Filipinas elige en las urnas a Ferdinand Marcos: «No me juzguéis por las acciones de mi padre»

El dirigente filipino Ferdinand Marcos. | Bongbong Marcos, Flickr
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Madrid. Ferdinand Marcos (también conocido como «Bongbong») se convertirá en el decimoséptimo presidente de las Filipinas tras arrasar este mes en los comicios presidenciales. Hijo del dictador Ferdinand Marcos, que gobernó el país entre 1965 y 1986, tomará las riendas del poder a finales de junio, sustituyendo a Rodrigo Duterte. Además, fue también sorteado el puesto de vicepresidente, que por mayoría absoluta entrará en posesión de Sara Duterte, compañera electoral de Marcos e hija del actual líder del país. Así, después de más de 30 años de exilio, los Marcos vuelven a Manila.

Una difícil contienda

El principal contrincante de Bongbong era Leni Robredo, vicepresidenta con Duterte y activista social, seguida por el alcalde de Manila, Isko Moreno, y el exboxeador Manny Pacquiao. No hubo indicios de fraude, según afirmaron observadores independientes, aunque varias máquinas de recuento de votos se hubiesen estropeado en algunas regiones. Las encuestas coincidían en la victoria de Marcos, pero aun así el resultado no deja de ser sorprendente.

¿Cómo puede ganar las elecciones el hijo de un dictador, cuya familia es acusada de crímenes contra la humanidad y corrupción? El nuevo inquilino del palacio de Malacañán pidió a la población que no lo juzgue por las acciones de su padre, sino por sus propios éxitos y errores. Durante la campaña electoral evitó hacer ruedas de prensa y hablar con periodistas, prefiriendo dirigir su campaña en las redes sociales. Como suele ocurrir en casos similares, Marcos apeló a la población joven y pobre, cansada del ‘statu quo’ y la inseguridad, prometiendo estabilidad y unidad nacional.

La gente que nació después de la revolución de 1986 que derrocó al padre del futuro presidente no recuerda las brutalidades de la ley marcial, aplicada desde 1972. Nunca hubo comisiones que investigasen los crímenes del régimen para reconciliar a la población. La nueva generación vivió sin saber lo que realmente ocurrió en los años 70 y 80. Bongbong usó el argumento de que «por lo menos había seguridad», creando la imagen de una época de desarrollo y estabilidad. Esta realidad, comparada con la miseria y el peligro de la actualidad, parecía idílica y consiguió conquistar los corazones de los filipinos. Mientras el voto a Robredo estaba concentrado en los centros urbanos que abundan de clase media, Marcos obtuvo el apoyo de las clases más desfavorecidas en las zonas rurales, ansiosas por cambio.

Ferdinand Marcos Jr. es comparado con otros líderes mundiales que apelaban a las emociones de la población con un discurso antisistema, siendo Donald Trump el ejemplo por excelencia. Pero hay una importante diferencia: Bongbong no piensa desviarse de la política de su predecesor, el presidente Duterte. Parece seguro va a seguir la controvertida «guerra contra las drogas» en la política interior y el acercamiento hacia China en la exterior. El hecho de que la hija de Duterte participase como candidata para el puesto de vicepresidente bajo el liderazgo de Marcos demuestra esta tendencia.

Rodrigo Duterte, presidente desde 2016, gobernó la nación insular con mano de hierro. Poco después de ser elegido como líder del país, comenzó la llamada «guerra contra las drogas», que consistía en diezmar el narcotráfico filipino con una cruenta represalia. La policía recibió de facto la carta blanca para ejecutar a cualquier sospechado de estar involucrado en tráfico de sustancias ilícitas. Llamó al pueblo a delatar tanto a consumidores como a vendedores de drogas, catalizando el descontento popular contra un enemigo común. Diversas bandas recibieron el tácito visto bueno de Manila para aniquilar a cualquiera implicado en el tráfico.

