Kazajistán: después de un 2022 tumultuoso, Tokáyev consigue asegurarse 7 años en el poder

| Nicolas Raymond, Flickr
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Madrid. Para la nación centroasiática de Kazajistán el 2022 ha sido un año tumultuoso. Comenzó con las mayores protestas de las últimas décadas que amenazaban con acabar con el régimen instaurado por el Elbasy (padre de la nación), el expresidente Nursultán Nazarbáyev. Lo que empezaba como manifestaciones pacíficas contra la subida de los precios de los combustibles, se convirtió en un levantamiento nacional, con 257 muertos y varios miles de heridos.

Después de sofocar el descontento popular con las fuerzas de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (ODKB por sus siglas en ruso), alianza militar liderada por Moscú, Kasim-Yomart Tokáyev, el dirigente kazajo, limpió el espacio público de figuras cercanas a su predecesor para apaciguar a la población, cansada del nepotismo y la corrupción. En los meses venideros, el nuevo jefe de Astaná (la capital, que recuperó su nombre original) anunció un «nuevo Kazajistán», dejando, aun así, a muchos kazajos escépticos de sus verdaderas intenciones.

Los acontecimientos de enero, o el «enero sangriento», como lo llaman los kazajos, sacaron a la luz todos los problemas sociales y económicos que traía el régimen kazajo desde la época de Nazarbáyev. La transición de poder que tuvo lugar en 2019 era considerada ejemplar: el envejecido padre de la nación abandonó la presidencia, cediéndosela a Tokáyev, un personaje gris entonces, manteniendo al mismo tiempo las riendas del poder desde la sombra con funcionarios leales a él en posiciones clave de la administración. Como el cardenal Richelieu, podía influir en las decisiones que se tomaban sin arriesgar su imagen pública. Kazajistán seguía creciendo económicamente, ganándose el título de la locomotora de Asia Central.

A pesar de las protestas contra el amañamiento de las elecciones, el régimen daba la sensación de estar estable como nunca. No obstante, el considerable beneficio del crecimiento económico se lo quedaba la reducida élite política, compuesta en gran parte por la familia del expresidente Nazarbáyev. Sus hijas y sus respectivos maridos, sus primos y amigos controlaban las empresas clave del país, junto con propiedades lujosas por todo el mundo. Mientras tanto, en la población, que veía el éxito de sus vecinos kirguises en derrocar un gobierno corrupto en 2020, crecía el descontento.

Otra sorpresa fue el presidente Tokáyev, que demostró que era mucho más que un simple títere de Nazarbáyev. El descontento popular estaba dirigido principalmente contra el Elbasy, al que consideraban el principal culpable de sus desgracias, por lo que el presidente no dudó en convertir a su antiguo patrón en el chivo expiatorio. Así consiguió distraer la atención popular, creando una imagen de aperturismo y reformas políticas, y al mismo tiempo, consolidar su propio poder, organizando purgas públicas de familiares y amigos de Nazarbáyev.

No obstante, esta victoria le costó caro a Tokáyev. Ante el temor de ser depuesto por la revuelta, se vio obligado a solicitar la ayuda militar de la citada ODKB, que intervino por primera vez en su historia. Este gesto fue interpretado como debilidad del régimen, que parecía no poder sobrevivir sin el fusil ruso, lo que amenazaba con convertir Kazajistán en otro satélite ruso como Bielorrusia, cuyo presidente autoritario, Alexander Lukashenko, consiguió aplacar las protestas de 2020 gracias a la ayuda financiera de Moscú. Astaná tendría que reconsiderar su política multilateral en sus relaciones internacionales, decantándose por una mayor dependencia de Moscú.

Todo cambió el 24 de febrero, cuando Rusia invadió Ucrania con la esperanza de una campaña rápida y eficiente. Para Kazajistán el comienzo de la llamada «operación especial» fue un shock económico considerable. La economía kazaja, muy aferrada a la rusa, sintió de pronto la presión de las sanciones occidentales sin precedentes. El tenge, la moneda local, cayó en picado en marzo al igual que las demás divisas centroasiáticas. Las empresas kazajas estaban ante un dilema: sacrificar el mercado ruso o sufrir las consecuencias de las sanciones segundarias. Además, el hecho de que el Kremlin usase la defensa de la población rusa del Donbás como pretexto para invadir a su vecino no podía no preocupar a Kazajistán, que podía presumir de una considerable minoría rusa que conforma un 15 % de la población.

Aun así, el fallo de cálculo de Vladimir Putin y la élite política del Kremlin, alargó el conflicto, que lleva durando 10 meses y no parece acercarse a su fin. Para Kazajistán esto fue una oportunidad. El balance de poder había cambiado y los países de la antigua Unión Soviética ya no temían tanto la mano de hierro de Moscú, algo que demostró Azerbaiyán desafiando abiertamente a Rusia. Putin no podía permitirse una guerra en varios frentes, especialmente con el armamento occidental que inundaba Ucrania durante el año. Tokáyev aprovechó este momento para distanciarse de Moscú a una distancia prudencial, manteniendo, aun así, unos lazos bastante estrechos, sabiendo que era uno de los pocos aliados que le quedaban al Kremlin.

