Maíz ucraniano y amistad con Rusia: el equilibrio complicado para China

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Madrid. El pasado 15 de diciembre el líder chino, Xi Jinping, y su homólogo ruso, Vladimir Putin, celebraron una cumbre telemática para hablar de las tensiones con Estados Unidos, el boicot diplomático a los Juegos de Invierno de Pekín y la situación en la frontera con Ucrania.

Un matrimonio de conveniencia

No es la primera vez que Xi y Putin destacan que el actual nivel de la cooperación bilateral no tiene precedentes en la historia. Criticaron la politización del deporte y el acercamiento de la OTAN a las fronteras rusas.

Y es que pasan los años, pero Moscú sigue viendo a Ucrania como parte de su esfera de influencia. Teme que el acceso de Ucrania a la OTAN allane el camino para el despliegue de armamento ofensivo occidental a sólo 500 kilómetros de la capital rusa.

Aun así, pocos analistas prestaron atención a que Xi precisó que Rusia y China no son aliados, sino socios. Pekín no conoce aliados, sólo socios. Eso sí, Rusia es un socio muy bueno para Xi.

Lo que subyace es que no todo en esta amistad es tan cristalina como parece a simple vista. Aunque China comparta las inquietudes rusas sobre la expansión de la OTAN hacia el Este, es importante remarcar que nunca llegó a reconocer la península de Crimea -anexionada por Moscú en 2014- como territorio ruso. El gigante asiático volvió a confirmar su postura oficial este año. El motivo es el mismo por el que España no reconoce Kosovo. China no puede reconocer la anexión, ya que armaría de argumentos a aquellos que promueven el separatismo en el Tíbet o en Xinjiang.

Precisamente, el separatismo fue una de las razones que impulsaron en su momento la creación de la Organización de Cooperación de Shanghái. Y es que muchos de sus países miembros, incluido Rusia, acogían importantes minorías uigures, el pueblo musulmán mayoritario en Xinjiang. Desde entonces, los activistas uigures más belicosos tuvieron que abandonar el espacio postsoviético y exiliarse en Occidente. A cambio, las repúblicas centroasiáticas recibieron créditos e inversiones, especialmente la locomotora regional, Kazajistán.

Ucrania, el granero de China

China no tiene aliados, solo socios. Rusia es un socio útil, pero Ucrania, para Pekín, también lo es. En los últimos años el gigante asiático se ha convertido en uno de los socios comerciales más importantes de Kiev. Por ejemplo, en 2021 China exportó al país eslavo varios millones de dosis de vacunas contra la COVID-19. Como Ucrania dependía de las vacunas chinas, estas fueron usadas para disuadir a Kiev de condenar a Pekín por sus acciones en Xinjiang en el marco del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Además, China es el mayor importador de los productos agrícolas ucranianos. Aun siendo vasto, el territorio chino puede presumir de tan solo un 12,6 % de tierras cultivables. Mientras, Ucrania, antiguamente conocida como “el granero de Europa”, posee algunas de las tierras más fértiles de todo el mundo. Guerras entre grandes potencias se desencadenaron a lo largo de la historia por el control de este territorio. Ucrania es ahora mismo el cuarto país del mundo en producción de maíz, el noveno en trigo y es líder mundial en girasol. China depende de esos recursos para alimentar a su creciente población.

Una parte importante de esos productos son exportados a China por COFCO, la empresa estatal china que se encarga de la agricultura y extracción de recursos naturales en el extranjero. En el lejano 2013 Pekín divulgó que algunas empresas chinas (entre ellas COFCO) acababan de adquirir en Ucrania cerca de 3 millones de hectáreas de tierras cultivar. Este vasto feudo constituye un alarmante 5 % de la superficie total de la antigua república soviética. Además, empresas chinas invirtieron tres mil millones de dólares en el sector agrícola ucraniano, recibiendo a cambio maíz y trigo.

Actualmente, China es el mayor consumidor de maíz en el mundo. Algunos creen que esto impulsará a los exportadores de este nuevo ‘oro vegetal’ a incrementar aún más su producción para satisfacer al mercado del gigante asiático. Y Ucrania parte con ventaja.

La producción intensiva de maíz empezó en Ucrania en los años 60, cuando la Unión Soviética era gobernada por el extravagante secretario general Nikita Jrushchov. En 1959 viajó a los EE. UU., donde el presidente Eisenhower le mostró el famoso «Corn Belt». Boquiabierto ante la productividad de las tierras de Iowa y Illinois, Jrushchov decidió iniciar la llamada «campaña del maíz», para demostrar el poderío agrícola soviético a los americanos. El «chernozem» de Ucrania (tierra de color negro, rica en humus, fósforo y otros muchos microelementos que es famosa mundialmente por su fertilidad) se encontró en el epicentro de esta megalómana campaña.

Neocolonialismo chino

La expansión agraria china por todo el mundo comenzó hace más de una década. Empresas chinas (incluyendo a COFCO) poseen vastas tierras cultivables en Argentina, Brasil, Sudán y Rusia. Ucrania constituye un fragmento vital de la llamada «Belt and Road Initiative», una iniciativa de Xi para resucitar la Ruta de la Seda, una de las redes comerciales más importantes de la historia. China pretende que esta nueva ruta conecte a Asia, Europa y África.

Y el incremento de la influencia china en el mundo va de la mano con su vasto capital. Empresas chinas invierten en infraestructura en países pequeños como Yibuti o Montenegro, dejándolos endeudados y dependientes. China no busca aliados, ya que prefiere ejercer su ‘softpower’ para ganar socios comerciales y explotar sus recursos naturales.

Para seguir con sus napoleónicos planes, el gigante asiático precisa mantener un difícil equilibrio. Por un lado, debe continuar su buena relación con Rusia, su principal socio geopolítico, pero por otro depende de los productos agrícolas ucranianos.

Lo que para otro país debería ser un dilema indescifrable -llevarse bien con rusos y ucranianos-, para una potencia como China esa debe ser una virtud a explotar.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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