El futuro de la guerra en Ucrania (y II): la movilización, ¿la única salvación de Rusia?

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Madrid. La guerra de Ucrania se alarga, lo que provoca una mayor inestabilidad mundial y acentúa la crisis económica global. China se ve cada vez más incómoda y arremete contra Estados Unidos, que sigue apoyando militar y financieramente a Kiev, pero el conflicto no termina y está claro que ni rusos, ni chinos y estadounidense pensaban que la situación llegaría al límite actual con consecuencias enormes en todos los aspectos para el nuevo orden mundial.

Aunque resulta evidente que el ascenso imparable de China en el tablero internacional desafía la posición de EEUU como única superpotencia mundial, Ucrania ya es un foco que marcará una nueva posición mundial tanto para Washington como para Pekín. La rivalidad entre las dos primeras potencias mundiales crecerá.

El Ejército ucraniano continúa recibiendo armamento occidental cada vez más sofisticado, pero las fuerzas rusas no han podido lograr por lo menos un resultado intermedio como para que el Kremlin pudiese hablar de victoria en la guerra. Durante la «operación especial», como se bautizó desde Rusia a la invasión, no han conseguido tomar Kiev, avanzar en el Este o rodear a las tropas ucranianas en el Donbás.

Por eso, desde mediados de abril, cuando la «batalla del Donbás» no trajo los frutos esperados para Rusia en Ucrania, se propagaron rumores de que ante el fracaso militar, el Kremlin intentaría salvar la situación movilizando a la población. Un paso tan radical sería muy difícil para Moscú.

El primer motivo es el propio funcionamiento del régimen de Putin. Durante décadas la propaganda estatal convencía a la gente que la política no es cosa suya, que deberían concentrarse en sus asuntos y dejar la gobernanza para las élites. La mejor señal de apoyo que uno puede mostrar es la inercia, la pasividad. No es necesario exaltar la grandeza del líder, ni participar en manifestaciones estatales. Este régimen fue llamado «Autocracia Informativa» por el prominente economista osetio Serguéi Guríev.

Sin embargo, la guerra no es algo pasivo. El Gobierno ruso se vería obligado a meter la mano en la vida privada de la gente, conminando a los hombres de 18 a 60 años a coger las armas para «defender la patria». El pueblo está dispuesto a apoyar un conflicto en la televisión, donde los generales mueven fichas en un mapa e informan de la heroica toma de otra importante posición enemiga. Pero cuando tumbas de familiares, vecinos o amigos empiecen a llenar la vida de los ciudadanos rusos, el conflicto pasará de ser algo distante a convertirse en una tragedia para cada familia. El Kremlin lo sabe y está teniendo mucho cuidado para que las cifras sobre las bajas militares no lleguen a los oídos públicos.

Además, el sistema tanto militar como administrativo ruso está corrupto. El mundo esperaba una guerra relámpago, donde Kíev caería de un día para otro, pero se encontró ante una sorprendente, a primera vista, incapacidad de las tropas rusas de avanzar. En caso de una movilización, el sistema de reclutamiento, que ya se encuentra bajo una considerable presión, colapsaría simplemente.

El Estado no podría controlar que todos los hombres de 18 a 60 años cumplan con su deber, por lo que se concentrará en las clases más desfavorecidas, que no podrían permitirse sobornar a las autoridades. La provincia rusa llevaría el peso de toda la guerra y recibiría a cambio nada más que tumbas. Si el discurso belicista deja de apelar a las emociones, el régimen de Moscú se podría ver seriamente amenazado.

Al mismo tiempo, uno nunca puede estar seguro de la situación actual, que siempre está escondida detrás de la niebla de la guerra. Al portavoz del Gobierno ruso, Dmitri Peskov, le preguntaron si una movilización masiva está pensada para el 9 de mayo, a lo que este respondió: «Es una locura». Lo mismo dijo cuando le preguntaron sobre los planes de Putin de invadir Ucrania. La invasión rusa se ha detenido, pero esto no quiere decir que el apetito de Moscú esté saciado.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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