La guerra de Ucrania amenaza con una crisis alimentaria mundial

Bandera de Ucrania. | Jernej Furman, Flickr
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Madrid. Comienza el verano, pero los cañonazos siguen resonando en territorio ucraniano. A principios del mes el conflicto traspasó la marca de los 100 días, una fecha macabra tanto para Kiev como para Moscú. Sin embargo, las repercusiones de esta guerra se oyen por todo el mundo: países quedándose sin turistas (Sri Lanka), otros perdiendo acceso a las remesas (en Asia Central), etc. El problema que atrae ahora la atención mundial es la posible crisis alimentaria a causa de la invasión rusa. Millones de personas en África, Asia y América Latina pueden padecer de hambre ante la falta de suministros tanto de Rusia como de Ucrania.

Según el secretario general de la ONU, António Guterres, esta nueva crisis será diferente de la del año pasado. La anterior fue causada por la falta de acceso a los alimentos (por la COVID-19), mientras que la actual es verdaderamente una cuestión de ausencia de los recursos necesarios. Ucrania y Rusia juntas alcanzan casi un tercio de todas las exportaciones de trigo en el mundo, estando entre los líderes en la producción de cebada y girasol. Además, Ucrania presume de extensas exportaciones de maíz, las cuartas del mundo. Con los puertos ucranianos bloqueados (o minados) y los rusos bajo duras sanciones occidentales, estos millones de toneladas corren el riesgo de no llegar a su destino, a donde tanto lo necesitan. Este súbito e inesperado cambio en el suministro propulsó los precios hacia niveles récord, incluso después de la pandemia. Mientras los países ricos de Occidente sufrirán una creciente inflación, la periferia mundial se verá ante la amenaza del hambre.

A la complicación con el abastecimiento se le suma la cuestión de los fertilizantes. Rusia y Bielorrusia encabezan las listas en producción y exportación de productos químicos a base de fósforo, nitrógeno y potasio, esenciales para la agricultura. Gigantes agrícolas, como la India, dependen considerablemente de Moscú o Minsk en esta cuestión. Aunque las sanciones Occidentales no incluyesen a los abonos, el envío de estos productos a su destino se vio seriamente dañado. La mayoría de los puertos europeos no piensan albergar buques rusos en su camino hacia los clientes en África y América Latina. Esta situación conlleva una repentina subida de precios que algunos países no pueden permitirse. Además, tanto Rusia como la Unión Europea imponen cuotas a la exportación e importación respectivamente. El Kremlin teme la inestabilidad en el mercado agrícola y prefiere resguardarse por si acaso, mientras Bruselas intenta minimizar, en cuanto es posible, su dependencia del gigante euroasiático.

La capacidad de otros países de sustituir a Rusia, Ucrania o Bielorrusia en corto plazo es limitada. No se puede encontrar un relevo para los líderes mundiales en producción de muchos productos agrícolas rápidamente. Sin embargo, el mercado está intentando adaptarse. Varias compañías indias, que antes importaban fertilizantes rusos, firmaron acuerdos de 1.500 millones de dólares con la Jordan Phosphate Mines Company, según reporta Xinhua. Marruecos, líder mundial en fosfatos, está meditando expandir su actividad hacia la orilla opuesta del Atlántico, a Brasil. Mientras tanto, antiguos clientes rusos como Nigeria o Bangladesh buscan alternativas en Canadá o Jordania. Aun así, la relación cantidad/precio sigue tirando la balanza hacia Moscú, que por ahora no puede ser reemplazado. Para evitar una crisis mundial es esencial mediar en el conflicto de Ucrania.

Aparte del propio conflicto que evita que el trigo ucraniano o los fertilizantes rusos sean exportados al extranjero, el pánico ataca a la seguridad colectiva por otro frente. Ante la amenaza del hambre, grandes productores agrícolas prefieren reducir las exportaciones y almacenar más recursos en casa, por si la crisis se hace realidad. La India, segundo país más poblado del mundo, declaró en mayo que restringirá la salida de trigo al extranjero a causa de una mala cosecha y el incremento de precios. El Kremlin propuso a los miembros de la Unión Económica Euroasiática (un foro económico liderado por Rusia) aumentar las tarifas y reducir las cuotas de exportaciones de grano, a pesar de la rotunda negativa de Kazajistán, que no pretende sacrificar su beneficioso mercado. Las naciones centroasiáticas (como Tayikistán), dependientes de sus vecinos septentrionales, se encuentran ante crecientes precios de harina y otros productos importados, tan esenciales para la empobrecida población.

