GUERRA EN UCRANIA | El eco de los cañonazos llega hasta Asia Central

Turkmenistán en una visita del expresidente ucraniano Petro Poroshenko. | President.gov.ua, Wikimedia
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Madrid. El 12 de marzo de 2022 Turkmenistán, uno de los países más aislados del mundo, celebrará elecciones presidenciales extraordinarias. El actual líder, Gurbangulí Berdimujamédov, que gobernó esta nación centroasiática desde 2007, declaró hace varias semanas que dejará las riendas del poder para abrir paso a «una nueva generación», presentando a su hijo Serdar como candidato al puesto. Además, se presentaron a los comicios presidenciales otros ocho candidatos, todos leales al régimen.

Los rumores surgieron el año pasado, cuando poco después de haber cumplido los 40 (la edad mínima para presentarse como candidato), Serdar fue nominado al puesto de viceprimer ministro, convirtiéndose en el segundo hombre más poderoso del país. A continuación, desde el amanecer de 2022, la televisión oficial comenzó una campaña de halagos hacia el hijo del presidente, describiéndolo como un líder que «se preocupa por la población», un verdadero «genio».

Turkmenistán, uno de los países más pobres del mundo, nunca había celebrado elecciones democráticas en sus tres décadas de historia independiente. La nación centroasiática se encuentra en medio de una severa crisis económica. Un galopante desempleo, colas en las tiendas y una pobreza abismal: así es el paisaje turkmeno. La imagen era tan mala, que el Gobierno prohibió a la gente ponerse en colas, para que no haya sensación de escasez.

Turkmenistán es el país de las oportunidades perdidas. Sus yacimientos de gas son los cuartos más grandes del mundo. Aun así, esas inmensas riquezas no acaban en manos de la población, sino que son usadas para erigir monumentos dorados a los líderes del país. Saparmurat Niyázov, primer presidente de la exrepública soviética, instauró una dictadura personalista al estilo de Corea del Norte. Se declaró «Turkmenbashí», padre de todos los turkmenos, rebautizó los meses del año con los nombres de sus familiares y pensaba construir una pista de patinaje sobre hielo en medio del desierto de Karakum y muchos otros planes napoleónicos. Después de su repentina muerte en 2006, Gurbangulí Berdimujamédov siguió su ejemplo. Sus imágenes son omnipresentes en todas las grandes ciudades. Una de las mayores extravagancias del nuevo líder fue la estatua dorada de 15 metros de altura dedicada a su raza de perro favorita, el Alabay turkmeno.

La corrupción es obvia. Mientras la mayoría de la población está en el borde de la pobreza, los Berdimujamédov siguen desperdiciando el dinero del país en palacios y costosos monumentos. El desarrollo de las infraestructuras sigue estancado. Los planes se limitan al papel y las mentes de los hombres fuertes de Asjabad, la capital.

Kazajistán, una alarma para los autócratas postsoviéticos

El statu quo seguiría en pie de no haberse levantado el pueblo kazajo contra su gobierno a comienzos de enero. Miles de personas inundaron las calles de Kazajistán demandando la destitución del expresidente Nursultán Nazarbáyev de todos los puestos. Las protestas rápidamente tomaron un rumbo violento. Los manifestantes tomaron edificios administrativos de varias ciudades. Ante tal amenaza, el presidente Tokáyev pidió ayuda a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (organización militar liderada por Rusia), que lidió con la revuelta.

Todos los líderes centroasiáticos quedaron desasosegados. Kazajistán, que parecía el régimen más estable de la región, estuvo al borde de colapsar. Asjabad está inquieto. Por la televisión no hablaron nada sobre las manifestaciones en el país vecino. Berdimujamédov entiende que mantener las cosas como son es una acción suicida. El país necesita cambios. Una nueva cara podría refrescar las polvorientas articulaciones del régimen turkmeno y darle el empujón que necesita para desarrollarse. Aun así, simplemente cambiar la fachada no es suficiente, son imprescindibles profundos cambios económicos. Aquí, sorprendentemente a primera vista, la crisis de Ucrania le presenta a Turkmenistán una oportunidad gloriosa.

Una oportunidad para Asjabad

Rusia es el principal proveedor de gas natural a Europa. Países como Alemania, Polonia o Chequia dependen de los suministros rusos. Moscú usaba esta dependencia durante los últimos años para chantajear a Occidente y sembrar discordia en sus filas. Y funcionaba. Vladimir Putin, el presidente ruso, siempre se salía con la suya: en 2014, cuando fue anexionada Crimea, y posteriormente cuando las milicias prorrusas desafiaban el poder de Kiev en el este de Ucrania. Los gobiernos europeos, descontentos con esta subordinación, desviaron su vista a nuevos horizontes en busca de una alternativa.

