La guerra de Ucrania muestra las entrañas del régimen de Putin

Vladimir Putin en la celebración, este año, del Día de la Victoria. | Kremlin, Wikimedia
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Madrid. Mientras se acerca el 24 de mayo (tres meses desde el comienzo de la guerra en Ucrania) los cañonazos siguen resonando en territorio ucraniano. Moscú comenzó la llamada «operación especial» el 24 de febrero, atacando a su vecino occidental por todos los frentes. Sin embargo, ni la capital, Kiev, ni Járkov, la ciudad ruso parlante más grande del país, llegaron a caer en manos del Kremlin. Solo en el sur, en la costa del Mar de Azov, las fuerzas rusas consiguieron crear un corredor terrestre desde la península de Crimea (anexionada por Rusia en 2014) y el Donbás, además de rodear a las fuerzas ucranianas en Mariúpol.

Día de la Victoria sin victoria

Vladimir Putin, presidente ruso, ante el fracaso de someter a Ucrania a la rendición completa, intentó avanzar por el frente meridional para conquistar el Donbás y clamar por lo menos algún éxito para el 9 de mayo, el Día de la Victoria sobre la Alemania nazi. No obstante, el avance se estancó. Mariúpol cayó, pero la falta de supremacía aérea para contrarrestar la artillería ucraniana no permite proseguir con la invasión. Además, el Ejército ruso carece de la fuerza suficiente para reponer las bajas. Según pasan las semanas, la perspectiva de la movilización parece hacerse cada vez más real.

El Kremlin empezó la operación militar con menos de 190.000 soldados (según estimaba la BBC antes del comienzo del conflicto), una cifra menor que las Fuerzas Armadas ucranianas, algo que sorprendió a muchos expertos. Al principio parecía que la invasión sería una «guerra relámpago», comparable solo con la guerra de 6 días entre Israel y la coalición árabe en 1967.

Sin embargo, según pasaban las semanas se llenaban las redes sociales con cada vez más imágenes de tanques rusos destruidos, aviones derribados y soldados muertos o presos. Lo último era especialmente importante. Putin denominó la invasión como una «operación especial», lo que suponía una guerra rápida con pocas bajas tanto de militares como civiles. El pueblo ruso no debería haberse visto afectado por los acontecimientos. No esperaban los estrategas del Kremlin que empiecen a venir unas tras otras «tumbas de zinc», o como lo llaman los rusos, «Cargo-200», aludiendo a la críptica expresión que usaban los soviéticos para designar a los soldados muertos en Afganistán, cuando eran transportados de vuelta a casa.

La guerra siempre es más bonita en el mapa, cuando los jugadores con uniformes militares mueven coloridas fichas en el tablero y planea meticulosamente su siguiente paso. Pero todo cambia cuando el conflicto empieza a acercarse, a afectar a familiares, vecinos o amigos. Algunos pierden su trabajo, otros reciben los cuerpos de sus hijos, maridos, hermanos o padres. La propaganda rusa consiguió representar la «operación» cómo una «liberación», un conflicto no con el pueblo ucraniano, sino con la «junta neonazi» que, a su juicio, ocupa el poder en Kiev. «No teníamos otra elección. O nosotros, o ellos», solían decir. El Estado ruso creó una fachada de eufemismos para evitar preguntas de la población. El Kremlin incentivó la euforia por la guerra, convirtiendo la letra Z en el símbolo militarista, represaliando a los que se opusieran. ¿Pero pueden «el peligro de la expansión de la OTAN» o «el genocidio de la población rusa en el Donbás» convencer a los rusos a sacrificarse por el régimen?

El temor de las autoridades rusas de perder el control sobre las emociones de la población lo demuestran varios acontecimientos de los últimos meses. Para empezar, el Ministerio de Defensa ruso publicó las bajas militares en tan solo dos ocasiones, la última siendo hace casi dos meses, el 25 de marzo. La cifra que anunciaron fue 1.351 fallecidos, que discrepa considerablemente de las publicaciones ucranianas y las estimaciones de la BBC. Incluso asumiendo la veracidad de las declaraciones del Kremlin, la cifra sigue siendo muy alta, casi alcanzando un cuarto de las bajas rusas en la Primera Guerra de Chechenia (1994-1996) y una décima parte de la década que duró la campaña soviética en Afganistán (1979-1989).

Cuando a mediados de febrero naufragó el Moskva, buque insignia de la flota rusa del Mar Negro, los medios oficiales lo atribuyeron a una explosión en el barco, un error por negligencia de uno de los marineros. El Ministerio de Defensa primero negó que hubiese pérdidas humanas durante el naufragio, pero después cedió, declarando 27 muertos. Aun así, los padres de los soldados se muestran escépticos. En un crucero del tamaño del Moskva servirían alrededor de 500 personas, muchas de las cuales siguen «desaparecidas» sin rastro alguno.

