¿Está cerrado el litigio de las islas Kuriles entre Rusia y Japón?

Mapa de las islas Kuriles. | DEMIS World Map Server, Artanisen, Wikimedia
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Madrid. La invasión de Ucrania, pensada como un fugaz blitzkrieg o guerra relámpago, ya dura casi siete meses. Lo que tenía que haberse convertido en un paseo militar para el Kremlin, una repetición de la euforia de 2014, parece más bien un nuevo Afganistán. La declaración de la movilización parcial el 21 de septiembre demuestra la desesperación del Gobierno ruso.

La ofensiva ucraniana a mediados de este mes en la región de Járkov desestabilizó el ‘statu quo’ de la guerra en Ucrania. El Kremlin intentó convertir la invasión en un conflicto latente, como lo era la guerra del Donbás antes de 24 de febrero, una guerra de trincheras que se puede marginalizar en el discurso público. Pero Kiev tenía otros planes.

El Ministerio de Defensa ruso no difunde información sobre las bajas de sus Fuerzas Armadas desde finales de marzo. Sin embargo, según estimaciones de la BBC, el Kremlin perdió 6.476 soldados. La retirada de Kiev en marzo y de Izium en septiembre cobró las vidas de decenas de oficiales y tropas élite. La llamada «operación especial» en Ucrania ya le costó más al pueblo ruso que las campañas chechenas y más que durante los cinco primeros años del conflicto en Afganistán (solo según cifras oficiales).

El fracaso a la hora de derrotar a los ucranianos dañó severamente la reputación de sus Fuerzas Armadas, tan temibles antes de la guerra. Y ahora, mientras el oso está concentrado en el frente occidental, los demás rincones del vasto país están más expuestos que nunca. La invasión de Ucrania volcó la frágil estabilidad regional, abriendo la caja de Pandora a viejas enemistades.

El archipiélago de las Kuriles, consistente de 56 islas, se encuentra en el Lejano Oriente, entre la península de Kamchatka en el norte y la isla japonesa de Hokkaido al sur, y es un enclave disputado por Moscú y Tokio desde 1945. Los «Territorios septentrionales», como les llama Japón, los recibió la antigua Unión de Repúblicas Socialista Soviética como recompensa por la victoria sobre el Imperio del Sol Naciente en la Segunda Guerra Mundial. Las demandas territoriales le impidieron a Japón y a la URSS (actual Federación de Rusia) formalizar un acuerdo de paz, a diferencia de los demás aliados, lo que significa que los dos países siguen de jure en guerra.

El asunto de las Kuriles se movió poco durante la época soviética, tomando en cuenta el telón de acero y la posición proamericana del gobierno nipón. Cuando la URSS cayó, las relaciones bilaterales se hicieron más cálidas: fueron firmados, de hecho, acuerdos que permitían a los japoneses que poblaban el archipiélago, antes de que este fuese tomado por los soviéticos, visitarlo sin necesidad de visado, además de desarrollar la conexión entre las islas y Hokkaido.

En los años venideros las relaciones rusojaponesas parecían más bien un baile ritual que tenía un valor principalmente retórico, ya que tanto Tokio como Moscú conocían perfectamente las dificultades que suponía un acuerdo al respecto. Las demandas niponas originales concernían las cuatro islas meridionales, llamadas en ruso Kunashir, Iturup, Habomai y Shikotan. Dependiendo de la época las condiciones fluctuaban, en 1956, por ejemplo, el Kremlin propuso ceder tan solo Habomai y Shikotan a cambio de un tratado de paz.

En la época de Shinzo Abe como primer ministro japonés, la cuestión de las Kuriles era central para cualquier diálogo con Rusia. Putin y Abe se reunieron varias veces para discutir al respecto, pero ninguna conversación dio el resultado que esperaba el mandatario nipón. Los medios especulaban si Rusia pretendía cambiar las Kuriles por el reconocimiento por parte de Tokio de la soberanía rusa sobre Crimea (un reconocimiento mutuo de integridad territorial), algo que este último no podía hacer debido a su reputación pacifista y su alianza con Washington. También se decía que los japoneses estaban dispuestos a comprar el archipiélago o incluso rebajar las demandas para cortejar a los rusos. Sea cual sea la verdad, el estatus de los Kuriles sigue intacto después de todos estos años.

Putin es un nacionalista y basa su apoyo en los sentimientos irredentistas de la población. Ceder territorio iría en contra de su ideología general. Además, como las Kuriles pasaron a ser rusas como resultado de la Segunda Guerra Mundial. Dejárselas a Japón significaría revisar los resultados de la Conferencia de Potsdam de 1945, algo que amenazaría otros trofeos soviéticos de la guerra como el enclave de Kaliningrado.

Desde que comenzó la guerra en Ucrania la cuestión de las Kuriles pareció cerrarse definitivamente. Fumio Kisida, el actual primer ministro nipón, se adhirió a las sanciones occidentales y condenó la invasión. Putin respondió cancelando los privilegios dados a los japoneses en 1991 y en 1999. A todo esto, el diálogo lo dificultaron las reformas de la constitución aprobadas en 2020 después de un referéndum nacional. Uno de los nuevos artículos prohibía enajenar territorio ruso, aludiendo principalmente a la península de Crimea, pero también considerando las Kuriles y otras disputas. Dmitri Medvédev, expresidente y halcón en relación a la cuestión del archipiélago, confirmó que las negociaciones eran solamente rituales y que el asunto estaba cerrado.

