Los BRICS, con Rusia sumida en la guerra: ¿Ideas o acción?

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Madrid. En junio se reunió, en Pekín, el grupo BRICS, compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Los respectivos líderes de los cinco países de esta asociación económica-comercial mantuvieron una videoconferencia por primera vez desde que comenzó la guerra en Ucrania. Jair Bolsonaro, Narendra Modi, Xi Jinping y Cyril Ramaphosa parecen reafirmarle a Vladimir Putin que no está solo. Mientras las mayores economías del mundo han condenado a Moscú al ostracismo, el Kremlin pretende crear un contrapeso, amasando casi un cuarto del PIB mundial en las filas de los BRICS. ¿Es BRICS la solución de los problemas de Rusia?

Muchos temas a discutir

Durante el encuentro virtual cada líder dio un discurso sobre la importancia de la organización y el papel clave que tiene la cuestión del crecimiento económico de las naciones subdesarrolladas para los países miembros. Además, fueron abordados temas como la crisis de la COVID-19 (incluyendo la falta de cooperación, como recordó el sudafricano Ramaphosa en el caso de Washington y las vacunas), el cambio climático o la libertad de comercio y soberanía económica (junto con la cuestión de la legitimidad de sanciones unilaterales, aludiendo claramente a Occidente).

El «elefante de la habitación», la invasión rusa de Ucrania, apenas fue mencionada, debido a desacuerdos entre los BRICS al respecto. De hecho, el comunicado conjunto que los líderes emitieron tras finalizar la reunión tuvo tan solo un párrafo dedicado al conflicto, que solamente reiteraba el viejo mantra sobre la importancia de una solución diplomática, la preocupación por la situación humanitaria y el incondicional apoyo por las acciones de la ONU.

También retornó la cuestión recurrente del papel de las economías emergentes en la llamada ‘global governance’, o «gobernanza global». Xi Jinping remarcó que BRICS era un grupo inclusivo y abierto a nuevos miembros, contrastándolo implícitamente con el G7, un foro mucho más elitista. Se habló de la posible entrada de Argentina en la organización, además de otros, como Egipto, Indonesia, Kazajistán, Nigeria, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Senegal y Tailandia, cuyos ministros de Exteriores fueron invitados a la reunión. Además, tanto Putin como Xi criticaban a «ciertos países» (sin mencionar a Washington o alguno de sus aliados atlánticos en ningún momento) por volver a la mentalidad de bloques de la Guerra Fría, conminando a otros países a elegir un bando. Pekín insistió en la inminencia de la globalización y el eventual cambio de poder en la arena mundial.

La retórica de esta reunión trae reminiscencias de las primeras décadas de la contienda entre la antigua Unión Soviética y Estados Unidos, cuando decenas de países, que no pretendían elegir bando, se reunieron en Bandung, Indonesia, en 1955, impulsando así la creación del Movimiento de Países No Alineados (un pacto que fue finalmente sellado en la conferencia de Belgrado de 1961). Querían crear un contrapeso político a las potencias económicas del Primer y Segundo mundo. Sin embargo, al igual que sus predecesores más de medio siglo atrás, el grupo BRICS se encuentra con grandes dificultades en cuanto a la acción conjunta. Las disparidades de intereses entre estas naciones no parecen permitirles hacer algo juntos, aparte de emitir comunicados ambiguos.

BRICS: ¿un contrapeso de Occidente?

Los medios oficiales rusos presentaron el encuentro como una respuesta contundente a la «agresión de la OTAN». La reunión, según ellos, demostraba que la mayoría de la población mundial (los 5 países reúnen el 40 %) apoya en realidad la causa rusa y no se somete a la presión occidental. Como dijo Putin en el Foro económico de San Petersburgo, «el ocaso de Occidente se avecina». Pero ¿apoyan realmente los BRICS las acciones de Moscú?

Empezando por el primer país en la sigla del grupo, Brasil, es importante recordar que fue precisamente el único de los cinco que condenó abiertamente la invasión de Ucrania en el famoso voto de la Asamblea General de la ONU el 2 de marzo de este año. Sin embargo, varios días antes el presidente brasileño declaró que su país no pretendía sancionar al Kremlin por sus acciones, prefiriendo mantener la neutralidad. Remarcó también la importancia de los fertilizantes rusos para la agricultura de la nación sudamericana.

