La economía china sufre el impacto de la guerra en Irán, ¿pero menos que Occidente?
Madrid. Los datos de crecimiento del Producto Interior Bruto de China han mostrado un buen comienzo de año. Nada menos que un 5 % interanual en el primer trimestre, a pesar de un contexto geopolítico muy complicado, con una crisis energética histórica de por medio como consecuencia de la guerra en Irán. La lectura es que está aguantando mejor estas tensiones que otras grandes potencias.
Sin embargo, quedarse con la idea de que China puede afrontar este exigente escenario sin despeinarse sería banal y poco realista. Sobre todo, si se bucea un poco más en las cifras, que revelan algunas señales algo más preocupantes. Después de que en enero y febrero las exportaciones aumentaran más del 20 %, en marzo el incremento fue de solo el 2,5 %, un frenazo casi en seco por el conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero en Oriente Próximo, que ha retrasado el transporte de mercancías y ha encarecido los costes logísticos. China, al igual que otros países de Asia, tiene una alta dependencia de la energía del golfo Pérsico.
Las propias autoridades chinas han advertido de que en los próximos meses las condiciones externas serán «volátiles». Esto equivale a admitir oficialmente que se prevé un deterioro de la demanda global, lo que amenaza a la segunda economía del mundo, muy orientada hacia las exportaciones, tal y como han reflejado las cifras de los tres primeros meses del año, en las que las robustas ventas de productos eléctricos y mecánicos impulsaron un crecimiento que superó las expectativas de los analistas.
Los economistas constatan que el quebranto de una guerra prolongada se notará en la demanda de exportaciones chinas este año. El banco holandés ING ha señalado en un informe que el encarecimiento de la energía podría empezar a lastrar el crecimiento en los próximos meses, ya que la demanda externa sigue siendo uno de los principales motores de la expansión de la economía del gigante asiático. «Es probable que el crecimiento del primer trimestre de 2026 esté en gran medida protegido del impacto negativo derivado de la guerra en Irán. China parte de una posición relativamente sólida para capear disrupciones a corto plazo, aunque podría afrontar mayores presiones si los precios de la energía se mantienen elevados durante más tiempo. En los próximos meses, podría apreciarse un mayor traslado de esos costes al encarecimiento de las importaciones y de los insumos», explicó.
Aunque el objetivo fijado por el Gobierno chino prevé alcanzar un crecimiento del Producto Interior Bruto de entre un 4,5 % y un 5 % este año -el menos ambicioso en 35 años, un reconocimiento tácito de que habrá consecuencias asociadas al enfriamiento de la demanda y a las persistentes tensiones comerciales con Estados Unidos-, el Fondo Monetario Internacional ya ha rebajado sus estimaciones no solo para China, sino para todo el mundo, ante la repercusión de la guerra sobre el comercio. En concreto, espera que la economía china crezca un 4,4 %, 0,1 puntos porcentuales por debajo de la proyección de enero.
Se podría afirmar que el país encara una desaceleración del crecimiento evidente, en la que también influyen otros factores. Los aranceles impuestos por Estados Unidos es un tema económico sensible. China se enfrenta actualmente a una tasa del 10 % en Estados Unidos para la mayoría de sus productos. Sin embargo, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha dicho que estos gravámenes podrían volver a comienzos de julio a los niveles vigentes antes de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos anulara gran parte de los impuestos a las importaciones. Se espera que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, se reúnan en Pekín en mayo, y de ese encuentro podrían salir novedades en este terreno.
Asimismo, la economía china sigue acusando la problemática situación del sector inmobiliario y la falta de apetito comprador de los consumidores, que pone de manifiesto una debilidad estructural de la demanda interna. Un ejemplo claro es la caída de las ventas de automóviles respecto al año anterior, lo que ilustra la cautela de los consumidores en las compras de alto valor ante las recientes oscilaciones de los precios del petróleo. China es el mayor importador mundial de petróleo y, por tanto, vulnerable al shock energético actual que ya está lastrando el comercio y elevando los costes industriales. Los precios a la salida de fábrica en China repuntaron en marzo por primera vez en más de tres años, lo que revela que el encarecimiento de la energía ha empezado a trasladarse al sector manufacturero. Esto daña los márgenes empresariales y augura unas peores perspectivas para el resto del año.
