Irán, clave para entender el nuevo orden mundial

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Madrid. Durante casi un año, la capital de Austria, Viena, acogió las negociaciones sobre el controvertido programa nuclear iraní. El anterior acuerdo, el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), firmado en 2015, perdió todo el sentido después de que el gobierno de Donald Trump declarase en 2018 la salida unilateral de EEUU y la reimposición de sanciones contra Irán. En represalia, Teherán prosiguió abiertamente con el enriquecimiento de uranio, aspecto fundamental en la producción de una bomba atómica.

Viena: un arduo diálogo

La iniciativa de resucitar el pacto nuclear surgió después de que los demócratas estadounidenses recuperaran la Casa Blanca después de cuatro años en la oposición. La Unión Europea (UE), ante el creciente riesgo de que Rusia cerrara la válvula del gas, puso en marcha su plan de diversificación de su agenda energética. Irán puede presumir de una ingente cantidad de hidrocarburos, pues tiene las segundas reservas mundiales de gas, convirtiéndose en un fruto anhelado por muchos.

Entre los participantes de este arduo diálogo se encontraban Irán y otros cinco países: Alemania, China, Francia, Reino Unido y Rusia. Los representantes estadounidenses asistieron a las reuniones de forma no oficial frente a la negativa de Teherán de dialogar directamente con Washington.

Después de tediosos meses de discusiones, a comienzos de 2022 parecía que el acuerdo se avistaba en el horizonte. Occidente se comprometería a levantar las sanciones económicas impuestas a Teherán a cambio de que este último redujera su programa nuclear y limitara el uso de la energía atómica para fines pacíficos. A comienzo del mes, Rafael Grossi, secretario general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), visitó Irán. Según las declaraciones de las autoridades locales, fue acordado que las cuestiones menos significativas, como los supuestos materiales radioactivos no declarados que fueron encontrados en tres instalaciones iraníes, quedarían resueltas para junio. En junio, según dijo Grossi al volver a Viena, sería sellado el documento definitivo.

Los precios de carburantes, aunque fluctúan constantemente, alcanzaron máximos históricos en las últimas semanas. La entrada del petróleo iraní en el mercado podría cambiar la balanza y evitar una crisis energética como la de 1973.

Acciones de Moscú: ¿Plan maestro o desesperación?

Sin embargo, de repente, Moscú, uno de los actores clave de este pacto, demandó garantías de que el comercio bilateral con su importante aliado persa no se vería afectado por las severas sanciones occidentales impuestas tras la invasión rusa de Ucrania. Angustiado por el ostracismo mundial, el Kremlin busca aferrarse a los pocos vínculos que le quedan. Aunque el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, dijera poco después que «ya recibió garantías de Washington por escrito» (nada que la Casa Blanca confirmara), la oportunidad de solucionar la crisis se le escurrió de las manos a los diplomáticos en Viena.

Las relaciones entre Moscú y Teherán se estrecharon significativamente en el siglo XXI. Aliados en su hostilidad hacia Washington, apoyaron al mismo bando (el Gobierno de Bashar al-Ásad) en la guerra de Siria y desarrollaron una importante cooperación militar. Aprovechándose del vacío creado por las sanciones, Rusia suministró aviones y sistemas de defensa antiaérea a Irán. Además, el Kremlin ejerció un papel muy importante en el desarrollo de las centrales nucleares del país, ayudando a construir la central de Bushehr, por ejemplo. Esta cooperación fue muy criticada en Occidente. Aun así, esta amistad tiene muchos esqueletos en el armario.

