Espacio postsoviético (I): un juego sin árbitro

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Madrid. La «operación militar especial» rusa en Ucrania se está alargando más de la cuenta. Lo que tenía que haberse convertido en un paseo militar para el Kremlin, una repetición de la euforia de 2014, parece más bien un nuevo Afganistán. El fracaso a la hora de tomar Kíev o cualquier otra ciudad relativamente grande, las alarmantes bajas del Ejército ruso y las duras sanciones que se hacen sentir cada vez en Rusia, dejan a Moscú sin ninguna victoria que clamar. La reputación tanto de Rusia cómo de sus Fuerzas Armadas está por los suelos. Mientras el oso está absorto en su frente occidental, el resto del espacio postsoviético está indefenso ante las viejas enemistades.

Rusia: guerra y paz

En el siglo XIX, al Imperio Ruso lo llamaban «el gendarme de Europa» por su política defensora de la monarquía absolutista. Nicolás I, zar ruso de la época, sofocó la rebelión húngara de 1848, echándole así una mano a su aliada Austro-Hungría. Después de la caída de la URSS (1991), Rusia, heredera del imperio comunista, se convirtió en el «gendarme del espacio postsoviético».

Múltiples organizaciones cómo la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) o la Unión Económica Eurasiática (UEE), réplicas de la OTAN y la Unión Europea, respectivamente, fueron creadas para fomentar la cooperación regional y atar en corto a las antiguas repúblicas. Cualquier conflicto en la región lo consideraba Moscú como un asunto interno y se presentaba como único mediador en las disputas postsoviéticas.

En los años 80, cuando la URSS se estaba desintegrando lentamente, antiguas heridas y enemistades, apaciguadas durante años por los hombres fuertes del Kremlin, salieron a la luz. Moldavia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Uzbekistán y Tayikistán se sumieron en conflictos étnicos, mientras el líder soviético, Mikhail Gorbachov, intentaba salvar el decadente sistema totalitario.

En Transnistria, región autónoma en el este de Moldavia, la población rusa y ucraniana, temiendo que el nuevo gobierno en Chisinau decidiera finalmente unirse a Rumanía y declarar el rumano como única lengua oficial, declaró su independencia. Las autoridades moldavas intentaron tomar la región por la fuerza, pero fueron frenadas por el Ejército ruso, que sigue manteniendo un contingente militar en la región.

Osetia del sur y Abjasia, provincias con mayoría indígena en Georgia, declararon su independencia con la caída de la URSS y a lo largo de los años 90 combatieron contra Tiflis. En 2008, cuando el Ejército georgiano, motivado por la posibilidad de entrar en la OTAN, intentó reconquistar Tsjinvali de una vez por todas, intervino Moscú, organizando una operación relámpago y diezmando a las fuerzas georgianas en la conocida como Guerra de los Cinco Días. Al igual que en Transnistria, el Kremlin mantuvo un contingente de pacificadores para disuadir a su vecino meridional de cualquier acción ofensiva.

La famosa disputa de Nagorno Karabaj (Alto Karabaj o Artsaj, en armenio) entre Armenia y Azerbaiyán, que captó la atención de todo el mundo en 2020, también forma parte de esta macabra lista de conflictos étnicos. Los años 80 y 90 estuvieron repletos de pogromos, conflictos fronterizos y guerras. En 2020, después de una cruenta guerra, en la que Azerbaiyán recuperó gran parte del territorio perdido 30 años antes, intervinieron fuerzas pacificadoras rusas. Hasta hace poco, lograron mantener una relativa paz.

Todos estos conflictos quedaron congelados. El consenso no fue alcanzado, ninguno de los bandos quedó satisfecho. El rencor y el resentimiento, que parecían haber desaparecido, simplemente fueron ocultados por las tinieblas esperando el momento oportuno para resurgir. Aun así, el soldado ruso, con un armamento moderno, era lo bastante disuasorio para acallar los cañones. Moscú enviaba un claro mensaje: aquí solo peleo yo. Pero marzo 2022 lo cambió todo. El gendarme está más débil que nunca. ¿Sería este el momento para actuar?

Nagorno Karabaj vuelve a los noticiarios

Azerbaiyán respondió afirmativamente a esta pregunta. Poco después de los rumores de que Rusia retirará a los pacificadores de la región disputada, a mediados de marzo los célebres drones turcos allanaron el camino para las tropas azeríes que tomaron varias aldeas fronterizas. Bakú alegó que Armenia había violado el acuerdo de cese de fuego de 2020 manteniendo a las milicias karabajíes (a las que Azerbaiyán equipara con el ejército regular armenio) y Artsaj.

Moscú no ocultó su indignación. Demandó que Azerbaiyán retirara de inmediato sus fuerzas del territorio disputado. Bakú respondió de forma muy atrevida, acusando al Kremlin de parcialidad y mentira, y demandando que todas las milicias armenias abandonen el Artsaj. Además, Ilham Alíev, presidente azerbaiyano, recordó que el término «Nagorno Karabaj» no existe de iure, por lo que instó a Rusia a que restrinja su uso en sus comunicados oficiales. Nikol Pashinián, su homólogo armenio, declaró que su país está dispuesto a firmar el acuerdo de paz para acabar con las hostilidades de una vez por todas. Alíev aceptó la propuesta. Los líderes se reunirán próximamente en Bruselas para discutir el acuerdo.

Las fuerzas rusas en Artsaj son esenciales para la supervivencia de ese territorio autoproclamado independiente. Los pacificadores mantienen el control sobre el corredor de Lachin, el único que une a los karabajíes con sus compatriotas en Armenia. Sin él, los armenios de Karabaj quedarían rodeados por territorio azerbaiyano sin posibilidad de defenderse durante larto tiempo. La perspectiva de que Moscú mantenga por los siglos de los siglos su contingente en la región no convence a Azerbaiyán.

La toma de varias aldeas puede parecer insignificante en comparación con la operación a gran escala que lleva Rusia en Ucrania. Pero no es así. La respuesta de Bakú fue muy atrevida, más de lo habitual. Nunca antes esta nación del Cáucaso se permitió desafiar abiertamente al gigante euroasiático de tal forma. La autoridad del Kremlin se está disipando poco a poco.

 

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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