occidentales perdieron paciencia con la misión.

Esta impaciencia estratégica de los líderes occidentales y su opinión pública es un grave error. Los países de la ISAF han perdido 3.595 efectivos en veinte años. Una fuerza de 8.000 soldados permitía una estabilidad que por los menos garantizaba la consolidación de los avances descritos. Cuando el presidente Barack Obama retiró demasiadas tropas de Irak, ISIS se apoderó de parte del territorio poblado por los suníes y el Kurdistán. Se corrigió el error con el retorno de tropas de EEUU, que junto a las milicias chiitas y las fuerzas kurdas acabaron con la tiranía de ISIS.

Soldados de la alianza internacional ISAF desplegados en Afganistán.

Muchos analistas coinciden en destacar que una inversión relativamente pequeña en asistencia militar, proyectos de desarrollo y tropas occidentales aseguraba el status quo. Pero EEUU se había quedado solo en Afganistán. Biden asevera que se había convertido en un purgatorio para su país. Concentrado en la aprobación de sus paquetes de estímulo y de infraestructuras, su política exterior y de seguridad tiene como principal objetivo la cooperación con sus aliados para frenar el auge de China.

Afganistán era ya una causa perdida. El pacto sellado entre Trump y los talibanes le proporcionaba la cobertura idónea para apuntarse el tanto de culminar la retirada con motivo del vigésimo aniversario de su entrada. Pero si Biden quiere mantener a raya a China y Rusia, ha gestionado de manera pésima una salida que en pocos días se ha convertido en evacuación caótica.

En abril Biden declaró que los talibanes no eran una fuerza comparable al ejército norvietnamita. Implícitamente estaba asegurando que no se produciría un desalojo caótico de las fuerzas militares y diplomáticos de EEUU y de los afganos que trabajaron para ellos. No habría repetición de las tristes imágenes de los survietnamitas intentando subir a los helicópteros que evacuaron al personal de la embajada de Saigón, Vietnam, en abril de 1975.

Desgraciadamente, el envío de 4.000 tropas estadounidenses no ha evitado escenas parecidas. Miles de afganos corriendo por las pistas del aeropuerto de Kabul, encaramándose a un avión militar en pleno despegue y agolpándose para entrar en los últimos vuelos civiles. Los comunicados del Pentágono han sido casi surrealistas. Solamente cambiaría la misión si se producían actos hostiles contra la Embajada estadounidense.

Esta afirmación es similar a manifestar que un ciudadano llamará a la policía si se asalta su domicilio. Un ataque contra una misión de EEUU en cualquier país exige una respuesta contundente. La alianza militar de más éxito de la historia, la OTAN, y la primera potencia mundial no han sabido (o sus líderes políticos no les han permitido) erigir un perímetro y organizar la salida ordenada de los miles de afganos aterrorizados por la llegada de los talibanes a Kabul. Todo ello está sucediendo a pesar de que se calculó que los talibanes contaban con 80.000 soldados propios, una fuerza claramente insuficiente para ocupar Kabul, cuya población asciende a seis millones.

La tesis de que una presencia militar e inversión en desarrollo modesto mantenían un equilibrio de seguridad frente a los talibanes tiene sus partidarios. EEUU tiene desplegados muchos más efectivos en Irak, y nunca contempló retirarse de Corea cuando era un empobrecido país agrícola a principios de los años cincuenta. La primera potencia estaba gastando 45.000 millones de dólares anualmente para sostener al ENA y su propio pequeño contingente. EEUU y sus aliados no abandonaron Bosnia y Herzegovina y Kosovo a pesar de sus dificultades.

El partido Demócrata criticó duramente y con razón la extracción por parte de Trump en 2018 de las 2.000 fuerzas especiales en Siria que junto a los kurdos doblegaron a ISIS. Es evidente que EEUU y la OTAN no pueden ni deben actuar como policía mundial e inmiscuirse en todos los conflictos civiles que provocan crímenes de guerra, contra la humanidad o genocidio. Sin embargo, ante la expansión en magnitud y proyección de las fuerzas armadas de China y Rusia, sus retiradas deben ser meditadas y basadas en las condiciones sobre el terreno. Subordinarlas a la popularidad de los votantes es propio de políticos de segunda categoría.

Los enemigos y aliados actuales y potenciales de Occidente contemplan las patéticas imágenes de embajadas abandonadas en la zona verde de Kabul y la incapacidad de mantener el orden en su aeropuerto. El Pentágono ha anunciado la suspensión de más vuelos. Más allá de los defectos de su país y líderes, millones de afganos se sienten abandonados por EEUU y Occidente. El vacío lo llenarán con seguridad China y Rusia.

Wang Yi, el ministro de Exteriores chino, recientemente recibió a una delegación talibán. El gas natural y minerales (oro, cobre, litio, plomo, zinc, azufre) en el subsuelo afgano podrán ser extraídos por China y Rusia, a quienes los talibanes podrían entregar la base aérea militar de Bagram.

El 90% de los afganos tiene una renta de dos dólares por día. Gran parte del presupuesto de Afganistán consistía en la ayuda occidental. Si los talibanes restablecen un clima de seguridad por la fuerza, no tardarán en llegar los inversores chinos y rusos. Quizás la apuesta por la estabilización de Afganistán estaba perdida. Pero los millones de afganos que han luchado por un futuro mejor no se merecían el abandono total y negligente occidental.

Alexandre Muns

Dr. Alexandre Muns Rubiol Professor, OBS & EAE Business School y exasesor del presidente del Banco Mundial

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1 respuesta

  1. Aleix Ripol Millet dice:

    M.agrada el to dels escrits de Muns i la seva ampla informació. És correcta i acceptable la ideologia que els analistes mostren en els seus escrits sempre que, com fa Muns, no l.amaguin amb trampa.

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