Tokio no piensa igual. Ante el creciente poderío militar de China y la amenaza nuclear de la península coreana, Japón cierra filas con Occidente y rectifica su enfoque internacional hacia una mayor participación en la política mundial. Para perseguir esta ambiciosa meta, gobiernos consecutivos del Partido Liberal Democrático (PLD), desde que volvieron al poder en 2012 con Abe, pretendieron cambiar la constitución pacifista actual para crear un ejército que pueda competir con los vecinos. Primero, Abe expandió los gastos militares al 1 % del PIB de la tercera economía mundial. Kishida, que llegó al poder en octubre de 2021, pretende seguir la política de su célebre predecesor. Sin embargo, el principal rival de los halcones en el establishment japonés es el Artículo 9 de su Constitución, que limita severamente cualquier esfuerzo militar de Tokio.

El bosquejo del Libro Azul de la diplomacia nipona incluyó a las islas Kuriles como territorio ocupado ilegalmente por Rusia. Esta rotunda retórica vuelve a aparecer por primera vez desde 2003, cuando la parte meridional del archipiélago la marcaban como «perteneciente a Japón». Durante la administración de Abe, Japón intentaba abstenerse de declaraciones tan radicales, para promover la cooperación con Moscú.

Considerando la situación mundial actual, las máscaras ya no son necesarias. El Kremlin es percibido como una amenaza para la estabilidad mundial tanto por las élites niponas como por el pueblo, que ve las atrocidades de Bucha o Irpín en las redes sociales. El sentimiento anti ruso va en aumento, incluso en círculos liberales. Una buena noticia para los halcones japoneses en la Dieta (Parlamento) que defienden una política internacional más severa contra los perpetradores del statu quo internacional. La disputa de las Kuriles la pueden usar para aumentar el apoyo de la población más conservadora, además de atraer a sus antiguos oponentes. Más que una amenaza de verdad, una postura radical en cuanto al archipiélago septentrional le trae al primer ministro nipón, Fumio Kishida, importantes puntos políticos ante la crisis energética que se avecina.

Sin embargo, ¿es el asunto de las Kuriles algo más que un instrumento retórico para movilizar a los partidarios y ganar apoyo político? Puede ser. Aunque para cambiar la constitución (especialmente el incómodo Artículo 9) necesita el voto de dos tercios del Parlamento y la victoria en un referéndum nacional, la probabilidad de que ocurra es cada vez mayor. Hace décadas parecía imposible que Tokio renuncie a su pacifismo y expanda su gasto militar, pero la administración nipona, bajo la tutela de Abe, mostró que no era verdad.

Las tropas rusas están quedando desacreditadas en la guerra de Ucrania. Además, un conflicto abierto que demanda la mayor parte del poderío militar del Kremlin deja sus fronteras indefensas. Moscú lo nota y hace todo lo posible para convencer a sus vecinos de que no es verdad. Las maniobras militares «Vostok 2022», organizadas del 1 al 7 de septiembre pasado, lo demuestran. Vladimir Putin invitó a las Fuerzas Armadas de China, India y varios otros países no alineados en este conflicto para una demostración de fuerza en el Lejano Oriente ruso y el mar de Ojotsk. Según medios estatales rusos y la cadena alemana Deutsche Welle, en las maniobras participaron alrededor de 50.000 soldados. Aunque arma retórica interior para corroborar que Rusia no está tan aislada como lo pintan, también es un mensaje a Tokio.

¿En serio teme el Kremlin una posible incursión japonesa? Al fin y al cabo, Rusia posee armamento nuclear y cualquier ataque directo a su territorio puede tener consecuencias devastadoras. Además, algunas de las tropas movilizadas el 21 de septiembre podrían ser enviadas a todos los rincones del país para disuadir cualquier ataque.

Aun así, un ataque nipón es poco probable de por sí. La política de Tokio radica en torno a la resolución pacífica de conflictos y la diplomacia. Aunque esa actitud puede cambiar con el tiempo, nada hará olvidar cómo acabó el último intento del Imperio del Sol Naciente de expandir su territorio por la fuerza. La amenaza de una Rusia nuclear también trae dolorosas reminiscencias del bombardeo americano de Hiroshima y Nagasaki. En un reciente discurso, Putin anunció que Moscú recurriría al uso de su arsenal atómico si ve que su territorio está en peligro.

Lo que sí puede ocurrir en los meses y años venideros es que Japón fortalezca su presión económica sobre Rusia. A largo plazo un nuevo gobierno ruso podría estar dispuesto a negociar la entrega de las cuatro islas meridionales a cambio de inversiones japonesas, que pueden estar muy demandadas en la posguerra. Lo importante para esta estrategia es no exacerbar demasiado la retórica anti rusa para que un posible acercamiento en el futuro sea aceptable para el público japonés. Como cualquier instrumento político, el nacionalismo tiene doble filo.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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