Kirguistán y Uzbekistán firman un acuerdo fronterizo que acaba con tres décadas de disputas

Estatua del líder soviético Lenin en Bishkek, capital de Kirguistán. | Ninara, Flickr
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Madrid. Después de más de tres décadas de disputas, las naciones centroasiáticas de Uzbekistán y Kirguistán finalizaron definitivamente el proceso de demarcación fronteriza a finales de enero de este año. Para anunciar el acuerdo, el presidente uzbeko, Shavkat Mirziyóyev, viajó a Bishkek, la capital kirguís, donde se reunió con su homólogo, Sadyr Japárov. Gracias a este «histórico acontecimiento», como lo llamaron los propios dirigentes, la región da un paso más hacia la estabilidad y cooperación interestatal. Esto deja el conflicto fronterizo entre Kirguistán y Tayikistán en el foco de las cámaras como la última disputa territorial entre dos naciones centroasiáticas.

El pacto, que ambos presidentes calificaron como «histórico», consiste en un intercambio de territorios a lo largo de la prolongada frontera de más de 1.300 kilómetros. Kirguistán recibirá alrededor de 19.000 hectáreas de tierra a cambio de ceder a Tashkent la presa de Kempir-Abad (cerca de la ciudad kirguís de Osh), además de otros 4.485 hectáreas de tierras en la zona limítrofe. La presa fue el principal punto de oposición al acuerdo en Kirguistán, ya que es esencial para la supervivencia de los campesinos en las montañas al oeste del país. No obstante, Japárov afirma que tuvo en cuenta esta cuestión, acordando con Mirziyóyev que ambos países estableciesen una empresa común para explotar los recursos acuíferos de Kempir-Abad.

«Seré sincero: nunca tuvimos unas relaciones tan buenas», dijo Mirziyóyev durante la rueda de prensa con Japárov tras haber intercambiado copias del tratado. «Es un acontecimiento histórico, que nuestros pueblos hermanos llevaban esperando durante largos años», puntualizó. A continuación, comenzó a enumerar una larga lista de datos sobre el comercio bilateral y la cooperación regional para respaldar sus declaraciones.

Las zonas limítrofes en el valle del río Ferganá, donde se fusionan Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, fueron una cuestión pendiente a solucionar desde la independencia de las naciones centroasiáticas en 1991. La región, habitada hoy en día por más de 16 millones de personas, fue un foco poblacional desde épocas inmemoriales debido a la fertilidad del suelo en medio de un terreno por lo demás montañoso (o desértico) e inhóspito. En la época soviética, las fronteras fueron demarcadas sin tener en cuenta la composición étnica de los países, basándose más bien en la eficiencia administrativa. Así, la región llegó a nuestros días: llena de enclaves y zonas disputadas. El caso más paradigmático es el distrito de Sokh, territorio uzbeko rodeado por Kirguistán, cuya población es mayoritariamente tayika.

El acuerdo fronterizo significa que dos de los tres países del valle de Ferganá ya solucionaron sus disputas. Esto deja a Tayikistán solo en cierto sentido: Dushanbé sigue sin tener una frontera completamente definida ni con Tashkent ni con Bishkek. Ahora los intereses de Uzbekistán y Kirguistán por fin se alinean: forzar a su común vecino a negociar la frontera. No obstante, el presidente tayiko, Emomalí Rahmon, no parece estar dispuesto a ceder, ya que, según algunos analistas, el conflicto con Kirguistán le permite distraer a la población de los problemas económicos que desgarran al país, además de preparar el escenario para que su hijo de 35 años, Rustam Emomalí, le sustituya en el trono.

«Debo decir que fue complicado, pero resulta que es posible solucionar estas difíciles cuestiones con la resolución política de ambos presidentes», prosiguió el líder uzbeko. No le falta verdad: la oposición al compromiso era fuerte, especialmente del lado kirguís de la frontera. Japárov, que llegó al poder con una ola revolucionaria en 2020 después de haber pasado los últimos tres años en la cárcel, tomó una deriva represiva este año, reprimiendo a los principales oponentes y atribuyendo las protestas a incursiones extranjeras y deseos de derribar el gobierno. Apoyado por su fiel aliado Kamchybek Tashíyev, jefe del Comité Estatal de Seguridad Nacional, consiguió ratificar el documento del tratado en el parlamento kirguís a puerta cerrada. Los parlamentarios no pudieron ver el documento entero, algo que el presidente defendió, diciendo que lo hizo para «evitar malentendidos y malinterpretaciones», y se vieron obligados a votar casi a ciegas. Esto no hizo más que aumentar las sospechas populares de que el Gobierno de Japárov no estaba compartiendo toda la verdad sobre el pacto con Tashkent.

Además, Bishkek prosiguió con su reciente estrategia de tratar de silenciar los medios independientes en el país, muchos de los cuales cubrían las protestas en la capital y cuestionaban la lógica del líder kirguís. Medios como la anglosajona ‘Radio Liberty’ (RFERL) o ‘ResPublica’, un histórico medio kirguís, fueron bloqueados en el país usando la controvertida ley de «Protección contra la Información Falsa», aprobada en agosto de 2021.

Aunque Japárov consiguió su objetivo y pudo evitar que el descontento popular se desbordase en una revuelta, sus métodos radicales y a menudo brutos de lidiar con la oposición no pueden no traer reminiscencias de los antiguos dirigentes del país, que encarcelaban a los principales líderes del bando contrario. La represión excesiva implementada por Japárov, considerando que la nación centroasiática es famosa por sus ánimos revolucionarios, podría poner en peligro el acuerdo y las recién mejoradas relaciones con Uzbekistán. Un nuevo líder podría intentar diferenciarse de su predecesor con una retórica nacionalista y reivindicar la cesión de Kempir-Abad en el futuro.

En Uzbekistán, mientras tanto, un país considerablemente más autoritario, el acuerdo no parece ser la fuente de inestabilidad, a diferencia de los precios de la electricidad y los periódicos apagones en las ciudades. Mirziyóyev, que aseguró la presidencia para otro lustro en 2021, siempre tuvo un ánimo más negociador que su predecesor Islam Karímov, prefiriendo el compromiso en las relaciones exteriores a la confrontación abierta.

La delimitación de la frontera entre Uzbekistán y Kirguistán es una buena noticia en tiempos difíciles. A pesar de esto, el valle de Ferganá seguirá siendo la principal fuente de caos en años venideros. Asia Central está sintiendo como nadie las consecuencias de la guerra en Ucrania y las sanciones occidentales, que empujan los precios hacia arriba, desestabilizando el frágil equilibrio étnico que reina en la región.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Economía y Estudios Internacionales de la Universidad Carlos III de Madrid

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