En búsqueda de soluciones

Vladimir Putin, el presidente ruso, propuso varias soluciones durante su reciente entrevista para la prensa rusa. Según él, Moscú no está bloqueando el libre paso de buques con mercancías por el Mar Negro, sino al revés: la crisis alimentaria es culpa de Kiev, que había minado las aguas de la ciudad portuaria de Odesa, de la que solía salir el trigo en dirección a Europa, Turquía y Oriente Medio. Afirmó que, si los ucranianos desminasen las aguas u organizaran un corredor seguro, podrían proseguir con sus exportaciones tranquilamente. Sin embargo, Kiev se muestra escéptico. El ministro de Exteriores ucraniano Dmytró Kuleba dice que su país necesita garantías de que esta oportunidad no será usada por el Kremlin para tomar la tan anhelada perla del mar Negro. Aunque tanto Serguéi Lavrov, su homólogo ruso, como el propio presidente, prometiesen que esto no entraba en sus planes, Kuleba les recordó que llevaban diciendo absolutamente lo mismo sobre la invasión a Ucrania durante meses, caracterizándola como un disparate creado por Occidente para demonizar a Rusia.

Otra idea mencionada por el líder ruso fue el transporte del trigo ucraniano a Europa por territorio bielorruso hacia los puertos del Mar Báltico. A cambio, el Kremlin demandó que las sanciones contra Bielorrusia fuesen amortiguadas. Aún así, este camino se encontró con la categórica negativa de Kiev, además de un elevado precio de transportación por tierra. También recordó que los puertos conquistados de Mariúpol y Berdiansk están en pleno funcionamiento y podrían servir para exportar el trigo ucraniano.

Mientras las dos capitales intercambiaban acusaciones, intentando mostrar el uno al otro como culpables en este caso, los líderes africanos, la región que será la más afectada por la crisis, están preocupados. El presidente senegalés, Macky Sall (siendo al mismo tiempo el actual presidente de la Unión Africana), viajó a Moscú para reunirse con Putin y mostrarle su inquietud por los acontecimientos. Desde que ocupa la presidencia, el líder ruso pretende recrear la influencia geopolítica soviética en el mundo, perdida en los tumultuosos años 90. África es el centro de su interés. En 2019 fue organizada una cumbre entre Putin y los líderes de todos los países africanos, que tuvo lugar en la ciudad de Sochi, bañada por el Mar Negro. Su homólogo senegalés le describió los riesgos que corre África ante la posible crisis alimentaria y le instó a solucionar este problema. El jefe del Estado ruso le prometió que haría todo lo posible y recalcó la importancia de los países en vías de desarrollo para Moscú.

Para asegurar la devoción de Rusia a la causa africana, el Kremlin envió a Valentina Matviyenko, presidenta de la cámara alta del parlamento y antigua camarada de Putin, a Mozambique. Allí se reunió con el presidente y varios altos cargos del país para discutir la crisis alimentaria. Además, durante la visita de Matviyenko fue acordada una nueva cumbre en octubre de 2022, similar a la acontecida en 2019. Maputo, un viejo aliado de Moscú, mostró su apoyo a Rusia en el conflicto, absteniéndose en la votación en la Asamblea General de la ONU en marzo. Junto con Argelia, Angola, Madagascar, Zimbabwe y varios otros países del continente africano, se negó a condenar la invasión, prefiriendo mantener una relación amistosa.

Pero simples promesas son insuficientes. La solución de la crisis solo puede ser alcanzada por consenso. Para eso Kiev necesitaría garantías creíbles de Moscú. Turquía, liderada por el pragmático Recep Tayyip Erdogan, propuso sus servicios como mediador. Este último miércoles, el ministro de Exteriores ruso viajó a Ankara para encontrarse con su homólogo turco, Mevlüt Çavuşoğlu. El plan propuesto por Ankara consiste en lo siguiente: barcos turcos ayudarían a los ucranianos a desminar las aguas de Odesa, además de garantizar la seguridad de los buques ucranianos. A cambio, Moscú demanda tener el derecho de registrar los barcos para evitar que estos transporten armamento. Ucrania discrepa en este punto. Además, aunque Erdogan se llevase bien tanto con Putin como con el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, este último está perdiendo la paciencia, especialmente después de las acusaciones de que Ankara, según los ucranianos, les compraba a los rusos el trigo de los territorios conquistados con un buen descuento.

Turquía sigue intentado mediar en este sangriento conflicto, convirtiéndose en un jugador clave en el complicado tablero geopolítico. Establecer un diálogo es vital. Sin embargo, se presenta muy difícil, considerando la continua ofensiva rusa. El mundo, tras recuperarse de la pandemia, se encuentra ante una nueva amenaza. Solo los hombres fuertes de Kiev y Moscú pueden lidiar con este problema.

La incertidumbre de la guerra de Ucrania y el aumento de las restricciones en China para garantizar su política del «Covid cero», han incrementado las presiones en las cadenas de suministro, lo que hace que el coste del transporte marítimo siga en niveles históricamente altos.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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