Azerbaiyán, otra república exsoviética bañada por el mar Caspio, vino a su socorro. En 2020 fue por fin acabado el Corredor Sur, que unió los vastos yacimientos azeríes del mar Caspio con el puerto italiano de Brindisi. Este nuevo gasoducto, que atraviesa el Cáucaso, Turquía, Grecia y Albania, es capaz de transportar 20.000 millones de metros cúbicos de gas al año. Bakú prometió expandir el suministro hasta 16 mil millones. Aun así, esto sigue siendo menos del 10 % del gas que importa Rusia a Europa. Azerbaiyán no podrá sustituirlo.

Aquí entra Turkmenistán en el escenario energético. Después de pasar las últimas décadas detrás del telón político, por fin le toca actuar. Como ya fue mencionado, la nación centroasiática presume de las cuartas reservas de gas natural más grandes del mundo. Su principal problema es la falta de infraestructura. Asjabad no puede físicamente transportar su gas a Europa.

China, el gran importador

Su principal comprador ahora es China, que importó el año pasado más de 30.000 millones de metros cúbicos de gas por el gasoducto Turkmenistán-China. Durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín, el líder turkmeno se reunió con el presidente chino, Xi Jinping, para negociar la construcción de uno nuevo llamado «Línea D». Según los analistas, la demanda china va a aumentar. Si Turkmenistán podrá o no satisfacer ese crecimiento depende del desarrollo de la infraestructura relacionada con el gas. Tendrá que hacer todo lo posible para mantener la competitividad con sus vecinos Kazajistán y Uzbekistán.

Sin embargo, Asjabad empieza a notar la creciente influencia china. Le vendría muy bien tanto económica como políticamente diversificar su exportación. Europa es la opción más lógica.

La idea de poder exportar el gas turkmeno a Europa surgió ya a mediados de los 90. El proyecto llamado «Gasoducto Trans-Caspio» consistía en colocar tuberías por el fondo del mar Caspio, uniendo el puerto de Turkmenbashi y la capital azerbaiyana, Bakú. El conflicto entre las naciones bañadas por el Caspio en cuanto al estatus de este como mar o como lago no permitió que el proyecto se hiciera realidad. Sin embargo, Asjabad siempre albergó la esperanza de realizarlo un día.

En 2018 fue firmado el acuerdo de Aktau (Kazajistán) entre los países caspios. Este permitía la construcción de gasoductos por el fondo del mar sin que tengan que autorizarlo todos los cinco países. Quedó por fin abierta la puerta para el Gasoducto Trans-Caspio. Solo faltaba una chispa.

La guerra en Ucrania, un factor de cambio

El conflicto en Ucrania no es una chispa, es un incendio forestal. Las severas sanciones europeas contra Rusia amenazan con una rotunda respuesta de Moscú: cortar el gas. No hay tiempo para vacilar. Según las predicciones, si Turkmenistán se adhiere al suministro de gas azerbaiyano por el Corredor del Sur, podrían como mínimo duplicar la cantidad que hoy en día exporta Bakú. Además, si expande las tuberías que pasan por Turquía y Europa Meridional, la producción incrementará más aún.

Antes el proyecto Trans-Caspio parecía fruto de pura imaginación. El gas turkmeno no podría competir con el azerbaiyano, ni mucho menos con el ruso, siguiendo la suerte del famoso TAPI (Turkmenistán – Afganistán – Pakistán – India), que pretendía llevar el gas caspio a la India. Pero la situación ahora es diferente. Europa no tiene elección.

Este es el momento clave que Asjabad lleva esperando. El desarrollo de la infraestructura extractora y transportadora de Turkmenistán puede convertirse en cuestión vital para los europeos. Un gasoducto por el fondo del mar Caspio será muy beneficioso para ambos lados.

Sin embargo, el proyecto Trans-Caspio sigue siendo solamente un proyecto. No podemos saber cómo reaccionará Moscú a las sanciones occidentales. Serdar Berdimujamédov, que con gran probabilidad se convertirá en breve en el tercer presidente de Turkmenistán, deberá tener mucho cuidado para garantizar su posición en el poder. El descontento con la dictadura crece. El joven líder tendrá que actuar ya.

 

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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