La disputa de Rusia y China en el Lejano Oriente: ‘tigre siberiano agazapado, dragón escondido’

Tren ruso que se dirige a China. | Jack No1, Wikimedia
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Madrid. Mientras las tropas rusas están metidas en el frente ucraniano, intentando parar el avance de Kiev con nuevos reclutas, las fronteras orientales quedan indefensas ante una posible incursión extranjera. Al igual que la URSS durante la Segunda Guerra Mundial, Rusia dirige todas sus fuerzas al Oeste para contribuir a su esfuerzo militar.

El Lejano Oriente se extiende desde el Baikal, (el lago más profundo del mundo) hasta el mar de Ojotsk y la península de Kamchatka. Desde mediados del siglo XIX este vasto territorio se encuentra bajo control ruso. Sin embargo, esto no era siempre así. El acuerdo que aseguró la posesión del actual Lejano Oriente ruso fue firmado en 1858 en Aigún, al norte de Manchuria, mientras el Imperio Qing de China se encontraba en medio de una guerra con Gran Bretaña y Francia, también conocida como la guerra del opio. Dos años más tarde, Rusia recibiría el territorio del actual krai de Primorie por el acuerdo de Pekín.

Por aquellas fechas, el gobierno chino se encontraba acorralado por las potencias europeas y se veía obligado a aceptar cualquier condición que le fuese impuesta. La Segunda Guerra del Opio es considerada una humillación nacional por la historiografía oficial china, por lo que todas las adquisiciones territoriales eran consideradas ilegítimas. Aunque la actual frontera entre China y Rusia es reconocida por ambos lados, la historia no puede olvidarse.

Por lo menos, así afirman medios nacionalistas a ambos lados de la frontera. Algunos medios chinos demandan respetar el primer acuerdo entre el Zarato de Rusia y el Imperio Qing en 1689, el Tratado de Nérchinsk, que mantenía que Moscú renunciaba a cualquier reclamación de territorio al sur del río Amur. Así, los krai de Primorie y Jabárovsk, el óblast de Amur y el Óblast Autónomo Hebreo. Otros expresan ambiciones aún mayores: además de las regiones mencionadas reclaman la república de Tuvá y parte del krai de Zabaikalie y Buriatia.

En cuanto a Rusia, el peligro de una expansión china hacia el norte lo expresa la parte más nacionalista de la población rusa. Temen que la deriva del régimen de Putin hacia la China de Xi Jinping llevará un día a la pérdida de estos valiosos territorios, ricos en oro, además de poseer la mayor reserva de diamantes en todo el país. Cualquier acción o declaración por parte de Pekín en cuanto al estatus de las regiones fronterizas sirve de argumento para la creciente sinofobia en esos rincones de la inmensa Rusia.

Aunque Pekín y Moscú mantienen una relación bastante estrecha hoy en día (especialmente desde que comenzó la guerra en Ucrania), tan solo medio siglo atrás las dos potencias estaban a punto de una confrontación abierta. Mao Zedong, fundador de la República Popular China, pretendía emular el régimen totalitario del dirigente soviético Joseph Stalin. Cuando después de su muerte, en 1953, su sucesor Nikita Jrushchov desmintió el culto a la personalidad que estableció Stalin a lo largo de las décadas que estuvo en el Kremlin, Mao sintió miedo por el peligro a su propia estancia en el poder que podía traer tal discurso.

Luego, el levantamiento en Hungría en 1956 confirmó los temores del «Gran Timonel». La República Popular China empezó a distanciarse poco a poco de su antiguo patrocinador. Mientras Jrushchov imponía su nueva ideología en los satélites soviéticos del este de Europa, Mao reforzaba las defensas de su país y doblaba el esfuerzo propagandístico. Los medios estatales chinos culpaban a la URSS de promover el social-imperialismo, una idea ajena a las enseñanzas de Marks y Engels. Por eso comenzó Mao a buscar aliados por el mundo que le apoyen en caso de una posible contienda con su vecino septentrional. Así fueron establecidas las relaciones entre Estados Unidos y China, que desplazó a Taiwán y pasó a representar en 1971 a la actual China en la ONU.

Todo empeoró en 1968, cuando la URSS intervino en Praga en lo que pasó a llamarse «la Primavera de Praga» para evitar que Checoslovaquia abandonara el Pacto de Varsovia. Mao vio en ello una clara amenaza a su régimen también. Las relaciones bilaterales alcanzaron su bajo récord en 1969, cuando las tropas soviéticas se enfrentaron al Ejército Popular de Liberación chino en la isla de Damanski (actualmente Zhenbao) por el control del territorio disputado.

