Corea del Norte, con la esperanza del cambio tras diez años de Kim Jong-un en el poder y otros diez de la muerte de su padre

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Madrid. Kim Jong-un cumplirá diez años como líder supremo de Corea del Norte el próximo 28 de diciembre, que acaba de coincidir con el décimo aniversario de la muerte de su padre, Kim Jong-il, de quien heredó su poder, dos eventos magnánimos que reflejan la idiosincrasia de un régimen al que le cuesta trabajo salir de su aislamiento y ofrecer una imagen más conciliadora con sus “enemigos” y proyectar cambios económicos en el país pese a que sigue priorizando su desarrollo nuclear y con fuertes críticas en Occidente por sus políticas domésticas y exteriores.

Kim Jong-un, tras el fallecimiento de su padre, Kim Jong-il (17-12-2011), se ha topado con la realidad de la globalización mundial y la COVID-19 y su predisposición en modernizar y desarrollar todo su arsenal nuclear choca con dejar en segundo lugar la economía, que es la que realmente puede mantener más tiempo y con mejor infraestructura política a su régimen. Dentro del contexto global, la concentración de prioridades se basa en la propia economía del país.

De ahí que críticas vertidas desde Occidente y Estados Unidos tras una década sembrada de tensiones e incertidumbre con la eliminación de su tío Jang Song-thaek, en 2013, que obstaculizaba las mínimas reformas aperturistas de Corea del Norte o el presunto asesinato ordenado desde el poder de su hermanastro Kim Jong-nam, en 2017, que al parecer amenazaba al régimen de Kim Jong-un, pero su apuesta por su desarrollo nuclear es su mejor arma de seguridad para la consolidación de su poder, lo cual choca con la realidad global basada en la mejora de la sociedad norcoreana y en que sus propios dirigentes armonicen una confianza, ahora inexistente, para las reformas económicas que demandan las necesidades del país.

Obviamente puede ser entendible que el régimen norcoreano base su seguridad y su defensa en su armamento nuclear, pero nadie va a atacar a Corea del Norte y tampoco Pyongyang va a hacer lo propio con sus vecinos de Corea del Sur o Japón y menos a EEUU, país que quiere una nueva ronda de contactos y una nueva cumbre con el líder Kim Jong-un y el presidente estadounidense, Joe Biden, pues la comunidad internacional sigue reclamando una península coreana sin armas nucleares.

No obstante, también Corea del Norte ha tenido importantes cambios en su política con Estados Unidos al ser el primer líder norcoreano en reunirse tres veces con el entonces presidente de EEUU, Donald Trump, en Singapur en junio de 2018, en Hanói (Vietnam) en febrero de 2019 y un encuentro amistoso en la zona fronteriza de Panmunjom, que separa a las dos Coreas, en junio de 2019.

El éxito diplomático norcoreano no se ha plasmado internacionalmente pese a los contactos con EEUU y una relativa mejora en sus relaciones con su vecina del Sur. Corea del Norte se encuentra cercado por las sanciones internacionales y la pandemia, dos factores que se han encargado de ahogar el efecto las tímidas reformas económicas que aprobó a mitad de su mandato Kim Jong-un.

Eso sí, pese a las críticas a su régimen en cuanto al control absoluto con todo tipo de acusaciones a su autoridad, a su desarrollo nuclear o lanzamiento de misiles o ese misil hipersónico, bautizado como Hwasong-8, o esa sofisticada intensificación de pruebas con misiles balísticos en sus aguas, entre otros objetivos, todos ellos marcados para fortalecer la imagen del país tanto dentro como fuera de sus fronteras y demostrar su fortaleza nuclear. Kim Jong-un sabe que la economía se impone y es la clave de salir de su aislamiento, dado que la propia economía y sus reformas se ven muy condicionados al programa nuclear.

Es obvio que la economía de Corea del Norte sigue condicionada al programa nuclear, pero hay que recalcar el alto presupuesto que necesita el país para seguir actualizando sus armas nucleares. Hay que destacar el importante valor de recursos minerales en materias primas que sirven para fabricar coches, aviones, pantallas planas o teléfonos móviles a escala mundial dentro de un subsuelo rico pero muy condicionado a su economía planificada y, en especial, a las actuales sanciones que pesan sobre el régimen de Pyongyang, que le bloquean cualquier mínima reforma económica para desarrollar el país en otra dimensión más global en beneficio de infraestructuras y crecimiento.

A Corea del Norte no le queda otra que llevar a cabo una política económica en la que tiene buenos referentes, pues tanto Vietnam como China, con regímenes comunistas, pueden servir a las autoridades norcoreanas como modelo a seguir. Eso sí, antes habrá que levantar las sanciones que pesan sobre el país a cambio de un progresivo desmantelamiento nuclear, dado que Corea del Norte vive una aguda crisis económica, posiblemente uno de sus peores momentos económicos desde los años noventa. Las armas nucleares no van a dar desarrollo ni bienestar al país.

La dinastía de los Kim sigue intacta en Corea del Norte. Empezó con Kim Il-sung, el “gran líder”, que fundó el país en 1948, quien luego le traspasó el poder a su hijo Kim Jong-il, el “querido o amado líder”, en 1994, tras el fallecimiento de su padre y, posteriormente, tras la muerte de este último, en 2011, heredó el cargo de máximo líder del país, el nieto e hijo, respectivamente, Kim Jong-un, el “brillante camarada” y “mariscal”, en 2011.

Ahora todo está ya planificado para que la hermana pequeña del actual líder norcoreano, Kim Yo-jong, se perpetúe en la sucesión familiar, cuyo protagonismo político cada vez es más notorio. Tanto ella como su hermano Kim vivieron en la ciudad suiza de Berna, donde cursaron estudios universitarios entre 1996 y 2000. A su regreso a Pyongyang, se sabe que ella asistió a la Universidad Militar Kim Il-sung, donde estudió ciencias de computación, pero ambos han recibido una educación más occidental.

Las dos Coreas permanecen técnicamente en guerra, ya que el conflicto que las enfrentó entre 1950 y 1953, y en el que Estados Unidos lideró la coalición que apoyó al Sur, acabó con un alto el fuego, el actual armisticio, y no un tratado de paz. Con la firma de un tratado de paz se sellaría el primer paso hacia la “normalidad” en la península coreana y enterraría ese “bucle” que lleva más de 70 años de convulsiones políticas, ayudando a la convivencia pacífica de los coreanos de ambos lados.

Santiago Castillo

Periodista, escritor, director de AsiaNortheast.com y experto en la zona

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