Quad: ¿una nueva alianza militar en Asia?

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Madrid. La pasada semana el presidente estadounidense, Joe Biden, visitó el continente asiático por primera vez desde que tomó posesión de la Casa Blanca en enero de 2021. En una época difícil para el mundo, Biden se dirigió primero a Seúl, donde conoció al recién electo presidente coreano, Yoon Seok-yeol. Tokio fue el siguiente en su lista y en la capital nipona se reunieron los miembros del Quad, el foro estratégico informal entre la India, Australia, Japón y EEUU.

Desde que comenzó la guerra en Ucrania el Pacífico está intranquilo ante el peligro del creciente poderío militar de Pekín y la amenaza de que el gigante asiático siga los pasos de Moscú e intente reivindicar Taiwán, la «rebelde» isla de Formosa. Algunos especulan que el estrecho de Taiwán (una franja marina de 160 kilómetros) se puede convertir en el «nuevo muro de Berlín» entre la Quad y China.

Cuando Vladimir Putin comenzó lo que él denominó como «operación especial» en Ucrania, se esperaba que Occidente quedase dividido y fracturado como en previas ocasiones. Se esperaba que los intereses económicos prevaleciesen sobre los geopolíticos. Berlín, demasiado dependiente del gas ruso, se abstendría de cualquier acción radical, Londres y París se limitarían a denunciar el ataque e introducir varias sanciones poco fructíferas, mientras que Washington estaría demasiado lejos para punir al Kremlin.

Así ocurrió en Georgia en 2008, al igual que en Crimea en 2014. Sin embargo, el líder ruso no podía estar más lejos de la verdad. La invasión de Ucrania unificó a Occidente como nunca, devolviéndole a la OTAN la importancia que poseía durante la Guerra Fría. Pekín, que según la propaganda rusa salvaría al Kremlin del callejón en el que se había metido, mantuvo una posición neutral de facto, temiendo dañar sus cadenas de suministro, ya frágiles tras su política «cero-COVID». El Quad también se fortaleció para disuadir a China de cualquier acto agresivo en la región del Pacifico, careciendo, sin embargo, de la unidad de la alianza atlántica. El primer ministro indio, Narendra Modi, está dispuesto a aliarse contra Xi Jinping, pero condenar a Moscú por sus actos no entra en sus planes.

Las alianzas no pueden durar eternamente, ya que se basan en un interés mutuo, que suele fluctuar según de la corriente. La Casa Blanca lo entiende. Con su visita a las capitales asiáticas Biden pretende manifestar el compromiso de EEUU a apoyar a sus aliados ultramarinos y demostrarles que no les abandonará en esta crítica situación. Lo mismo hizo a comienzos de mayo, cuando invitó a los líderes de la ASEAN a la capital estadounidense para discutir el panorama actual. Washington tiene que mantener el consenso y la moral entre sus partidarios para contrarrestar a sus contrincantes. Según sigue la guerra, las consecuencias económicas de las sanciones se hacen notar cada vez más en Occidente, por lo que el inquilino de la Casa Blanca necesita poner un doble esfuerzo para evitar que esta unidad se desmiembre ahora.

Un giro hacia Oriente: los tres aliados de la Casa Blanca

La creciente importancia del Quad en la arena internacional demuestra lo vital que es Asia para la Casa Blanca. Desde que el expresidente Donald Trump declaró la posibilidad de que los EEUU saliesen de la OTAN, dejando a los europeos a su propia merced, la brújula de Washington fue girando cada vez más hacia el Pacífico. De hecho, fue precisamente con Trump en el poder, en 2017, cuando el país decidió resucitar el Quad, que fue escondido bajo la alfombra desde 2008. Hoy en día, con una guerra de gran escala en medio de Europa, podría parecer que el Atlántico cobró importancia de nuevo. Sin embargo, esto es un proceso venidero, que se mantiene mientras Putin continúe con las hostilidades. Sigue siendo Pekín y no Moscú la segunda economía del mundo y el archienemigo de Washington, a quien pretende destronarlo de su puesto del líder. Seguimos viviendo en la llamada por Graham Allison «Trampa de Tucídides», una situación de conflicto entre la actual potencia hegemónica y otra emergente.

Entre los tres demás miembros de la Quad fue Canberra el más fiel aliado de Washington, participando en todas sus grandes odiseas del siglo XX. Tanto en las dos Guerras Mundiales, como en Corea, Vietnam e, incluso, Irak, soldados australianos y estadounidenses lucharon juntos por la causa. Durante la «Guerra contra el terrorismo» de George W. Bush en 2003, John Howard, primer ministro australiano, estuvo entre sus mayores partidarios. Tuvieron también varios desacuerdos, especialmente durante el controvertido intercambio de migrantes en 2017. Aun así, las dos capitales siempre mantuvieron contacto, compartiendo sus preocupaciones sobre el militarismo norcoreano y la creciente amenaza de Pekín. Fueron forjadas varias alianzas a lo largo de los años, como la AUKUS (que incluye también a Reino Unido), la ANZUS (con Nueva Zelanda) o el Quad.

En cuanto a las relaciones con Pekín, Australia dio un giro copernicano en la última década que los liberales controlaban las riendas del poder. Aun siendo importantes socios económicos, los dos países intercambiaban sanciones, restricciones comerciales, además de acusaciones de violación de derechos humanos y espionaje. Australia está preocupada por el creciente músculo militar de China, su política agresiva en Hong Kong y Xinjiang y la negligencia del veredicto de la Corte de La Haya sobre el Mar de China meridional. Mientras tanto, al gigante asiático le molestaba la interferencia de Canberra en sus asuntos internos (como los mencionados Hong Kong y Xinjiang), además de las acusaciones de ser el culpable de la pandemia de COVID-19. Ya son dos años desde que las dos potencias no contactan a nivel ministerial. El nuevo gobierno laborista de Anthony Albanese, político con un mandarín fluido, trae esperanzas de que las relaciones vuelvan al sendero de la normalidad.

