Las venas abiertas de Asia Central (I): Kirguizistán y Tayikistán se enfrentan de nuevo

Valle de Ferganá. | Daniel Mennerich, Flickr
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Madrid. Mientras los cañonazos siguen resonando en Ucrania, viejas enemistades resurgen por todo el espacio postsoviético. Rusia está ocupada con su «operación especial» y está lanzando todas sus fuerzas para intentar contener los territorios conquistados y evitar una derrota humillante. Los socios regionales de Moscú, que tanto se apoyaban en su ayuda militar y económica, están ahora solos ante antiguos conflictos. En el Cáucaso, Azerbaiyán está determinado a resolver la cuestión karabají de una vez por todas. Mientras tanto, en Asia Central se enfrentan los dos países más pobres de toda la antigua URSS: Kirguizistán y Tayikistán.

En septiembre ocurrieron violentos enfrentamientos en la frontera que destruyeron varios poblados fronterizos y dejaron decenas de muertos. A los pocos días fue firmado el cese de fuego, sin embargo, la situación sigue caliente. Bishkek tuvo que evacuar 137.000 personas de la óblast de Batkén, región limítrofe en el sur del país. A diferencia de las escaramuzas anteriores (las últimas en abril de 2021 y enero, abril y junio de 2022), que se limitaban a un intercambio de disparos, esta vez los beligerantes usaron tanques, aviación y artillería. De allí, la alta cantidad de muertos y heridos: cerca de 100 en total en menos de tres días, según la BBC. A lo largo de las últimas décadas hubo más de 200 casos de enfrentamientos en la frontera.

El conflicto entre Bishkek y Dushanbé se remonta a la época soviética, cuando las regiones periféricas eran divididas arbitrariamente por el gobierno central, ignorando a menudo la composición étnica y religiosa del territorio, como bien remarcó el presidente tayiko, Emomalí Rahmon, en su discurso a los líderes de Asia Central y Vladimir Putin el 14 de octubre. Moscú perseguía mezclar diferentes pueblos entre sí para que el sentimiento nacionalista de unos sirva de contrapeso al irredentismo de otros. Así conseguía controlar la periferia con más eficiencia. Además, el gobierno comunista pretendía maximizar la eficiencia del uso de los recursos naturales, por lo que eran comunes intercambios de territorio entre diferentes repúblicas para facilitar la administración y la asignación de fondos nacionales. Por ese motivo, por ejemplo, en la época de Nikita Jrushchov, Crimea pasó a formar parte de la república ucraniana y no la rusa, ya que era mucho más cómodo dirigir los asuntos de la península desde Kiev que desde Moscú. En los años 60 nadie se podía imaginar que la URSS desaparecería algún día.

El valle de Ferganá, donde se fusionan Tayikistán, Kirguizistán y Uzbekistán, es el mejor ejemplo de la estrategia administrativa soviética. La región fronteriza tiene una variedad étnica incomparable, además de estar llena de pequeños enclaves y, claro, disputas territoriales. Uno de los enclaves más representativos es el distrito de Sokh, territorio uzbeko rodeado por Kirguizistán, cuya población es mayoritariamente tayika.

Desde la desintegración de la URSS en 1991 el valle de Ferganá fue objeto de múltiples disputas entre los tres países. En el caso de Tayikistán y Kirguizistán, la disputa se centra en el sur de este último: la óblast de Batkén y el enclave tayiko de Vorukh. La conexión de los diversos enclaves con el territorio tayiko y el acceso de la población local al agua son también cuestiones importantes. La frontera tayiko-kirguís tiene casi 1.000 kilómetros de longitud y tan solo el 50 % está delimitada apropiadamente, según el presidente kirguís, Sadyr Japárov.

Ante la creciente violencia de las confrontaciones en las zonas limítrofes con Tayikistán, Bishkek decidió asegurar su flanco occidental para poder después presionar a Dushanbé con más fuerza. Para eso, Japárov aceleró las negociaciones con Uzbekistán sobre la demarcación de su frontera. El presidente uzbeko, Shavkat Mirziyóyev, lleva años ofreciéndole este trato a los kirguises, no obstante, hasta el día de hoy la tumultuosa nación túrquica no pudo alcanzar el consenso interno necesario para proceder.

Según lo poco que se sabe del acuerdo, Kirguizistán cederá por completo la presa de Kempir-Abad cerca de la ciudad kirguís de Osh a Uzbekistán. No obstante, Tashkent y Bishkek se comprometieron a establecer una empresa conjunta que regirá el uso del agua del dique. Los escasos recursos hídricos de esta región convierten a Kempir-Abad en un lugar clave para la supervivencia de los campesinos locales. A cambio de la presa y varios otros pequeños territorios (que juntos conforman 4.485 kilómetros cuadrados), Kirguizistán recibirá más de 19.000 kilómetros cuadrados de tierra a lo largo de la frontera.