Era peligroso salir a la calle por la noche debido a la actividad de estas milicias autoproclamadas. Según estima Human Rights Watch, la guerra de Dutertes se llevó alrededor de 12.000 vidas, entre las cuales 2.500 a manos de la policía nacional. El mundo reaccionó de forma muy diferente. Mientras Japón, China y la India mostraron su apoyo a esta radical política (sin mencionar las víctimas en sus declaraciones), Nueva Zelanda, EEUU y muchos países europeos mostraron su preocupación por los acontecimientos. En 2018, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas emitió un comunicado demandando el cese de esta política. Duterte se negó a ceder y acusó a Occidente de interferir en los asuntos internos de Filipinas. La guerra contra las drogas sigue hoy en día y otro Marcos en la Presidencia parece alejar aún más su fin.

Consecuencias

¿Qué presagios trae para los filipinos la vuelta de los Marcos al poder? Bongbong centró su discurso en la importancia de la unidad nacional, prometiendo ser un presidente «para todos los filipinos». Aun así, no se sabe casi nada concreto de las medidas concretas que pretende tomar el nuevo presidente durante su estancia en el palacio de Malacañán. Como ya fue mencionado, pretende seguir con la guerra contra las drogas, aunque prometió que su política estaría enfocada más bien en prevención y rehabilitación que en métodos punitivos.

En cuanto a la política exterior, el acercamiento con China parece inminente. Washington siempre fue el mayor aliado del archipiélago filipino, ayudándole tanto económica como armamentísticamente. De hecho, Ferdinand Marcos, cuando fue derrocado en 1986, huyó a las islas Hawái, donde pasó el resto de sus días.

Consecutivos gobiernos reforzaban sus lazos con EEUU ante la amenaza del creciente poderío militar de China. Uno de los principales motivos para la enemistad entre los dos países asiáticos fue la disputa por el archipiélago Spratly en medio del Mar del Sur de China.

Manila, respaldada por la Casa Blanca, logró llevar el caso a la Corte Permanente de Arbitraje (CPA), del Tribunal internacional de La Haya, que determinó en julio de 2016, a favor de Filipinas, que la reclamación histórica de China sobre las islas Spratly no tiene fundamento legal, en la disputa que ambos países mantienen por el control del archipiélago, situado en el Mar de China Meridional.

Sin embargo, cuando Duterte tomó las riendas del poder, las Filipinas cedieron sus posiciones. Después de décadas de cooperación con los estadounidenses, Manila se tornó al Este, hacia Japón y China. Marcos piensa proseguir en la misma dirección. Declara que su país es capaz de lidiar con la disputa sin la ayuda de Washington, ya que una intervención por parte de este último solo empeoraría la situación.

El pasado 12 de mayo, Joe Biden, presidente estadounidense, se reunió en la casa blanca con los líderes de la ASEAN (organización regional del sudeste asiático). Los participantes abordaron tanto asuntos políticos (la guerra en Ucrania y la amenaza de China) como económicos (la creación del Marco Económico del Indo-Pacífico, un proyecto que consistiría en extensas inversiones estadounidenses en la infraestructura e industria regional). Biden insistió en la importancia de la cooperación entre Washington y las naciones asiáticas.

En cuanto al Mar del Sur de China, la Casa Blanca mostró su apoyo a la ASEAN y llamó a los países a actuar conforme con el Derecho del Mar. Aunque Duterte no pudiese asistir a causa de la transición de poder, Filipinas se mostró interesada en los proyectos propuestos por los norteamericanos. Parece que Manila pretende usar el fuerte interés que tiene EEUU en la región Indo-Pacífica para su provecho. Otro difícil equilibrio, de los que Asia ya conoce bastantes.

Es difícil predecir qué hará Ferdinand Marcos en los siguientes seis años que tiene como presidente. Algunos ven en su victoria el augurio del autoritarismo, mientras otros creen en una oportunidad de desarrollo. Su figura es por ahora un enigma y, como bien dijo él mismo, solo sus acciones podrán mostrarnos quién es en la realidad.

 

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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