Además, desde el comienzo de la guerra el Kremlin prometió que ningún soldado cumpliendo el servicio militar obligatorio tomaría parte en la «operación especial». Aun así, medios independientes de ambos lados del frente publicaron evidencias de la participación de jóvenes llamados a filas el año pasado. El buque Moskva no fue una excepción. Primero el Kremlin negó la veracidad de esa información, llamándola parte de la «guerra híbrida» de Occidente. Sin embargo, a principios de marzo Putin admitió que hubo «varios casos» y que los responsables serían castigados.

Rusia se encuentra bajo duras sanciones económicas occidentales, que limitan su capacidad de exportar carburantes e importar componentes tecnológicos. Esta precaria situación también es usada por las autoridades, representándola como una «tormenta ideal», un «momento clave» (citando al portavoz del presidente, Dmitri Peskov). La crisis permitiría a Rusia alcanzar por fin la autarquía, independizarse económicamente de Occidente. La súbita subida de precios, que empieza a afectar a toda la población, es ignorada por el discurso oficial. Como prueba de la fortaleza de la economía rusa, el Banco Central invirtió alrededor de 85.000 millones de rublos (1,2 mil millones de euros) para estabilizar el rublo, que cayó en picado en marzo después del comienzo de la invasión. El valor de la moneda siempre ocupó una posición central en la opinión pública, convirtiéndolo en una medida de bienestar económico. Las declaraciones previas por parte de altos cargos del Kremlin de que un rublo barato era bueno para las exportaciones y la actividad empresarial fueron olvidadas para siempre.

El Estado ruso está en una encrucijada, lo que los ajedrecistas llaman «zugzwang», una posición donde cualquier acción solo empeora la situación. Por un lado, la guerra está estancada, las sanciones económicas sacuden a la economía del gigante euroasiático como nunca. Por otro, la euforia militar no consiguió conquistar los corazones de la población ante la ausencia de cualquier éxito que llamar victoria. Putin necesita la victoria, para salvar su imagen, pero el tiempo está jugando contra él. Mientras los ucranianos están reuniendo fuerzas y amasando armamento occidental para un contraataque, Rusia intenta sacar todas las fuerzas que tiene desperdigadas por el espacio postsoviético (en Nagorno Karabaj y Osetia del Sur, por ejemplo) para reponer las bajas.

La movilización: ¿es posible?

Pero declarar la movilización sería un paso muy arriesgado. Con solamente victorias pírricas en el horizonte, la declaración oficial de guerra (es importante recordar que, según el Kremlin, lo que está aconteciendo es una operación especial, no una guerra) y la consiguiente movilización sería igual a admitir el fracaso de la invasión. Así Putin perdería el apoyo de la más leal parte de la población rusa, que tan eufóricamente celebraba tanto la anexión de Crimea como la «liberación de Ucrania». ¿Cómo les explicará Putin su fallo? ¿Cómo les explicará para qué murieron miles de sus compatriotas?

Varios medios occidentales, citando fuentes del Pentágono estadounidense y el Ministerio de Defensa británico, presagiaban que Putin declarase la movilización general durante su rutinario discurso ante la parada militar del Día de la Victoria. No obstante, nada similar ocurrió durante ese nublado día. El líder ruso se limitó a recordar el excepcional papel de la URSS en la Segunda Guerra Mundial como «única oposición a la Alemania nazi» y culpar a Occidente de revisionismo histórico. Aun así, los temores de la población persisten. Si el Kremlin al final se atreve a organizar la movilización, ¿cómo sería?

Desde la época soviética Rusia mantuvo el servicio militar obligatorio, muy criticado tanto por la oposición como por algunos miembros del régimen. Según la ley, todos los jóvenes con 18 años completos están obligados a dedicar un año de su vida al Ejército. Después de finalizar ese año, los soldados podrían proseguir con su vida en los cuarteles firmando un contrato con el Estado (entrando así en las fuerzas regulares). Al acabar el servicio militar, los soldados son incluidos en la lista de reservistas, a los que precisamente usaría el Gobierno para reponer sus fuerzas.

Por su parte, el ministro de Defensa, Serguéi Shoygú, afirma que Rusia posee entre 80.000 y 100.000 hombres de reserva activa (o sea con el entrenamiento necesario para una operación de gran escala), mientras que el think tank Insitute for the Study of War (ISW) cree que tan solo 5.000 de ellos pueden ser aptos según los estándares occidentales. Si Putin firma el decreto de una movilización nacional, las fronteras quedarán cerradas para todo hombre mayor de 18 y más joven de 60 que tenga el servicio militar pendiente o forme parte de la reserva. Con estas nuevas fuerzas pretende Moscú reponer las filas de las tropas en Ucrania.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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