Las relaciones entre Washington y Brasilia fueron bastante cálidas mientras Donald Trump habitaba la Casa Blanca. Compartían una vista aislacionista similar en cuanto a las relaciones internacionales. Ambos miembros de la reacción derechista promovieron políticas proteccionistas y medidas bastante controvertidas en cuanto al coronavirus, siendo los dos países con más fallecidos de todo el mundo. Sin embargo, con la llegada de Joe Biden al Despacho Oval, las relaciones bilaterales quedaron congeladas. Los dos líderes se vieron por primera vez en Los Ángeles, en la Cumbre de las Américas, a mediados de junio.

El polémico viaje de Bolsonaro a Moscú justo antes de la invasión no pudo no enfurecer a Biden. Algunos analistas brasileños ven en esto un intento del presidente de ganarse el apoyo del Kremlin antes de las elecciones que le esperan en octubre de este año. Su principal contrincante será el expresidente de izquierdas Luiz Inácio Lula da Silva, al que le favorecen las encuestas. Además, Lula sostuvo un fuerte vínculo con el Kremlin durante su presidencia una década atrás. Bolsonaro tendrá que hacer más si quiere convencer a Rusia.

En general, es verdad que Bolsonaro es más cercano a Moscú que sus predecesores. Su posición personal en cuanto a la guerra sigue siendo bastante ambigua, pero la opinión oficial del estado ya fue declarada en la Asamblea General y no hay vuelta atrás. La reunión de los BRICS le sirve a Brasil de foro para hacer de gran potencia e intentar expandir su influencia fuera del continente americano. Sin embargo, la causa rusa sigue siendo demasiado peligrosa para ser apoyada de verdad. EEUU es su segundo socio económico más grande (después de China), algo que no puede ser arriesgado por una vaga posibilidad de retener el poder. Si el siguiente presidente cambiará el panorama lo dirán los comicios, pero por ahora no parece que Bolsonaro esté listo a actuar de verdad al respecto, limitándose más bien a declaraciones rituales.

El siguiente participante es la India. Narendra Modi es conocido por su neutralidad en este conflicto. La declaración de la exportavoz del Gobierno americano Jen Psaki de «ponerse del lado correcto de la historia» no parece haberles impresionado a los funcionarios del palacio de Hyderabad. Nueva Delhi multiplicó sus importaciones de petróleo ruso varias veces hasta tal punto, que la cantidad importada en marzo, abril, mayo, junio y en julio, según proyecciones, sobrepasa todas las importaciones de 2021. India decidió aprovecharse de los descuentos que ofrece Rusia ante la falta de compradores para derribar los precios de los carburantes del récord que alcanzaron tras la «operación especial» en Ucrania. Así Modi podrá amortiguar los efectos del conflicto y evitar el descontento popular.
Además, Nueva Delhi y Moscú son viejos aliados, apoyándose el uno al otro en múltiples ocasiones. La India no puede arriesgarse a perder su voz permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU que le otorga Rusia por adherirse a las sanciones occidentales. Sin embargo, esta amistad no es tan idílica como la pintan los medios oficialistas rusos. El palacio de Hyderabad mantiene además un vínculo importante con la Casa Blanca, al que tampoco piensa renunciar ante la creciente amenaza de Pekín.

India es miembro de Quad, nueva alianza militar, compuesto también por EEUU, Australia y Japón. De hecho, el comunicado conjunto emitido tras la cumbre del pasado 23 de junio no menciona en ninguna ocasión a Washington cuando se refiere a la «mentalidad de bloques», según Xi. Parece ser que Modi está decidido a continuar con su política equilibrada y no permitirá que los BRICS desafíen a sus aliados ultramarinos de verdad. Como la compra de armamentos rusos ya tiene a varios gobiernos norteamericanos enfurecidos, Nueva Delhi no puede permitirse más riesgos.

