China acude al rescate de Sri Lanka ante el peligro de una deuda insostenible

Vista de Colombo, capital de Sri Lanka.
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Madrid. La antigua isla de Ceilán se encuentra en medio de la mayor crisis económica desde su independencia en 1948. El país no tiene suficiente dinero para pagar su deuda soberana, que en 2022 alcanzó los 25.000 millones de dólares. La escasez de alimentos y medicinas incitó a los esrilanqueses a llenar las calles de las grandes ciudades para protestar contra el presidente, Gotabaya Rajapaksa, y demandar su destitución. La falta de combustible deja distritos enteros en la oscuridad durante horas. La galopante inflación convirtió a la rupia esrilanquesa en la moneda con peor rendimiento en el mundo. Apoyadas por la oposición, las manifestaciones siguen hoy en día, mientras el Gobierno de Colombo trata de lidiar con esta complicada situación. Y China mueve ficha.

Las protestas durante los últimos días se concentraron delante de la sede del Gobierno, donde fueron instaladas tiendas de campaña. El descontento popular empezaba de forma pacífica, pero desde que un grupo de partidarios de Rajapaksa atacase con barras de hierro el asentamiento improvisado de los manifestantes y demoliese sus tiendas de campaña, el conflicto se intensificó. Aunque la policía interviniese para mantener la seguridad, los manifestantes consideran su participación insuficiente. Edificios administrativos, coches de los partidarios del gobierno y autobuses están siendo vandalizados por un pueblo indignado. Incluso la reciente dimisión del hermano de Gotabaya (y antiguo presidente entre 2005 y 2015) del puesto de primer ministro no consiguió distraer las miradas del verdadero culpable. Para estabilizar la situación, el Gobierno de Colombo declaró el toque de queda, usando el Ejército para defender la infraestructura esencial del país.

Gotabaya Rajapaksa, miembro de una verdadera dinastía de políticos prominentes, llegó al poder en 2019 después de haber derrotado a su oponente del Partido Nacional Unido (PNU). Para ganar los corazones de la población, el político prometió aliviar los impuestos (los que ya estaban en mínimos récord, comparándolo con otros países del mundo). Esta promesa, entre otros factores, le permitió obtener la mayoría absoluta sin necesidad de segunda ronda. Sin embargo, lo jurado hay que cumplirlo, por lo que el recién incumbente se vio obligado a recortar los impuestos.

El problema yace en el constante déficit público que caracteriza a esta nación insular. Después de que la devastadora guerra civil que duró más de dos décadas acabase por fin en 2009, Colombo concentró todas sus fuerzas en la reconstrucción del país. Incapaces de mantener una política sostenible, gobiernos consecutivos gastaban más de lo que les permitían los impuestos, endeudándose con sus vecinos. Muchos analistas aconsejaban a Rajapaksa introducir medidas de austeridad, pero este seguía gastando en infraestructura e instalaciones que no se podía dar el lujo de desarrollar solo. Además, Sri Lanka importaba más de lo que exportaba, perdiendo así las pocas valiosas reservas de divisas que poseía. Llegó un momento en el que el país no tenía suficiente dinero para importar productos básicos, como medicinas, papel y, principalmente, fertilizantes. El Gobierno prohibió su uso en verano del año pasado, asestándole un golpe grave a la agricultura nacional. El argumento oficial fue el nocivo impacto que tienen los fertilizantes sobre la ecología, pero, según analistas, Colombo simplemente no tenía dinero para importar este vital producto. Sin abono, decayó rotundamente la producción de arroz (Sri Lanka, por primera vez en muchos años, se vio obligada a importarlo) y , mercancía clave de las exportaciones esrilanquesas. La falta tanto de alimentos como de medicinas puede causar una crisis humanitaria, muy peligrosa para la frágil paz entre diversas facciones étnicas.

Otro factor importante detrás de la actual crisis es la decadencia del sector turístico. Colombo comenzó hace una década a desarrollar esta industria para atraer a visitantes de todo el mundo. El país podía presumir de pintorescas playas, selvas tropicales y una cultura autóctona, convirtiéndolo en un destino exótico. Pero el crecimiento de esta prometedora esfera de la economía local se estancó en 2019. Rajapaksa ocupó el asiento presidencial en una época difícil, justo después de los atentados de Pascua de abril del mismo año, organizadas por 8 yihadistas-suicidas. Sus objetivos eran instalaciones turísticas (hoteles) e iglesias en la capital. Las víctimas de este tremendo ataque fueron 269 personas, la mayoría de las cuales eran locales. Alrededor de 500 personas quedaron heridas. Aunque el Gobierno respondiese rápido al ataque, el turismo se vio seriamente afectado por el miedo.

Otro golpe a la economía esrilanquesa le fue propinado por la COVID-19, que restringió el desplazamiento de personas por el mundo. Los ingresos del sector turístico cayeron, desde el pico en 2018 y hasta finales de 2021, un 92 %. Con la crisis política y económica en la que se encuentra envuelto Sri Lanka, muchos turistas cancelan sus viajes, preocupados por quedarse de repente sin luz o comida. Encima, gran parte de la gente que visitaban el país venían de Rusia y Ucrania, ahora en medio de una guerra. Aunque Colombo no cerrase su espacio aéreo para los rusos, el poder adquisitivo de los habitantes del espacio postsoviético decreció considerablemente bajo las sanciones occidentales.