Sin embargo, hoy en día aceptar el acuerdo con Tashkent sigue siendo arte complicado para Japárov y su principal partidario, Kamchybek Tashíyev, el jefe del Comité de Seguridad Nacional. Kirguizistán es famoso por sus sublevaciones populares que llevaron al cambio gobierno en 2005, 2010 y 2020. El propio Japárov les debe su presidencia a los manifestantes. Ceder ante los uzbekos puede ser interpretado como debilidad o incluso traición. Además, queda abierta la cuestión de la presa de Kempir-Abad, de la que tantos campesinos del valle de Ferganá dependen para subsistir. Para evitar el caos y, como él mismo dijo, “malentendidos y malinterpretaciones”, el presidente kirguís le presentó al comité parlamentario tan solo parte del acuerdo para la ratificación. Los diputados se vieron obligados a votar casi a ciegas. Todo esto no hace más que aumentar las sospechas populares y las especulaciones sobre el pacto con Uzbekistán.

Para evitar seguir la suerte de sus predecesores, el presidente kirguís purgó temporalmente el espacio público de gente que pudiese oponerse al acuerdo. Miembros del parlamento, activistas, políticos opositores e incluso periodistas fueron detenidos en las últimas semanas. Las autoridades bloquearon incluso Radio Liberty, histórico medio liberal estadounidense que cubre toda la región postsoviética. Varios cientos de personas se manifestaron en las calles de la capital contra la detención masiva organizada por Japárov. Sin embargo, el líder kirguís parece implacable y el acuerdo sigue adelante.

Un trato con Uzbekistán no solo prevendrá un posible conflicto, sino que le ganará a Kirguizistán un nuevo aliado en su disputa con Tayikistán. Tashkent ya habría solucionado sus cuestiones fronterizas con todos sus vecinos, menos Dushanbé. Japárov podrá reforzar así su presión a Rahmon para que éste acepte las negociaciones con condiciones favorables para Bishkek. Asimismo, reforzando el frente común con Uzbekistán, el presidente kirguís conseguirá aislar aún más a los tayikos.

Mientras tanto, Emomalí Rahmon podría usar el conflicto para solidificar su poder en el país. El dirigente tayiko lleva casi tres décadas en el poder, lo que le convierte en el líder más longevo de la región. Por eso está considerando pasarle el trono a su hijo, Rustam Emomalí, actualmente alcalde de la capital. La situación económica en la nación centroasiática sigue siendo bastante precaria, especialmente después del COVID y la invasión de Ucrania. La mejor forma de organizar una transición pacífica sin desestabilizar demasiado el régimen sería distrayendo a la población en otra dirección. Una decisiva victoria en el conflicto con Kirguizistán podría ser un modo de hacerlo. Aún falta mucho para las siguientes elecciones (serán en 2027), pero nunca es temprano para preparar una sucesión en un estado autoritario.

El panorama se presenta difícil para Tayikistán, pero Rahmon tiene un as en la manga. Rusia, aunque debilitada por la guerra, sigue siendo el árbitro regional. Tanto Dushanbé, como Bishkek forman parte de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (ODKB por sus siglas en ruso), alianza militar liderada por el Kremlin. Rahmon piensa usar esta debilidad para ganarse un mejor trato en la disputa con su vecino. Al fin y al cabo, Tayikistán es el escudo contra el yihadismo y la droga proveniente de Afganistán. Con ese fin tiene Moscú una importante base militar en territorio tayiko. Aunque Putin está intentando ganarse a los talibanes, estos siguen siendo impredecibles. Su capacidad de mantener a raya al Estado Islámico y otros fundamentalistas radicales es cuestionable.

Desde que los talibanes llegaron al poder en agosto de 2021, Rahmon se convirtió en el mayor crítico de los nuevos amos de Kabul. En la causa afgana comparte bando con Washington, algo que le da a Tayikistán más margen de movimiento. En su discurso a Putin frente a otros líderes centroasiáticos, el presidente tayiko remarcó la cantidad de aliados que tiene la región, lanzándole indirectas al dirigente del Kremlin de que Rusia no es el único socio de Dushanbé (no mencionó a EEUU, pero sí a Japón y Corea del Sur). Chantaje o no las palabras del 14 de octubre, es evidente que no fueron dichas por genuino enojo o ira. Rahmon está preparando sus cartas.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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