El centro de la rivalidad sino-australiana es ahora mismo el océano Pacífico Meridional y sus múltiples naciones isleñas. El ministro de exteriores chino, Wang Yi, pretende visitar las islas Salomón, Kiribati, Samoa, Fiji, Tonga, Vanuatu, Papúa Nueva Guinea y Timor-Leste, lo que Washington y Canberra consideraban su patio trasero. Según medios chinos, el gigante asiático les está dispuesto a dar «lo que EEUU y Australia no pueden»: inversiones en infraestructura y ayuda COVID, además de un acuerdo de seguridad con las islas Salomón.

Australia teme que esto sea un comienzo de la expansión militar de Pekín hacia el Pacífico, ya que este último acuerdo presupone el derecho de las autoridades locales a pedir ayuda al Ejército o policía chinas en caso de emergencia. Aunque Wang Yi negase los planes de instaurar una base militar en el archipiélago, Albanese y su Gabinete no pretenden tolerar tal riesgo. La ministra de Exteriores australiana (de origen chino), Penny Wong, fue enviada a Suva, capital de Fiji, el 26 de mayo, para reunirse con el primer ministro del país. Además, el nuevo Gobierno promete centrarse en el combate contra el cambio climático, que amenaza la propia existencia de muchos archipiélagos del Pacífico.

El segundo miembro de la Quad es la India, liderada por Narendra Modi. Nueva Delhi comparte con sus aliados la preocupación por China. Los dos países más poblados del mundo comparten una frontera de casi 3.400 kilómetros, que aparece a menudo en los noticiarios después de una escaramuza por territorio disputado. Sin embargo, Nueva Delhi discrepa en cuanto a Rusia. India sigue manteniendo una posición ambigua en relación de la invasión de Ucrania. Mientras Biden, Kishida y Albanese criticaron abiertamente la agresión, Modi prefirió proseguir con su política neutral. Moscú es un antiguo aliado, que siempre apoyó a la India en su disputa con Pakistán, además de ser un importante socio armamentístico. La Casa Blanca está intentando presionarle a unirse «al lado correcto de la historia», citando a la ex portavoz del Gobierno Jen Psaki, pero el palacio de Hyderabad no pretende abandonar al Kremlin así simplemente.

Por último, tenemos a Japón, la tercera economía mundial. La guerra en Ucrania volcó el statu quo, cambiando el mundo para siempre. La remilitarización alemana y la perspectiva de que esta sea seguida por una nipona parecían imposibles hace varios meses. Sin embargo, se ha hecho realidad. Últimamente, Tokio habla cada vez más de cambiar la Constitución pacifista (adoptada tras la Segunda Guerra Mundial) para contrarrestar el poderío armamentístico de Pekín y las constantes provocaciones norcoreanas. Además, pretende asistir a Taiwán en su intención de reforzar las defensas de la isla. En su libro blanco de defensa de 2021, Japón mencionó por primera vez la importancia de Taiwán para su seguridad nacional. Vimos una cooperación sin precedentes entre los dos países durante la pandemia. Además, está desarrollando el Gobierno nipón el «Plan Ishigaki», que consiste en construir una base militar en la isla de Ishigaki, que se encuentra a 250 kilómetros de la costa taiwanesa. Allí Tokio podrá desplegar sus misiles de largo alcance para disuadir a China de cualquier acción agresiva.

Sin embargo, la remilitarización del archipiélago les trae malos recuerdos a sus vecinos. Corea del Sur, aliado estratégico de la Casa Blanca, recuerda muy bien las atrocidades cometidas por la administración nipona durante la ocupación entre 1910 y 1945. Las llamadas «mujeres de consuelo», esclavas sexuales del ejército imperial japonés, quedaron para siempre en la memoria de los coreanos. La cooperación entre Tokio y Seúl siempre fue estrecha, pero el pasado sigue vigente. Un Japón armado hasta los dientes no puede no invocar reminiscencias. Aunque los dos países comparten su preocupación sobre Pekín y Pyongyang, una radical mejora en las relaciones bilaterales es poco posible ahora mismo, ya que tanto el japonés Fumio Kishida como el surcoreano Yoon Seok-yeol tienen elecciones por delante: a la Cámara Alta del parlamento en Japón y regionales en Corea, respectivamente. No pueden arriesgarse a perder el voto de la población más nacionalista por proseguir con sus planes geopolíticos.

El viaje de Biden a las dos capitales asiáticas esta última semana demuestra el interés que tiene EEUU por aunar a sus aliados para cerrar filas en el flanco oriental. Un Japón con capacidad de responder militarmente podría pararle los humos a China.

Mientras la guerra de Ucrania se prolonga y el concierto europeo queda estancado, los jugadores del Pacífico mueven ficha en este complicado tablero. Pekín avanza hacia las profundidades del océano, tratando de seducir a las naciones insulares. Además, organiza ejercicios navales con Rusia, para mostrar su músculo militar. Mientras tanto, EEUU y el Quad refuerzan sus defensas e intentan parar la expansión de la influencia China. Filipinas, con el recién electo Ferdinand Marcos, no pretende aliarse incondicionalmente con Washington, prefiriendo jugar por los dos bandos. Si esto tiene el potencial de convertirse en una nueva Guerra Fría o no, solo lo dirá el tiempo. Aun así, podemos estar seguros de que Biden deberá usar toda su persuasión y autoridad para mantener su posición hegemónica.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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