Como ya fue mencionado, las reservas de gas iraníes son inmensas, pero el problema yace en la ausencia de posibilidad alguna para sacar provecho de esas riquezas. Las sanciones occidentales impiden la exportación de gas, reduciéndolo a unos meros 16 mil millones de metros cúbicos al año en 2020 (sólo Rusia exporta a la UE más de 150 mil millones). Un Irán fuerte con una altamente desarrollada infraestructura de gasoductos y libre comercio con sus vecinos (en caso de que las restricciones sean levantadas) podría desafiar la hegemonía energética rusa en Europa. Moscú teme que un acuerdo con Irán pueda destronarle y arrebatarle su principal arma de chantaje. Por ese mismo motivo, por ejemplo, los periódicos intentos de tender un gasoducto por el fondo del Mar Caspio entre Turkmenistán y Azerbaiyán se encontraban una y otra vez con la negativa del Kremlin. Este sabotaje puede ser parte de la estrategia rusa para mantener su posición privilegiada de proveedor número uno de la UE.

De todas formas, Teherán comparte abiertamente las preocupaciones de Rusia. El ministro de Exteriores iraní, Hossein Amir-Abdollahian, aseguró a Moscú que ningún factor externo podrá afectar los intereses nacionales de su país. Pero, al mismo tiempo, la economía iraní fue maniatada por las sanciones. La posibilidad de exportar carburante al extranjero podría sacar al país de su complicada situación. Como muchos Estados en el mundo, Irán afronta un dilema.

Los rivales cierran filas

Las negociaciones están estancadas. Ante las nuevas demandas de Irán, Occidente respondió con escepticismo. Hossein Amir-Abdollahian exigió que Joe Biden, presidente estadounidense, le garantice que después de firmar el documento ni él ni ningún otro inquilino de la Casa Blanca pueda retirarse del pacto como hizo Trump. Considerando los ánimos hostiles del partido Republicano hacia esta nación musulmana, tal promesa sería imposible de cumplir. Las autoridades iraníes no pueden no saberlo. ¿Qué pretenden?

Además, Teherán instó a EEUU que excluyan a los cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica de la lista de terroristas elaborada por el Departamento de Estado. Este cuerpo especial de las Fuerzas Armadas que consta de más de 100.000 efectivos es famoso por sus operaciones en el extranjero. Los rebeldes en Irak, el gobierno de al-Ásad, Hezbollah en el Líbano, los hutíes en Yemen e incluso el Hamás en Palestina, todos ellos recibieron ayuda directa (militar) o indirecta (política y económica) de los Guardias de la Revolución. Organizaron operaciones conjuntas con milicias chiitas para expandir la influencia de Teherán en los países vecinos en tiempos de inestabilidad. En este frente chocan los intereses de dos países que pretenden obtener el título de potencias regionales en Oriente Medio: Irán y Arabia Saudí con su coalición de petromonarquías.

El conflicto en Yemen entre los hutíes (grupo militante chiita fundamentalista apoyado por Irán) y el expresidente Al-Hadi, derrocado en 2014, renace con nueva fuerza. La coalición de Arabia Saudí, de la que también forman parte Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Kuwait y muchos otros países de la MENA, apoya a los leales del presidente. Para evitar la expansión de la influencia iraní en la región, Riad decidió invadir a su vecino meridional con las fuerzas de la coalición en 2015. Los rebeldes siguen controlando la capital Saná, que no deja de ser bombardeada por sus contrincantes. El último ataque segó la vida de 14 personas. En represalia, los hutíes atacaron refinerías petroleras en la ciudad saudí costera de Jeddah, que pudo causar la cancelación de la carrera de la Fórmula 1 que se celebraba en la ciudad. Los misiles también alcanzaron almacenes en la vecindad de Abu Dabi, capital de los Emiratos. Ante tal amenaza, la coalición comenzó una nueva operación en este país desolado por la guerra y al borde de una crisis humanitaria.

Un acuerdo nuclear con Irán y su consecuente apertura al mundo preocupa mucho a sus rivales. Los recientes ataques a infraestructura petrolífera de los países del Golfo por parte de los hutíes, apoyados por Teherán, llevaron a varios líderes de Oriente Medio a reunirse en Egipto, en la costa del Mar Rojo, para decidir el siguiente paso. Fueron Naftalí Bennett, primer ministro israelí; Abdel Fattah el-Sisi, presidente egipcio, y Mohammed bin Zayed, príncipe heredero de EAU. Fue esta la primera ocasión en cerca de dos décadas que un líder israelí visitaba Egipto.

