Las venas abiertas de Asia Central (y II): en busca de aliados

Bandera de Rusia.
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Madrid. En el frente global ambos adversarios intentan ganarse el favor de la comunidad internacional. Durante la 77ª Asamblea General de la ONU a mediados de septiembre, Sadyr Japárov viajó a Nueva York para hablarle al mundo desde la tribuna de las Naciones Unidas. La mitad de su discurso la dedicó a su conflicto con Tayikistán, culpándole a este último de agresión y violación del Protocolo de Almaty (1991) que establecía la coexistencia pacífica de las exrepúblicas. Aseguró que Kirguizistán está dispuesto a negociar, pero no cederá ni un centímetro de su tierra a quien sea. La única opción es el diálogo.

A continuación, le respondió el ministro de Asuntos Exteriores tayiko, Sirojiddin Muhriddin. Este le devolvió la acusación al presidente kirguís, afirmando que el país vecino desde los años 50 ocupó ilícitamente más de 2.000 kilómetros cuadrados de territorio históricamente tayiko de forma unilateral. Sin embargo, también dejó la puerta abierta a las negociaciones, además de aceptar la jurisdicción en el asunto de organizaciones internacionales como la ONU o cualquiera de sus órganos.

Pero para ganar la disputa no es suficiente pedirle ayuda al mundo. Uno necesita aliados y tanto Japárov como Rahmon lo entienden. Con la delimitación fronteriza con Uzbekistán, Kirguizistán puede asegurarse su apoyo en la contienda, considerando especialmente la difícil relación entre Tashkent y Dushanbé. Además, Kirguizistán posee el apoyo de la potencia pantúrquica por excelencia en Ankara. En octubre se supo que Bishkek le compró a Turquía varios de los famosos drones Bayraktar, que demostraron su superioridad en Ucrania, Nagorno-Karabaj y Etiopía. Tan solo varios drones turcos pueden tener un valor psicológico para la moral kirguisa debido a su fama en el campo de batalla.

Mientras tanto, Rahmon, aunque reñido con sus vecinos túrquicos, tiene un aliado especial: Teherán. Irán y Tayikistán comparten sangre persa y una lengua similar. Teherán fue el primero en reconocer la independencia de la república centroasiática en 1991. No obstante, la relación entre lejanos hermanos no siempre fue simple: durante la presidencia de Hasán Rohaní en Irán (2013-2021) el vínculo diplomático quedó casi destruido. Todo se debía a la diferencia entre los dos regímenes: Irán, una teocracia fundamentalista, y Tayikistán, un estado radicalmente secular. Aun así, con la llegada de Raisí a Teherán en 2021 devolvió las relaciones a un rumbo amistoso. Durante su visita a Irán en mayo, Rahmon firmó con el presidente iraní 17 acuerdos de cooperación. Además, el mismo mes la nación centroasiática lanzó la producción de drones iraníes Abadil-2 para contrarrestar a los Bayraktar.

China, el gigante asiático, tiene interés en ambos países. Tanto Dushanbé como Bishkek forman parte del ambicioso plan del presidente Xi Jinping «Iniciativa de la Franja y la Ruta», además de la Organización de Cooperación de Shanghái. Pekín ve a los dos como importantes socios para sus ambiciones geopolíticas, por lo que siempre intentó mediar en la disputa tayiko-kirguís.

La última potencia restante es Rusia, que durante años intentó evitar que sus aliados se peleen entre ellos. Así, mantenía a raya a Azerbaiyán para que este no intente recuperar Nagorno-Karabaj. Lo mismo hacía en Asia Central. Aunque los expertos aseguraban que Kirguizistán, un país más inestable y dependiente, siempre fue el claro favorito de los dos, ahora el panorama está cambiando, lo que enfurece a los dirigentes en Bishkek. Debido al enfrentamiento en la frontera, Japárov no fue a la reunión de la Comunidad de Estados Interdependientes en San Petersburgo que coincidía con el 70 aniversario de Putin.

De esta forma, una Asia Central estable y aliada le es vital al Kremlin para defender sus vastas fronteras meridionales de incursiones de islamistas y narcotraficantes. Al fin y al cabo, uno de los argumentos que usaba Putin para aferrarse al poder era la estabilidad que traía su régimen al país. La aniquilación de la yihad chechena fue uno de sus mayores logros y no puede permitirse sacrificarlo. Se ve difícil por ahora que Rusia tome partido por Bishkek o Dushanbé en esta disputa, no obstante, es probable que la creciente violencia fronteriza haga que Moscú se tenga que entrometer más y actuar como mediador.

La caída de la URSS destapó decenas de disputas entre los pueblos que los dirigentes en Moscú intentaban fusionar en un Frankenstein llamado «pueblo soviético». En las décadas venideras, no obstante, la mayoría de los conflictos se congelaron, los países decidieron concentrar su atención en otras cuestiones. Pero cuando vuelve la crisis, vuelve la tentación de usar este momento de debilidad del contrincante para asestarle un golpe de gracia. Así hizo Azerbaiyán en 2020, Rusia en 2022, seguidas por las naciones centroasiáticas de Kirguizistán y Tayikistán hoy en día. Quién sabe, qué más saldrá a la luz, ahora que el olor a sangre se esparce por la región.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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