Kazajistán: la brújula de Asia Central

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Madrid. El país considerado más estable del espacio postsoviético, Kazajistán, el espejo al que se miran muchas economías emergentes, rompió la tradicional paz navideña. Los disturbios violentos cogieron desprevenidos a reporteros y analistas por igual.

Tras la transición iniciada en 2019 por el padre de la nación bañada por el mar Caspio, Nursultán Nazarbáyev, muchos recurrieron sin dudarlo al adjetivo «ejemplar». La crisis de enero demostró que la mayor república centroasiática esconde muchos cadáveres en el armario y que la transición no sólo está inacabada, sino que puede ser cruenta.

Todo comenzó con manifestaciones en las regiones petroleras del Caspio causadas por la súbita subida de los precios del gas -principal combustible para muchos kazajos-, que se duplicaron desde el 1 de enero. Rápidamente tomaron un rumbo violento, demandando la destitución de todos los puestos de Nazarbáyev.

Ante tamaña amenaza el presidente del país, Kasim-Yomart Tokáyev, pidió ayuda a la ODKB (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, análogo postsoviético de la OTAN), una decisión sin precedentes. La respuesta de la organización fue unánime: respaldar militarmente al gobierno kazajo. Es la primera vez que la ODKB usa su poderío militar para solucionar un conflicto. Incluso cuando Armenia y Azerbaiyán se enzarzaron en un conflicto en 2020 por el control de Nagorno Karabaj, nadie vino a su socorro.

¿Qué significa esto para Rusia?

Su vecino del norte siempre ha albergado las esperanzas de recuperar parte de la influencia de la desaparecida Unión Soviética. Ucrania y Kazajistán eran las piezas más importantes de este puzzle geopolítico. Nazarbáyev (también llamado Elbasy -líder de la nación) siempre mantuvo buenas relaciones con Moscú, pero al mismo tiempo trataba de mantenerse a una distancia prudente, temiendo perder su soberanía.

Además, es importante remarcar que Kazajistán dispone de una notable diversidad étnica. Los kazajos forman la mayoría absoluta siendo el 68 % de la población. Pero los rusos constituyen una minoría étnica a tener en cuenta -un 19 %. Además, su población está concentrada en el norte del país, cerca de la frontera con Rusia.

Ese fue uno de los motivos por los que en 1997 Nazarbáyev trasladó la capital de Alma Ata más al norte, hacia Astaná (ahora lleva el nombre de Nur-Sultán en honor al expresidente). Temía Elbasy que surja un movimiento de secesión en el norte que llevara al colapso del país.

Sus temores se intensificaron después de la anexión de Crimea, donde Moscú alegó defender los intereses de los rusos en la región. Le inquietaba que pudiera ocurrir algo similar con Kazajistán. Esta política fue denominada como «multilateral». Nazarbáyev veía su país como una brújula, donde Rusia era solamente uno de los polos. El balance entre este y oeste era esencial.

Para contrarrestar la influencia de su vecino en 2017 Kazajistán renunció al alfabeto cirílico y optó por el latino. En siete años, todo, desde los libros hasta los carteles, debería ser transliterado. Aunque el entonces presidente declaró que este cambio estaba motivado por el avance tecnológico del país y la necesidad de desarrollar la ideología de su pueblo, muchos creen que en realidad tenía como fin marcar claramente que Kazajistán es un país independiente de la antigua metrópoli. Aun así, el Kremlin no reaccionó, considerando esto un asunto interno que no influiría en las relaciones.

Muchos creen que los acontecimientos de enero reforzaron considerablemente las posiciones estratégicas rusas en la región. Moscú demostró que está dispuesto a socorrer a un aliado en peligro y señaló su papel protagonista en el espacio postsoviético.

Cuando en 2019 Tokáyev sustituyó a Elbasy, se mostró leal a las ideas de su predecesor. Según múltiples expertos, Tokáyev nunca fue una figura independiente sino más bien un velo para los diversos clanes que de verdad controlaban el país. Pero ahora muchos familiares y aliados del expresidente están siendo destituidos de sus puestos y algunos incluso detenidos en lo que parece ser una «guerra palaciega». Es probable que la nueva facción que obtenga las riendas del poder inicie una política más pro rusa, desviándose hacia la órbita del Kremlin.

China: ¿un rival del Kremlin en Asia Central o un aliado?

Rusia no era la única gran potencia que seguía atentamente cómo se desarrollaba la situación en su vecino centroasiático. Pekín siempre fue un socio indispensable de Nur-Sultán. En los últimos 15 años China invirtió cerca de 29 mil millones de dólares en la economía kazaja (principalmente en la infraestructura petrolífera y transporte), además de ser el segundo importador de sus productos.

Los dos países tuvieron unas relaciones muy estrechas desde la emancipación de Kazajistán en 1991. China fue uno de los primeros en reconocer su independencia. Nazarbáyev llegó a visitar Pekín cuándo su país aún formaba parte de la URSS. El país centroasiático fue uno de los cofundadores de la Organización de Cooperación de Shanghái, un actor importante de la política asiática. El sucesor de Elbasy siguió este curso. Tokáyev, que en la época soviética trabajó como diplomático en China, visitó Pekín en 2019, poco después de haber sido elegido.

Además, Kazajistán es un elemento vital de la tal llamada, en inglés, «Belt and Road Initiative», un proyecto chino para enlazar el comercio europeo con el asiático. Xi Jinping lo llamó nada menos que «la nueva Ruta de la Seda».

Cuando comenzaron las protestas durante varios días el gobierno chino mantuvo silencio. Aun así, los medios chinos describieron los disturbios como una «revolución de color» que amenaza la estabilidad en la región. El cardenal gris detrás de esa chispa fue hallado rápidamente: Occidente.

Solo el 7 de enero, después de que el presidente Tokáyev culpase a «terroristas extranjeros» (sin especificar su procedencia), el Gobierno chino respondió respaldando a Nur-Sultán. Xi Jinping telefoneó a su homólogo kazajo, mostrándole su incondicional apoyo.

Para China lo más importante en este caso es la estabilidad. Teme que una revolución en el país vecino, con mayoría sunní, pueda servir de ejemplo para los musulmanes uigures.

Al mismo tiempo, Pekín no quiere entrometerse demasiado en los asuntos kazajos para no entrar en conflicto con su aliado Rusia. Prefiere mantener una posición estratégica, ya que sabe que, independientemente del gobierno que llegue al poder en Kazajistán, China tiene demasiada importancia en Asia Central para ser ignorada.

La chispa de la inestabilidad fue sofocada, pero el origen del problema -la corrupción y las enormes disparidades sociales- sigue ardiendo. Además, es difícil predecir quién saldrá ganador de las luchas intestinas en el seno de las élites kazajas.

La brújula kazaja quedó desestabilizada como nunca y quién sabe si hallará por fin su polo preferido.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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