El enfrentamiento tuvo lugar en la orilla del río Ussuri en el Lejano Oriente, cuyas islas e islotes eran constantemente disputados por los países fronterizos, debido a que algunos, dependiendo del nivel del agua podían convertirse en penínsulas o desaparecer bajo el agua por completo. Aunque los soviéticos consiguieron lidiar con la incursión china en 1969 y echarles de la isla, en 1991, año que cayó la URSS, el Kremlin le cedió Damanski a Pekín y acordó la demarcación definitiva de la frontera.

A lo largo de las décadas venideras los líderes rusos cedieron varias islas fronterizas más para mejorar las relaciones con China. La cuestión territorial entre el oso y el dragón parecía estar cerrada. Aun así, la retórica nacionalista no paraba a ambos lados de la frontera. La pregunta es: ¿existe verdaderamente una disputa en el Lejano Oriente entre China y Rusia? ¿O es más bien un instrumento político para ganarse el apoyo de la población más nacionalista?

Desde que las relaciones entre ambos países mejoraron considerablemente en los años 2000, Pekín comenzó a invertir masivamente en la parte asiática de Rusia, rica en materias primas. El principal interés lo atraían los recursos forestales. Unos 800 millones de hectáreas de bosque pueblan las vastas tierras rusas, el 30 % de los cuales se encuentra en la inhóspita Siberia. Empresas chinas firman a menudo contratos con las autoridades locales para importar madera, tan necesaria para el creciente mercado de muebles del gigante asiático. Sin embargo, a menudo surgen noticias de que algunas compañías chinas talan árboles ilegalmente, sin licencia del Estado ni impuestos, algo que enfurece tanto a los activistas ecológicos como a los nacionalistas rusos: «¡Los chinos quieren quedarse con nuestros bosques! ¡Dentro de varios años Siberia quedará vacía!».

Otro frente de discusiones es el Baikal, el lago más hondo del mundo. En 2015 una empresa sino-rusa firmó un contrato con las autoridades de un poblado en la orilla del gigantesco lago para construir una planta embotelladora de agua. La reacción pública fue severa: varias celebridades nacionales se opusieron al proyecto, apoyados por la población local. Varios funcionarios del estado, entre ellos en entonces primer ministro y expresidente Dmitri Medvédev, apoyaron la iniciativa popular. Incluso los alcaldes locales, que antes aceptaron el proyecto con las manos abiertas, ahora le encontraron grandes defectos a la idea china. La construcción tuvo que parar en 2019.

Sin embargo, al mismo tiempo en el Baikal seguían funcionando plantas similares rusas. La fábrica de celulosa que cerró en 2013 tampoco causó tamaña campaña popular. Según el reportaje de Medusa (medio opositor ruso), el cierre de la planta china tenía más bien que ver con las disputas políticas locales, no una indignación con el propio proyecto. Además, el Kremlin jugó una vez más la carta de chovinismo estatal controlado para ganarse el apoyo de la población de la región.

Crece la sinofobia entre los habitantes de las regiones más fronterizas. Los turistas «son muy ruidosos y no respetan a nadie», mientras que los negocios chinos «nos dejan sin compradores». Especialmente se nota en las localidades más turísticas, como el pueblo de Listvianka en el nacimiento del Angará, único río que comienza en el lago Baikal. Antes del coronavirus se solían notar claramente los negocios chinos que solían especializarse en satisfacer la demanda de sus compatriotas.

Moscú, aunque mantiene una relación cercana a Pekín, no demora en usar la llamada «carta nacionalista». Así se denomina la retórica del Estado ruso en relación a sus vecinos de vez en cuando. Un día el vino moldavo resultará de pésima calidad, algo que marca la importancia de promover la producción propia; otro es que el flujo descontrolado de emigrantes procedentes de Asia Central hace que las ciudades rusas sean más peligrosas. Hoy las frutas uzbekas o armenias están infectadas (lo que conlleva la reducción de las importaciones), mientras que mañana los chinos piensan apropiarse con todo Lejano Oriente. Así, el Kremlin controla la retórica nacionalista y la usa para ganar puntos políticos. Si todo sigue igual, en los años venideros no parece que Rusia considere a China una amenaza de verdad.

Para Pekín, el instrumento nacionalista también es muy cómodo. Es una forma de catalizar el descontento popular en algo externo, sin pasarse de más, claro. Aun así, la opinión pública china sobre Rusia y su líder, Vladimir Putin, es bastante positiva, por lo que la disputa del estrecho de Taiwán se presenta como mejor opción de enemigo externo.

En definitiva, aunque con momentos difíciles, China y Rusia son importantes socios económicos y geopolíticos, por lo que cualquier disputa entre estos países parece poco probable. Sin embargo, ya vimos un súbito bajón en las relaciones bilaterales en los años 60, algo que no podemos descartar en el futuro. Mientras el oso está metido en Ucrania, puede que el dragón decida actuar.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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