Mientras tanto, China, el cuarto miembro del foro, parece ser la más determinada en cuanto a Rusia. Xi Jinping acusa a Occidente de la crisis existente (aludiendo al igual que Putin a la ilegitimidad de las sanciones impuestas), expande junto con la India las importaciones de petróleo y se abstiene en los votos de la ONU. Además, es precisamente China la que critica la creciente la política de bloques, manifestada, por ejemplo, en la alianza Aukus (nueva defensa militar) entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos.

Aun así, Pekín está lejos de apoyar verdaderamente a Moscú. Es verdad que la cooperación económica creció considerablemente desde que comenzó la guerra, pero mientras tanto la mayoría de las empresas chinas siguen respetando las sanciones temiendo perder el mercado occidental también. La situación es similar a la de Corea del Norte, Venezuela e Irán, todos bajo restricciones económicas. Aunque China esté ampliando sus inversiones en infraestructura rusa, aprovechando la huida de los europeos, sigue sin ser la ayuda que tanto predicaban los altos cargos rusos. Como remarcó Xi en la cumbre, la globalización es inminente, por lo que cada uno debe adaptarse a la nueva realidad. Pekín se adapta, lo que significa que no puede darse el lujo de perderlo todo por una peripecia peligrosa.

Asimismo, la disputa territorial entre la India y China en los Himalayas no hace más que tensionar la reunión. Aunque Rusia actúe como puente entre los dos gigantes asiáticos, siguen siendo rivales y no se rendirán en sus aspiraciones de hegemonía regional. Una alianza duradera de verdad no puede tener dos claros líderes si quiere mantener su eficiencia.
Sudáfrica, el miembro más reciente de BRICS, también se abstuvo durante el voto en la ONU el 2 de marzo. Su relación con Rusia se remonta a la época del apartheid, cuando la antigua Unión Soviética apoyó al Congreso Nacional Africano. China es su principal socio comercial. El grupo BRICS es para Sudáfrica una forma de expresarse, un foro de grandes potencias, donde puede ejercer su poder blando. Las declaraciones de Ramaphosa parecen demostrar el apoyo de su gobierno por las acciones del Kremlin. Sin embargo, no se implementaron medidas importantes que indiquen un apoyo más que meramente retórico.

Aunque Rusia no esté tan aislada como intentan representarlo en Washington y Bruselas, el país sigue su deriva hacia un ‘rogue state’, un paria en la comunidad internacional. Todos los poderosos supuestos aliados de Moscú son más bien neutros que amistosos, mientras que los únicos amigos de verdad se encuentran en una situación similar a la suya.

Originalmente el término BRIC (la S se añadió cuando entró Sudáfrica) surgió en 2001 para denominar a las economías emergentes más prometedoras. Se decía que su crecimiento alcanzarás récord tras récord, poniéndolos en el top mundial por PIB. Era un desafío al G7, a la élite occidental. Sin embargo, al final solo China siguió el camino predicho, mientras que Brasil, Rusia, la India y Sudáfrica se quedaron en el medio. Cada año el término iba perdiendo su relevancia, mientras que el foro trataba de evolucionar para lidiar con las gigantescas diferencias entre los países miembros. Putin intenta presentarlo como un contrapeso a Occidente, como el Tercer Mundo revelándose contra la hegemonía extractiva de EEUU y sus aliados. Pretenden convertirse en los «buenos hermanos» de las naciones en vías de desarrollo, alguien que entiende su difícil camino perfectamente y no les abandonará como hicieron los países ricos de Europa y América.

Pero al igual que los líderes reunidos en Bandung en 1955, Bolsonaro, Putin, Modi, Xi y Ramaphosa carecen de unidad. Este encuentro tiene, más bien, un significado ritual más que político. Es una forma de expresar los «sentimientos» de un estado: sus miedos y sus intereses, sus resentimientos y sus esperanzas. El mundo está cambiando, en eso tienen razón. El ocaso de una vieja civilización traerá la hegemonía de una nueva. Pero si quieren ir juntos en la vanguardia del desarrollo y ver nacer el sol económico del Tercer Mundo, deberán encontrar algo más que meras palabras.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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