En un reciente informe, el banco alemán Commerzbank ponía de relieve que China es una economía a dos velocidades, en la que la solidez de la producción industrial y la inversión en infraestructuras se ve socavada por la debilidad del consumo minorista y la caída del sector inmobiliario.
Con todo, la cuestión no es si el gigante asiático sufrirá el impacto de la guerra en Irán, ya que eso está fuera de toda duda, sino si lo hará más que otras economías. Hay opiniones de voces autorizadas que sostienen que China está relativamente protegida frente al conflicto, pese a que la caída de la demanda mundial golpearía directamente a sus exportaciones. Solo hay que mirar a su vecino Japón, donde el banco central ha mantenido los tipos de interés sin cambios en un contexto de creciente preocupación por el alza de los precios energéticos, dada la elevada dependencia del país del petróleo de Oriente Próximo. Esa exposición convierte a Japón en una economía especialmente sensible a un cierre prolongado del estrecho de Ormuz o a nuevas disrupciones en el suministro.
Europa tampoco está en una posición cómoda. El instituto de análisis Bruegel ha advertido de que la Unión Europea debe prepararse para una incidencia prolongada sobre los precios y la disponibilidad del gas, al tiempo que otras informaciones recientes apuntan a que la región afronta un doble desafío: el encarecimiento energético y una creciente competencia de las exportaciones chinas, especialmente en sectores como el coche eléctrico. En ese marco, China podría sufrir por el lado de los costes y de la demanda exterior, pero Europa puede hacerlo simultáneamente por energía, inflación, pérdida de competitividad industrial y dependencia de importaciones estratégicas.
En el caso de Estados Unidos, el efecto inducido es más ambiguo, pero no necesariamente menor. A fin de cuentas, el encarecimiento sostenido del petróleo actúa como un «impuesto» sobre los consumidores, erosionando su capacidad de gasto y presionando a la baja el crecimiento. Aunque Estados Unidos es hoy un gran productor de energía, no es ajeno a las conmociones de precios globales, que tienden a trasladarse rápidamente a la inflación y al consumo. En la misma línea, economistas de Goldman Sachs advierten de que un barril persistentemente caro podría retrasar los recortes de tipos de la Reserva Federal, lo que endurece las condiciones financieras en un momento delicado del ciclo. Es decir, la crisis energética penaliza a China como gran fábrica global, pero genera tensiones en Estados Unidos como economía de demanda, donde el gasto de los hogares es el principal motor.
En este sentido, los estrategas de Goldman Sachs señalan que la economía china está mejor posicionada que otras, incluida la estadounidense, para resistir el shock histórico del petróleo derivado del conflicto. Los economistas de la firma estiman que restará 20 puntos básicos al PIB chino, la mitad del impacto de 40 puntos básicos previsto para el de Estados Unidos.
Esto se debe a la diversificación de las fuentes energéticas por parte de Pekín. El petróleo y el gas natural licuado representaron el 28 % del consumo energético primario de China en 2024, el nivel más bajo a escala mundial, mientras que las energías alternativas y renovables aportaron el 40 % de la generación eléctrica en ese mismo periodo. Además, China cuenta con ingentes cantidades de reservas de crudo, así como con distintos proveedores de energía fuera de Oriente Próximo, entre ellos Rusia, Australia y Malasia, lo que amortigua la intensidad de la crisis.
La conclusión es que China no está inmunizada frente a la guerra en Irán, pero tampoco es evidente que vaya a salir peor parada que otras grandes economías.