Tokáyev nunca llegó a reconocer las repúblicas separatistas de Ucrania, ni su anexión definitiva por Rusia en septiembre. Se permitió incluso llamarlas «protoestados» delante de Putin, cuando fue invitado al foro económico de San Petersburgo en junio. Mientras el dirigente ruso quedaba cada vez más aislado de la comunidad internacional, Tokáyev se reunía con dirigentes de la Unión Europea (UE) y recibía representantes occidentales en la capital. Desde septiembre Kazajistán acogió más de 200.000 rusos que huían de la movilización. Aunque esta emigración masiva podría empeorar la estabilidad social del país, también supone considerables ingresos para el sector terciario.

Mientras tanto, el panorama interno tampoco era muy prometedor para Tokáyev en 2022. Pasa distraer a la población de los sangrientos acontecimientos de enero, el presidente anunció grandiosas reformas que buscaban acabar con el modelo presidencialista de Nazarbáyev y darle más influencia al Parlamento (el Mazhilis y el Senado). Además, entre otras reformas, prometió combatir la corrupción, demostrándolo con varias destituciones de altos cargos y restringiendo el acceso a los fondos públicos de los familiares del expresidente. Para dejar estas reformas marcadas en piedra, convocó en verano un plebiscito nacional para introducir enmiendas en la constitución, que fueron aprobadas con un 77,18 % de apoyo popular.

El 1 de septiembre, tan solo varios meses después de modificar la ley, Tokáyev anunció el siguiente paso para construir el «nuevo Kazajistán». Declaró que pensaba restringir la cantidad de mandatos presidenciales a tan solo uno, pero alargándolo a 7 años, una combinación poco corriente tanto en estados democráticos como autoritarios. Asimismo, convocó unas elecciones prematuras que tendrían lugar en noviembre, para asegurar su puesto para los siete años venideros. Según la oposición, al anunciar los comicios tan de repente, Tokáyev no dejó suficiente tiempo a sus rivales para prepararse, lo que llevó a la anticipada victoria indudable del incumbente.

Las elecciones vieron la participación de otros cinco candidatos, ninguno de los cuales era realmente opositor. Cada uno representaba una clase social, una estrata, para crear una sensación de inclusión y participación: un socialdemócrata, un sindicalista, dos nacionalistas y una defensora de los derechos de la mujer. Durante los debates, que eran transmitidos por la televisión nacional, no se oían críticas del presidente, sino opiniones generales sobre tópicos lejanos de las reformas sistemáticas que demandaban los kazajos en enero. Tokáyev, siguiendo la tradición de su predecesor, ni asistió a los debates.

Pero para convertirse en un líder independiente y legitimar su estancia en el poder, Tokáyev necesitaba escapar de la sombra del Elbasy. Al igual que el exsecretario general de la URSS Nikita Jrushchov en 1956, comenzó una campaña para «atacar el culto a la personalidad» de Nazarbáyev. Como los revisionistas soviéticos criticaban a Stalin por sus atrocidades, Tokáyev denuncia el nepotismo y corrupción que reinaban durante el gobierno del expresidente. En septiembre, fue abolido el festivo del 1 de diciembre, cuando se celebraba en Kazajistán «el día del primer presidente». Poco después, la capital Astaná recuperó su nombre original después de 3 años siendo llamada Nursultán en honor al padre de la nación.

A pesar de todo, Tokáyev no purgó a la principal figura de la época pasada, al propio Nazarbáyev. El expresidente, aunque habiendo perdido gran parte de su influencia, sigue en Kazajistán, haciendo declaraciones a la prensa de vez en cuando. Al fin y al cabo, el expresidente es una figura muy valiosa para perderla. Sigue siendo el padre de la independencia kazaja, el autor de su desarrollo económico. Asimismo, como parte del sistema, es bien probable que Tokáyev estuviese entrometido en la cleptocracia de la época de Nazarbáyev, así que enemistarse con el clan del Elbasy podría sacar a la luz evidencia comprometedora contra el presidente.

Tokáyev tiene por delante siete años asegurados en el poder. Esto le da el margen necesario para preparar una transición estable para evitar los errores de su predecesor. El autoimpuesto límite de mandatos no es un impedimento, sino una estrategia: así todo sucesor del actual presidente no tendrá tantos incentivos a deshacerse de Tokáyev, como este hizo con Nazarbáyev. Teniendo un mandato por delante, los candidatos serán más dóciles a su patrón. Tokáyev no está construyendo un nuevo Kazajistán, sino que está remodelando el sistema actual para que sirva a su nuevo dueño.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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