La conversación se centró en las consecuencias de la guerra en Ucrania para la región, como por ejemplo el súbito incremento de los precios de alimentos, un problema común para todo Oriente Medio. En cuanto a Irán, todos comparten su enemistad. Aun así, en los últimos años Egipto intenta mantener el equilibrio entre dos mortales enemigos (Tel Aviv y Teherán), posicionándose como mediador en el conflicto de Palestina, por ejemplo. La posibilidad de que la Guardia Revolucionaria fuera excluida de la lista de terroristas enfadó mucho a los Emiratos Árabes Unidos (EAU) e Israel, ya que los dos fueron atacados por milicias que usaban armamento iraní. El Cairo compartió sus preocupaciones.

Los rivales de Irán por todo Oriente Medio están cerrando filas. Israel intenta usar su lobby en EEUU para disuadir a la Casa Blanca de un acuerdo con Irán. Pero la posición de EEUU tampoco es ideal. Los enemigos de la Casa Blanca por todo el mundo empiezan a erguir sus cabezas ante una crisis mundial. Joe Biden se ve obligado a dialogar si no quiere quedarse solo. Los regímenes de Corea del Norte y Venezuela pueden recibir una segunda oportunidad.

La triada más odiada por Washington

Corea del Norte, Irán y Venezuela podrían entrar en el nuevo «eje del mal». Los tres países se encuentran bajo terribles sanciones estadounidenses, por lo que se ven obligados a cooperar los unos con los otros. El problema del crecimiento del precio del petróleo causó pánico por todo el mundo. Washington, desesperado por el creciente descontento de la población justo antes de las elecciones parlamentarias, viró su atención a Venezuela, su antiguo rival.

Desde que Rusia comenzó la invasión de Ucrania, la Casa Blanca reanudó las negociaciones con Caracas. Un paso arriesgado, que puede ser visto por la oposición de Juan Guaidó, líder del gobierno provisional de Venezuela, como un tácito reconocimiento de la legitimidad de Nicolás Maduro. Para allanar el camino, Caracas se abstuvo durante el voto en la Asamblea General de la ONU en cuanto a la condena de la invasión de Ucrania (normalmente solía apoyar a su aliado ultramarino). Es probable que Estados Unidos abandone la táctica de Trump de «sofocar» el régimen e intente usar la ‘soft power’. El petróleo venezolano, junto con el iraní, puede evitar una crisis como la del 1973.

Mientras tanto, Corea del Norte, histórico tutor de Irán en materias nucleares, no quiere que el mundo se olvide de su existencia. Pyongyang lanzó un cohete intercontinental la semana pasada, el primero desde 2017 y el más grande hasta el día de hoy, según diversos analistas. Su alcance cubre casi todo el globo terráqueo, lo que convierte a esta nación asiática una vez más en una preocupación para todo el mundo.

Con la elección del nuevo presidente surcoreano Yoon Suk-yeol, partidario de mano dura contra su vecino septentrional, el líder norcoreano Kim Jong-un pretende devolver al paralelo 38 su antigua fama. Igual que a Irán y Venezuela, las sanciones estrangulan a Corea del Norte. Estas amenazas señalan que Pyongyang está ansioso por negociar para salir por fin del ostracismo mundial. No hay mejor momento que una guerra en Ucrania, que agrava la vulnerabilidad de todo el mundo.

Tres parias en tres rincones del mundo: Irán, Corea del Norte y Venezuela. A primera vista puede parecer que no tienen nada que ver, pero no es así. Desde el 24 de febrero de 2022 vivimos una nueva realidad. Una realidad en la que Occidente está dispuesto a negociar con sus más odiados rivales para contrarrestar al agresor número uno, que es Rusia. ¿Podrían estos países salir del aislamiento y formar una vez más parte de la comunidad internacional? Mucho dependerá de cuánto dure la guerra en Ucrania y de la paciencia de Occidente. Si Putin sigue apostando por la brutal desmilitarización de su vecino, podría quedarse sin amigos en la comunidad internacional.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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