La «autocracia informativa», el arma interior con la que Putin se justifica

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Madrid. Rusia está en una encrucijada, lo que los ajedrecistas llaman «zugzwang», una posición donde cualquier acción realizada solo empeora la situación. El think tank Institute for the Study of War (ISW) no cree que la movilización general pudiese sacar a Moscú del laberinto en el que se encuentra. Los soldados movilizados carecerían de la preparación necesaria para combatir con un contrincante armado hasta los dientes.

Para entrenar a los inexpertos reclutas, el presidente ruso, Vladimir Putin, necesita tiempo, que no está de su lado en la, por él denominada, «operación especial», es decir, la invasión de Ucrania iniciada el pasado 24 de febrero. Cuanto más siga la guerra, más se fortalece Kiev con el nuevo «Lend-Lease» americano, un programa de préstamo de armamento y ayuda militar que trae reminiscencias de la Segunda Guerra Mundial.

La movilización general de la población rusa sería un paso muy arriesgado. Apoyado tan solo en victorias pírricas, una declaración oficial de guerra (según Putin, lo que está aconteciendo es una operación especial, no una guerra) y, con ella, la movilización, sería lo mismo que admitir el fracaso de la invasión y perdería el apoyo de la parte más afín de la sociedad, que tan eufóricamente ha festejado tanto la anexión de Crimea como la «liberación de Ucrania».

Una movilización nacional entraría en conflicto con la propia esencia del régimen. Según el libro del politólogo americano Daniel Treisman y el economista ruso Serguéi Guríev, Rusia es una «autocracia informativa». El sistema intenta alejarse de las prácticas represoras de las dictaduras del siglo XX, moviéndose hacia una forma más sutil de lidiar con la oposición. El Estado crea una robusta maquinaria propagandística, que convence a la población de la benevolencia y, principalmente, la popularidad del líder.

Periódicamente son organizadas elecciones con varios candidatos de diversos partidos. Es creada una fachada democrática para darle legitimidad al régimen, para demostrar la ausencia de cualquier alternativa viable y el indudable apoyo del pueblo, pero, al mismo tiempo, para disuadir la participación activa en la política. «¿Para qué voy a votar, si Putin gana de todas formas?» o «de todas formas, mi voto no influirá en nada, todo el pueblo apoya al presidente», piensa la gente. El Estado ha fomentado la inactividad como mejor forma de mostrar concordancia con la línea del Kremlin. Pero la movilización no es algo pasivo. No es lo mismo ir a votar por Rusia Unida (el partido del poder) porque te lo pidió tu jefe, que ir a la guerra a jugarte la vida.

El régimen ruso está cambiando. La ola represiva contra el movimiento pacifista y demás opositores lo demuestra. Aun así, esta calidad inherente del sistema putinista no le permite lograr las hazañas de los estados totalitarios sin perder legitimidad. Rusia no es la Unión Soviética. El país simplemente carece de los recursos administrativos para conminar a miles de personas a sacrificarse por la causa.

Esto lo demuestra el caso con la pandemia de la COVID-19. Mientras la mayoría de los países de Europa se sumergieron en estrictos confinamientos en febrero, Rusia solamente lo introdujo a finales de marzo, después de la declaración por parte de Putin de «una semana no laboral». En los meses consiguientes el presidente ruso hizo todo para evitar que el descontento de la población se focalice en el Kremlin. La mayoría de las medidas se quedaban a medio camino, siendo más bien recomendaciones para las autoridades locales, que fueron convertidas en chivos expiatorios.

Así, el plan de introducir un sistema de códigos QR, que restringiría la entrada a restaurantes, museos e incluso transporte público solamente a personas que hubiesen pasado la COVID-19, que estuviesen vacunadas o que hubiesen realizado una prueba PCR, se encontró con una fuerte oposición popular, no tanto por la oposición, sino más bien por parte de la población normalmente pasiva: los empleados de empresas públicas y los jubilados, por ejemplo. Después de varios intentos, el Gobierno abandonó su ambicioso proyecto, encomendándoselo una vez más a los gobernantes regionales.

Ahora mismo, Rusia está siguiendo una táctica similar, prefiriendo una «movilización oculta» a una llamada a las armas convencional. Muchos jóvenes, ante la falta de posibilidades de encontrar trabajo (principalmente en la provincia), prefieren firmar el contrato militar tras acabar el servicio obligatorio. Para muchos esto puede convertirse en una escalera social. Los oficiales lo incentivan, tratando de apelar con un buen sueldo. Así, el Ejército puede rellenar sus filas con las clases más desfavorecidas, evitando además la indignación popular.

Otra forma de atraer potenciales soldados es usar el sector público, que proporciona empleo a más de 17 millones de rusos (casi un cuarto de toda la mano de obra). Hubo casos en los cuales la gente recibía llamadas del comisariado militar (agencias que se ocupan de la administración de los conscriptos) para «firmar algunos documentos», o jefes que intentaban convencer a sus empleados a alistarse.

Es difícil predecir si Rusia se atreverá al final a declarar la movilización. Hay muchos argumentos que lo contradicen. Aun así, el futuro siempre está escondido tras la niebla de la guerra. Ningún argumento racional podría haber predicado la guerra en Ucrania. Putin se encuentra en un «zugzwang», pero eso no quiere decir que no sea peligroso. Sigue siendo el amo del botón rojo, que, como suele decir la propaganda estatal, puede «convertir a los Estados Unidos (y cualquiera de sus aliados) en cenizas radioactivas». Quién sabe a qué se atreverá el presidente ruso si se siente acorralado.

 

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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