Golpe de Estado en Birmania (I): más de un año de incertidumbre

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Madrid. Desde hace 14 meses para ser exactos, la nación asiática de Myanmar (o Birmania) se encuentra bajo control de una junta militar. El 1 de febrero de 2021, cuando tenía que haberse celebrado la investidura del nuevo presidente Win Myint, el ejército (aquí llamado Tatmadaw) dio un golpe de estado, devolviendo al país a la dictadura después de un respingo de libertad.

Los golpistas venían acusando al presidente y a su compañera electoral, la premio Nobel Aung San Suu Kyi, de manipular las elecciones para intentar reducir la influencia de las Fuerzas Armadas. Los militares apresaron a los líderes del país y declararon estado de emergencia, prometiendo que organizarían nuevos comicios cuando la situación se estabilice. Justo después del golpe, las calles de las ciudades más grandes del país –Yangón y Mandalay– se llenaron de manifestantes que denunciaban las acciones del Tatmadaw.

En las primeras semanas, la represalia fue severa: el ejército empleó armas de fuego para dispersar a la multitud. Soldados irrumpían en pisos privados y se llevaban a los sospechosos de haber apoyado al movimiento democrático. Aún hoy en día se desconoce el paradero de muchos de ellos. Organizaciones de derechos humanos birmanas reportaron alrededor de 1.500 muertos en las protestas desde que la junta mantiene las riendas del poder.

Muchos manifestantes, asustados por la brutalidad estatal, pasaron a organizar «huelgas de silencio». Ciudades como Yangón, la antigua capital, estaban totalmente desiertas. Las tiendas cerraban, la gente no iba a trabajar. La última manifestación orquestada por la oposición fue el boicot de las festividades tradicionales del Nuevo Año birmano (el Thingyan) organizadas por el gobierno golpista. Las calles, que solían estar llenas de muchedumbre, ambiente de fiesta y festivales de agua, este año estaban vacías. Después de un año de dictadura, los partidarios del gobierno legítimo no parecen desistir.

Otros, desilusionados por la vía pacífica, optaron por la rebelión armada. Muchos jóvenes se fueron a las selvas remotas del país, donde eran entrenados por guerrillas antigubernamentales. Así surgió la Fuerza de Defensa del Pueblo (PDF), que se alió con otros militantes separatistas (como el Ejército Nacional de Liberación de Karen o el Ejército para la Independencia de Kachin) para combatir el régimen de Naipyidó. El Tatmadaw, liderado por Min Aung Hlaing, no pretendía dejarse derrotar tan fácilmente, por lo que comenzó una operación de gran escala para decimar la oposición armada, que muchos llaman incluso guerra civil.

Según diversas fuentes, las Fuerzas Armadas bombardearon y saquearon aldeas selváticas, donde supuestamente se escondían los opositores armados. Mientras tanto, el PDF y sus aliados asaltan convoyes de armamento, necesario para futuras operaciones. Lo que comenzaron siendo manifestaciones urbanas puede convertirse en un conflicto guerrillero. Según la agencia de análisis de conflictos ACLED, desde febrero de 2021 a enero de 2022, más de 12.000 personas perecieron en el conflicto armado y las protestas, brutalmente sofocadas por la junta.

El golpe cogió a todo el mundo desprevenido. Después de casi medio siglo de dictadura, en 2011 parecía que la nación bañada por el golfo de Bengala por fin volvía a la democracia. La líder de la oposición, Aung San Suu Kyi, arrasó en las elecciones de 2015 y 2020. Aun así, el ejército no renunció a todos sus privilegios al transferir el poder en 2011: el brazo político del Tatmadaw, el Partido de la Unión, la Solidaridad y el Desarrollo (PUSD), tenía reservado el 25 % de escaños en la cámara baja del parlamento, permitiéndoles seguir influyendo en la política.

Según analistas, las fuerzas armadas de Myanmar eran casi como una casta aparte, un Estado dentro de otro Estado. Poseían acciones en todas las áreas lucrativas del país: de la minería al turismo, de la extracción de rubíes al sistema bancario. El Tatmadaw controlaba el sistema de pensiones militar, los soldados solían casarse con familiares de sus compañeros, etc.

La cuestión es: ¿por qué renunciaron a ese statu quo, donde podían seguir participando en la política del país? ¿Temían acaso por sus intereses económicos? ¿O se sentían humillados por la popularidad del movimiento democrático? Todas estas preguntas siguen sin respuesta.

Aunque parecía que el gobierno de Min Aung Hlaing estaba rodeado tanto dentro de su país como fuera, el ejército parece haberse establecido firmemente en el palacio presidencial de Naipyidó. Uno de los motivos fue la importante cooperación militar entre el Tatmadaw y sus aliados en Moscú y Pekín. El armamento ruso y chino le permitieron establecer su poder en el país.

Sin embargo, Rusia se encuentra ahora mismo en plena guerra con Ucrania, por lo que el apoyo a Birmania no está entre sus prioridades. Este es el momento de China para entrar en el escenario y aprovechar el vacío reinante.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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