Rusia y Ucrania (I): toda una vida entrelazados

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Madrid. Todos los ojos de la opinión pública mundial están ahora absortos en la frontera ruso-ucraniana. A primera vista parece que al líder ruso, Vladímir Putin, le impulsan solamente intereses geopolíticos y delirios de grandeza, pero ¿es todo tan simple? La historia común de los dos países se remonta un milenio atrás y está llena de épocas de paz y amistad, y también de guerra y discordia.

¿Qué significa Ucrania para Rusia? ¿Qué relación tuvieron a lo largo de los siglos? ¿Es irreparable su actual enemistad?

La antigüedad: la Rus de Kíev. Todo empezó en el siglo IX, cuando varias tribus eslavas, cansadas de que sangrantes guerras intestinas les impidieran salir de su atraso, decidieron invitar a una dinastía escandinava para que los gobernase. Fue Riúrik, un jefe vikingo mitad historia, mitad leyenda, el primer dirigente de Rus.

Kíev fue tomada por el sucesor de Riúrik, convirtiéndola en la capital de un poderoso estado medieval que ocupaba un vasto territorio entre el mar Blanco y el mar Negro. Pasó a la historia como la «Rus de Kíev». Además, Riúrik fundó la dinastía de los Rúrikovich (o Ruríkidas) que gobernó el país durante 700 años.

Kíev se convirtió en la cuna de una nueva cultura que mezclaba lo europeo (principalmente bizantino) con lo estepario, lo asiático. El joven Estado vivía principalmente de la agricultura, pero también del comercio. De hecho, a través de las tierras rusas pasaba la famosa «Ruta comercial de los varegos a los griegos», entonces la mayor de Europa.

Los siguientes siglos estuvieron marcados por los tumultos y las guerras fratricidas entre los herederos al trono, por lo que al final del siglo XI la Rus de Kíev dejó de existir. Y su capital desapareció de la arena política.

Ucrania, entre Este y Oeste

Con el declive de Rus surgió una nueva fuerza en Europa Oriental, el Gran Ducado de Lituania. Muchos principados rusos occidentales, entre los que estaba Kíev, entraron en su órbita de influencia. Este alejamiento de las demás tierras rusas marcó mucho la futura cultura ucraniana, siendo en esa época influenciada por los países occidentales y el catolicismo. De hecho, también desarrolló su propia vertiente de la ortodoxia que se asemejaba más a la tradición bizantina que a la rusa.

Entre los siglos XIV y XVII Ucrania formó parte de diversos Estados europeos: el Gran Ducado de Lituania seguido por la Mancomunidad de Polonia y Lituania.

Los siglos pasaban y las tierras rusas, después de años de devastación mongola, por fin fueron unificadas por el principado de Moscú bajo el liderazgo de Iván III. En esa misma época cayó Constantinopla y la ortodoxia se quedó sin líder. Entonces Iván, casado con una princesa bizantina, asumió ese importantísimo papel y declaró a Rusia la continuadora ideológica de Bizancio.

Moscú fue llamada «la tercera Roma», el linaje Ruríkida fue comparado con los mismísimos césares y un siglo después el patriarcado fue trasladado por fin a Moscú.

Rusia se convirtió en la heredera del Imperio romano, la defensora de la ortodoxia en Europa. Y las tierras de Kíev eran la pieza más importante de este puzle geopolítico, un territorio ortodoxo que se desvió del «camino correcto» siglos atrás.

Ucrania y la reunificación con Rusia

En los siglos que Ucrania formó parte de la Unión polaco-lituana surgieron los cosacos. Entre historiadores hay incertidumbre en cuanto a su pasado, pero lo que es seguro es que la mayoría eran antiguos campesinos que se escaparon de la explotación de los terratenientes, se formaron en bandas y asaltaban a los que se atrevían a traspasar sus territorios. Con el tiempo algunos de ellos se asentaron en zonas fronterizas, participaron activamente en la conquista de Siberia y otros pasaron a formar parte del ejército regular polaco.

En el siglo XVII los cosacos se rebelaron contra la metrópoli, cansados de ser explotados por los magnates polacos. Su líder fue Bogdán Jmelnitski, hoy en día héroe nacional en Ucrania. Comenzó una guerra de gran escala con los polacos, pero los cosacos iban perdiendo terreno. Jmelnitski entendía que no podía ganar la guerra el mismo. Por eso acudió a la ayuda del zarato de Moscú, pidiéndole que declarase la guerra a Polonia cediendo a cambio su soberanía. Moscú demandó que los cosacos formaran parte del ejército regular ruso, quitándoles poco a poco sus privilegios y libertades. Así, en 1667, toda Ucrania al Este del río Dniéster (incluyendo Kíev) entró en Rusia. Desde este año comienza su historia común.

Rusia siempre fue claramente un imperio continental (también llamado «telurocracia») conquistando vastas tierras siberianas, combatiendo al Imperio Otomano en los Balcanes y a los suecos en el norte. Pero los zares rusos entendían que para competir con los países europeos necesitaban una flota que pudiera defender las rutas comerciales marítimas y defender las costas. Para eso serían indispensables puertos que no se hielen en invierno. Y no había mejor sitio para eso que las costas ucranianas en los mares Negro y Azov, y la península de Crimea.

En el siglo XVIII, en una guerra contra Turquía, fue conquistada Crimea, cuya capital, Sebastópol, acogió la extensa flota imperial. Esta ciudad, junto con Odesa, se convirtió en un punto geopolítico clave del mar Negro para Rusia. Con Crimea en el bolsillo, el mar de Azov se convirtió en un mar interior de Rusia, por el cual no podían pasar buques extranjeros sin permiso. Era un paso más en la campaña de liberación de los pueblos ortodoxos del yugo turco.

Además, Ucrania presumía de una fertilidad sin precedentes. No en vano la llamaban «el granero de Europa». Muchos nobles, atraídos por la rentabilidad de las cosechas, compraban tierras en Ucrania con la esperanza de hacerse ricos.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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