Sumándolo todo, se nos presenta una situación bastante precaria. El turismo, sector clave de la economía del país, se encuentra ante la amenaza de perder su popularidad por la inseguridad que supone hoy en día. La comida, las medicinas y la energía escasean en el país, lo que enfurece aún más a la población y pone en peligro la situación humanitaria. El presidente constituyó un nuevo gobierno, destituyendo a algunos familiares de puestos de poder. Pero una purga interna no podrá solucionar ni la crisis ni el descontento. Es necesario dinero y con buenas condiciones para defender a las partes de la población que más fueron afectadas, para pagar la deuda e introducir medidas de austeridad.

La trampa del crédito

Sri Lanka, al igual que muchos países en vías de desarrollo, llevó una política de endeudamiento. La tal llamada «trampa del crédito internacional» siempre fue motivo de calentadas discusiones por todo el mundo. Organizaciones internacionales, como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) o gobiernos estatales les proporcionaban crédito. Al no poder pagar la deuda, estos países se veían obligados a subir los impuestos y bajar el gasto público, deteriorando así la sanidad, la educación, etc. Pero el Gobierno de Colombo siguió otro camino. En vez de introducir medidas de austeridad, decidió seguir gastando, haciendo la deuda cada vez más insostenible. Y el país que le ayudó en esta aventura fue China.

Pekín, desde que comenzó su activa participación en la arena internacional, promovió una política de «buen hermano», solidario con el sufrimiento de los países pobres y dispuesto a ayudarles a alcanzar la riqueza. Bancos y fondos estatales chinos, como el Banco Agrícola Chino o el Banco Comercial e Industrial de China, invertían en proyectos de infraestructura. Muchos países, incapaces de pagar la deuda, se veían obligados a negociar con Pekín, dándole privilegios comerciales u otras preferencias. Sin embargo, la retórica de Donald Trump de la «trampa del crédito chino» es considerada un mito, que no hace más que demonizar a China, acusándola de neocolonialismo, ya que el endeudamiento es más bien la culpa de la mala administración del Gobierno que se mete en gastos excesivos, que de las empresas chinas que simplemente buscan proyectos lucrativos.

En lo que se refiere a Sri Lanka el caso más citado por la Casa Blanca fue el puerto de Hambantota, inaugurado en 2010. Era un punto clave del plan maestro de Xi Jinping, líder chino, la Nueva Ruta de la Seda. En el lustro siguiente el puerto resultó ser un fracaso. Los barcos preferían atracar en la capital ceilandesa. Ante este infortunio, Sri Lanka pidió más crédito a Pekín, endeudándose aún más. En 2015, acabó debiéndole 8.000 millones de dólares al gigante asiático, una cantidad inconcebible para la nación isleña. Entonces, Colombo le permitió al China Merchants Bank comprar la mayoría de las acciones de la empresa de Hambantota, acordando un alquiler de 99 años. Así Sri Lanka pudo rellenar sus reservas de divisas internacionales, pero al mismo tiempo se halló en dependencia económica de Pekín.

Ahora Colombo se encuentra en una grave crisis económica y físicamente no puede pagar lo que le debe a los extranjeros: principalmente a China, Japón, la India y el Banco Mundial. Pero para sustentar a su población de más de 20 millones de personas necesita crédito en medio de un default. Una situación verdaderamente precaria. El presidente mantuvo negociaciones con el FMI y el BM. Acordaron ayudas inmediatas de 10 millones de dólares para comprar las medicinas esenciales y alrededor de 500 millones (aún bajo consideración), según Reuters, para lidiar con la crisis, además de posibles reestructuraciones de la deuda. El dinero del FMI suele llevar tiempo en llegar, por lo que Colombo está negociando ayudas económicas de 1.500 millones de dólares con la India, que pretende aprovecharse de la situación para normalizar sus relaciones con la isla, dañadas después del giro de Ceilán hacia Pekín. China, que desde el comienzo mantenía el silencio y no pretendía socorrer a su socio bañado por el océano Índico, prometió ayudas a corto plazo de alrededor de 30 millones de dólares.

Pero todo crédito viene con sus condiciones. Si Sri Lanka quiere recuperar su credibilidad deberá convencer a los inversores, especialmente al FMI y al BM, de que es capaz de pagar su deuda, que esta es sostenible y que no se disparará por el techo de un día para otro. Para eso tendrán que ser cortados los significantes gastos públicos, que antes caracterizaban al país. La oposición frenó por ahora el proceso de moción de censura, esperando el resultado de las negociaciones con los organismos internacionales, pero puede reiniciarlo en cualquier momento si no hay mejora en el horizonte. Aun así, declaró que no entraría en ningún gobierno liderado por el clan Rajapaksa. El resultado de la partida que se está desarrollando en la isla depende en su totalidad del Gobierno de Colombo, de su disposición a realizar cambios radicales para estabilizar la deuda pública y no limitarse a reformas cosméticas.

En este contexto, el primer ministro chino, Li Keqiang, habló la semana pasada en una conversación telefónica con su homólogo esrinlanqués, Mahinda Rajapaksa. Pekín, que ha ofrecido a Colombo su ayuda, estaría dispuesta a desempeñar un papel constructivo en el desarrollo socioeconómico de Sri Lanka, pero ateniéndose al «principio de no injerencia en sus asuntos internos», según informó la agencia china Xinhua.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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