Golpe de Estado en Birmania (y II): China y la India juegan sus cartas

Narendra Modi y Xi Jinping, en 2018. | MEAphotogallery, Flickr
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Madrid. A comienzos de abril, el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, manifestó que China apoyará a Myanmar (o Birmania) «independientemente de cómo evolucione la situación». Como el mundo está concentrado en la guerra en Ucrania, poca atención le dieron a esta valiente declaración, que se sale de la conservadora política de Pekín. El gobierno chino se autoimpuso una restricción de no entrometerse en países en conflicto, prefiriendo esperar a que la situación se estabilice para dialogar con el bando ganador. Y ha seguido esta política en Afganistán, Siria e incluso ahora con Ucrania.

Pekín pudo inclinarse hacia un bando, pero en sus declaraciones oficiales se limitaba a llamar a la solución pacífica de las disputas. No podía permitirse apoyar al bando perdedor y dejar su reputación manchada. Myanmar es un cambio radical. Desde que la junta militar le arrebató el poder a Aung San Suu Kyi en febrero de 2021, China, junto con su aliado septentrional Rusia, enviaron armamento a la administración militar para ayudarle en su conflicto con la oposición.

Es este un paso muy arriesgado. Los países del Sudeste asiático, miembros de la ASEAN, todos al unísono condenaron el golpe de Estado y se negaron a reconocer al nuevo gobierno. De hecho, los golpistas fueron excluidos de la reunión anual de la organización en 2022. El diálogo está progresando, pero los vecinos de Myanmar siguen urgiéndole a respetar los derechos humanos y acabar con las hostilidades. Si Pekín se compromete a apoyar a Min Aung Hlaing abiertamente, corre el riesgo de estropear sus relaciones con los países del sudeste asiático que tantos años estuvo cultivando. Además, las brutalidades orquestadas por el Tatmadaw llenan los noticiarios. La imagen de China puede quedar muy dañada si es percibida como apologeta de un régimen sanguinario.

Aun así, China tiene sus motivos. Primero, Pekín no ve a la ASEAN como un actor lo fuerte suficiente para actuar de forma radical. Todos los países de la región, especialmente Tailandia, preferirán una dictadura pacífica a un Estado fallido en plena guerra civil. Miles de birmanos huyen de la guerra a los países vecinos, causando problemas para los que los reciben.

Segundo, para Xi Jinping, líder chino, Myanmar es un importante socio. El Corredor de Cooperación Myanmar-China, que corre desde la provincia de Yunnan hacia la costa del golfo de Bengala, forma parte de la Nueva Ruta de la Seda, plan maestro del gobierno comunista. Pero el golpe de Estado estuvo a punto de echar todos estos ambiciosos planes por la borda.

Convoyes e infraestructura china empezaron a ser atacados por guerrilleros separatistas en el norte de país. Ante la amenaza de perder todas sus inversiones en el país, Pekín optó por mantener el silencio, para no provocar a la oposición sin necesidad. Una táctica clásica. Sin embargo, los meses pasaban y cada vez la junta de Naipyidó se sentía más segura. Usando la guerra en Ucrania para distraer el ojo del público, China decidió asegurar sus inversiones y sus intereses políticos dándole legitimidad al régimen. Los resultados de esta jugada están aún por ser vistos, pero es grande el riesgo que asumen los líderes chinos.

Pero China no es el único gigante asiático que está interesado en Myanmar. La India no pretende quedarse atrás.

La India: ¿ideales o pragmatismo?

El acercamiento de Naipyidó y Pekín preocupó seriamente a Nueva Delhi. La perspectiva de quedarse rodeada por aliados de China es un constante temor para los líderes indios. Por eso, Narendra Modi, primer ministro indio, promueve la política «Vecinos primero» para mantener relaciones cordiales con los países del subcontinente, contrarrestando así el avance chino. Pero dialogar con la junta de Myanmar es un nivel superior.

Durante décadas, en el siglo XX, el gobierno de Nueva Delhi condenó el gobierno militar de Birmania por su brutalidad en las represiones del movimiento democrático. Las fuerzas opositoras en el país recibían ayuda tanto económica como política de la nación hindú. Sin embargo, en los años 90 el panorama empezó a cambiar. El conflicto entre China y la India empezó a intensificarse y los indios sintieron la creciente presión de su vecino septentrional. Para frenar los humos a Pekín, Nueva Delhi dio un giro copernicano en su relación con Myanmar. Desde ese momento, el gobierno indio hizo la vista gorda cuando Myanmar era culpado una vez más de quebrantar, sin vergüenza alguna, los derechos humanos. La India promovía la democracia en todo el mundo, defendía los ideales de libertad y autodeterminación, pero no en Myanmar.

Además, las buenas relaciones con Myanmar son vitales para mantener la integridad de la India. El este de esta gigante nación (los estados de Assam, Arunachal Pradesh, Manipur, Meghalaya, Mizoram y Tripura) está conectado a los demás estados por un estrecho corredor, el de Silguri, que en su tramo más estrecho llega a tan solo 21 kilómetros. La lejanía de estas provincias de la capital llevó a un fuerte sentimiento separatista. Minorías étnicas se organizaron en guerrillas y combatieron al ejército gubernamental desde los años 70 y 80. Cuando fueron aplastadas, se vieron obligadas a retirarse a territorio birmano para reponer fuerzas. Desde que Myanmar se encuentra en medio de constantes conflictos guerrilleros, la actividad de los militantes indios ha aumentado considerablemente.

El control de Nueva Delhi en esta región depende en su totalidad de la seguridad del corredor. La India estableció buenas relaciones con Bangladesh y Nepal, que se encuentran a ambos lados de Silguri, para reforzar sus posiciones. Pekín sabe de esta debilidad y está haciendo todo para usarla a su provecho. La India culpó a las autoridades chinas de apoyar a insurgentes en Myanmar que organizaban ataques a territorio indio. Entre ellos mencionaban, por ejemplo, al Consejo Nacional Socialista de Nagaland (CNSN) o al Frente Unido de Liberación de Assam (FULA). Para limitar su actividad en la ruta era necesario pactar con la Tatmadaw. Nueva Delhi debía elegir entre la moral que pretendía defender y su seguridad. Como vimos, la realpolitik salió victoriosa.

Sin embargo, el apoyo incondicional a la junta de Naipyidó, al igual que en el caso de China, no viene sin riesgos. Una de las mayores controversias del gobierno democrático de Aung San Suu Kyi fue el genocidio de los rohinyá, minoría étnica musulmana que vivía en el sudoeste del país. Decenas de miles de personas fueron asesinadas por el Tatmadaw y milicias budistas radicales. Cientos de miles huyeron a los países vecinos, especialmente a Bangladesh. Dhaka se solidarizó desde el principio con la causa de los rohinyá e instó a Myanmar a solucionar el conflicto cuánto antes. El hecho de que Nueva Delhi respaldase a los responsables de un genocidio podría empeorar severamente sus relaciones con Bangladesh, un fiel aliado. La India sabe mucho de equilibrios complicados, pero ¿podrá sostener este?

El panorama de Myanmar se presenta sombrío. La guerra en Ucrania distrae al público internacional de las atrocidades que están ocurriendo en esta nación del sudeste asiático. La junta de Min Aung Hlaing consiguió reforzar su posición, gracias al armamento ruso y chino y el diálogo con la India. Aun así, las sanciones occidentales amenazan con devolver el país al aislamiento total y a la crisis económica. ¿Podrán los políticos asiáticos alcanzar el consenso, o caerá Birmania en la larga lista de estados fallidos?

 

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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