Rusia y Ucrania (y II): nacionalismo, breve independencia y la URSS

Moscú, en 1964. | Thomas Taylor Hammond (1920-1993), Universidad de Virginia (EEUU)
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Madrid. El siglo XIX es conocido como el «siglo de los nacionalismos». Esta tendencia encontró caldo de cultivo en Ucrania, pero cualquier manifestación de tales ideas era sofocada por el gobierno central. Por eso el foco del nacionalismo se mudó más al Oeste, a la Ucrania austriaca, Galitzia. Allí, a los nacionalistas se les permitió estudiar y publicar en ucraniano. Ese núcleo revolucionario en la ciudad de Lvov siempre preocupará al gobierno de San Petersburgo.

En 1917, después de dos revoluciones, el Imperio Ruso se sumió en el caos. Entre otros, Ucrania y Bielorrusia declararon su independencia, mientras Rusia se vio abocada a una guerra civil. Los nacionalistas ucranianos fundaron la República Popular de Ucrania, que existiría hasta 1920.

Tras esa breve independencia y la victoria de los rojos sobre los blancos, Ucrania se unió a la recién nacida Unión Soviética, convirtiéndose en la segunda república más importante del país.

Eso sí, en los años 30 se vio gravemente afectada por la política de colectivización forzosa de la tierra. Los soviéticos pretendían liquidar la propiedad privada agrupando las tierras de los campesinos en cooperativas agrícolas (‘koljoz’). Como resultado de esta política de Moscú, varios millones de ucranianos murieron en una terrible hambruna que ha pasado a la historia con el nombre de «Holodomor». Actualmente, Kiev lo considera un genocidio, algo que Moscú considera una interesada exageración.

Sea como sea, Ucrania cobraba cada vez más importancia. Con la industrialización se convirtió en una de las zonas más desarrolladas de toda la URSS. Las universidades de Kíev y Járkov eran de las mejores. El Donbás, junto con Siberia y Kirguistán, suministraba carbón y otros recursos esenciales para todo el país.

Uno de los acontecimientos más controvertidos (principalmente desde 2014) de la época soviética fue la cesión de Crimea por parte de la república rusa a la ucraniana (1954). El entonces líder de la URSS, Nikita Jrushchov, lo argumentó con «los lazos económicos que había entre las dos regiones». En ese momento nadie se podría imaginar lo que ocurriría años después. Muchos rusos consideran esta decisión una traición; los ucranianos discrepan.

En 1991 Ucrania declaró su definitiva independencia. En 1997 firmó un acuerdo con Rusia que postulaba que el puerto de Sebastópol, en Crimea, estaría abierto para la flota rusa durante un plazo de 20 años. Pero después de la revolución de 2013, Moscú temía que ese estratégico puerto le fuera arrebatado. La respuesta no tardó. En 2014, Rusia se anexionó Crimea tras un controvertido referéndum y castigó a Kiev apoyando una sublevación armada en el Donbás.

¿Por qué a Rusia le importa Ucrania?

Es innegable que hay innumerables intereses geopolíticos. La importancia de contar con una flota en el sur que pudiera contrarrestar a los adversarios, que se remonta siglos y siglos atrás, sigue vigente. El estrecho de Kerch está en plena disposición del Kremlin, por lo que ningún buque extranjero podrá acercarse demasiado sin que Rusia lo permita. El mar de Azov sigue siendo una región de disputa entre los dos países, aunque Moscú controla el tránsito marítimo a su antojo.

Pero también hay un motivo ideológico. Cada país necesita una memoria histórica independiente que le diferencie de los otros. Una justificación para su existencia. Y el hecho de que la cuna del antiguo Estado ruso sea Kíev, la capital de otro país, no puede no enfurecer a las élites rusas.

El presidente ruso, Putin, es famoso por aludir repetidamente a la historia. Busca respuestas en el pasado, en la época gloriosa de su país, «el siglo de oro perdido». Y, al igual que muchos otros líderes autoritarios, Vladímir Vladímirovich apela al nacionalismo de los rusos, prometiéndoles que recuperará el honor para su país, que demostrará al mundo que Rusia no sólo es fuerte, sino que aún puede despertar miedo entre sus oponentes.

La actual tensión con Ucrania va en esa línea. El miedo vuelve a ser una inmejorable arma geopolítica para la consecución de réditos políticos. El miedo a una invasión, el miedo a que el Kremlin corte la llave del gas en medio del invierno y el miedo a que Putin dé un golpe sobre la mesa que haga temblar toda la arquitectura de seguridad europea. Occidente puede ir tomando nota.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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