Espacio postsoviético (y II): Asia Central, un polvorín

Mapa de Asia Central. | Uwe Dedering, Wikimedia
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Madrid. Mientras tanto, el patio trasero de Rusia, Asia Central, está viviendo una época crítica. El ‘statu quo’ se ha desvanecido. Los países de la zona deben elegir si se quedan con Rusia o buscan una alternativa. Independientemente de su decisión, las consecuencias de la guerra ya son notables. El precio de los alimentos se ha disparado desde comienzos de marzo. Además, Rusia prohibió exportar grano al extranjero por temor a una crisis alimentaria. Las monedas locales (como el tenge kazajo o el som kirguís) lograron estabilizarse, pero la situación sigue siendo peligrosa.

Al igual que las demás regiones del espacio postsoviético, Asia Central no carece de conflictos étnicos y disputas fronterizas. El norte de Kazajistán, la región autónoma de Karakalpakia en Uzbekistán y el puzle fronterizo en el valle de Ferganá son cuestiones que surgen de vez en cuando, causando tensiones e incluso conflictos armados. La actual debilidad de Rusia, que antiguamente desempeñaba el papel de mediador en estas contiendas, puede ser la chispa que comience el incendio.

El conflicto en la triple frontera de Tayikistán, Kirguizistán y Uzbekistán se debe a los siniestros bordes trazados por la administración soviética. El deseo de evitar movimientos nacionalistas mezclando etnias e intentando mantener el balance de fuerzas en la región, trajo la creación de «Estados Frankenstein» con múltiples enclaves y minorías étnicas. Llegó hasta el punto de que había un enclave de un país en otro, donde la mayoría de la población pertenecía a una tercera etnia.

Esa división arbitraria llevó a una constante rivalidad entre Kirguizistán y Tayikistán, que llegó incluso a un conflicto armado en 2021 con 55 muertos y varios cientos de heridos. La delimitación está en proceso, pero las tensiones se mantienen. Aunque Rusia no se entrometiese en el conflicto, limitándose a expresar su pesar por los caídos e instar a los bandos a recurrir a la diplomacia, su omnipresencia en los asuntos internos hacía imposible cualquier operación de gran escala. Los dos países forman parte de la OTSC, un bloque militar liderado por Moscú. El Kremlin no permitiría que sus aliados se peleen entre ellos.

Pero un problema incluso mayor se hace ver en el horizonte. Los países, aun siendo musulmanes, siempre siguieron una política laica, combatiendo cualquier tendencia fundamentalista islámica en la región. Este conflicto entre gobernantes soviéticos laicos, apoyados por Rusia y los demás países postsoviéticos, y la oposición democrática aliada con los islamistas, apoyados por los muyahidines afganos y Al-Qaeda, llevó a Tayikistán a una cruenta guerra civil entre 1992 y 1997. Decenas de miles (algunos suben esta cifra hasta 150.000) de personas perecieron en ese terrible conflicto.

La amenaza de que el fundamentalismo islámico, victorioso ya en Afganistán, se esparciese por la región preocupó a todos los vecinos de la nación centroasiática. Uzbekistán apoyó abiertamente al Frente Popular de Tayikistán, fuerza aliada con el gobierno, con armamento e intervenciones militares. En 1993, la guardia fronteriza rusa, que desde la época soviética protegía la zona limítrofe tayiko-afgana, logró evitar que militantes muyahidines la cruzaran.

En 1997, en Moscú se reunieron el líder de la oposición Said Abdulloh Nurí y el jefe del gobierno Emomalí Rajmón y firmaron el acuerdo de paz que acabó con la guerra. Así, los esfuerzos conjuntos de los antiguos países comunistas consiguieron alcanzar la paz en Tayikistán e impidieron que los fundamentalistas islámicos se asentasen en el país.

Mientras Afganistán estaba sumido en la anarquía, Moscú decidió usar Tayikistán como punto de avanzadilla. En 2004 fue construida una base militar rusa en el país, que se convirtió en la más grande fuera de Rusia. Como ya fue mencionado, Tayikistán entró también en la OTSC. El Kremlin pretendía así asegurar su flanco meridional en la frontera con Afganistán para evitar la repetición de los años 90 y reducir el comercio de droga. El Ejército ruso, famoso en esa época por su potencial, disuadía a cualquier insurgente islamista de tentar la suerte.

En 2021, después de la apresurada retirada norteamericana, el Talibán, principal contrincante del gobierno pro estadounidense de Kabul, tomó el poder en Afganistán. Rajmón criticó a los nuevos gobernantes de su vecino e instó al mundo a que combatiera esta amenaza. Dushanbé teme que después de acabar con la oposición interna, los talibanes desvíen su mirada hacia el norte. Los siguientes meses los dos bandos se limitaron a intercambiar acusaciones y organizar demostraciones de fuerza en la frontera. Aunque el Talibán declarase que no pretendía apoyar movimientos islamistas fuera de su país, Tayikistán es escéptico.

Ahora, cuando el Ejército ruso quedó desacreditado en el campo de batalla en la lejana Ucrania, su flanco meridional está más desguarnecido que nunca. Las sanciones contra Rusia dejan a los países de Asia Central sin su mayor socio comercial. La harina está subiendo de precio en los mercados de Dushanbé. Las remesas de los emigrantes laborales en Rusia se vieron reducidas por la súbita caída del rublo. Todo esto puede causar un grave descontento popular y amenazar al régimen de Rajmón. Además, el Talibán logró asentarse en Kabul y no da señales de inestabilidad. No podemos estar seguros de lo que ocurrirá, pero los contrapesos de poderes en la región que le impedían actuar a los talibanes están muy deteriorados

Aquí entra China en el escenario. Pekín siempre mantuvo los canales abiertos con los nuevos amos de Kabul y declaró recientemente su disposición a reanudar las inversiones en el país. Asimismo, mientras Moscú está intentando mantenerse a flote, Xi Jinping puede aprovecharse para expandir su influencia. Los países de Asia Central están indefensos. El gigante asiático puede ofrecerles ayuda, tanto militar como económica, para evitar lo peor.

En cualquier caso, tanto Asia Central, como las demás regiones de la vasta antigua Unión Soviética, no pueden garantizar su estabilidad con el actual statu quo. Para algunos, China puede ser la solución. Otros preferirían distanciarse de Rusia y reorientarse hacia Occidente. Países como Kazajistán intentarán mantener un difícil equilibrio entre Este y Oeste para sobrevivir. La obsesión del presidente ruso, Vladímir Putin, por reinar en el «mundo ruso», puede salirle muy caro. El mundo postsoviético ya nunca será el mismo.

 

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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