El estancamiento de China: ¿Una oportunidad para Vietnam?

Bandera de Vietnam. | Héctor García, Wikimedia
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Madrid. Mientras China está lidiando con las consecuencias de la política «cero covid», crecimiento estancado y un mercado inmobiliario inestable, Vietnam, su vecino meridional, parece tener un futuro económico prometedor. Con casi 100 millones de población y un PIB de 362.000 millones de dólares, Hanói puede convertirse en una segunda opción para las empresas que quieran diversificar y alejarse del mercado chino.

El Banco Mundial (BM) vaticina que el PIB vietnamita crecerá un 7,5 % en 2022. Esta cifra es más de lo esperado: Hanói contaba con un 6-6,5% este año. Además, Vietnam es uno de los pocos países que no paró de crecer desde hace décadas a pesar de la pandemia, adelantando a China y otras economías regionales. Las exportaciones van en aumento también con un incremento anual de 9,5 %. Mientras tanto, Pekín, la locomotora del progreso en Asia, empieza a sentir los defectos de su modelo de desarrollo.

Las recientes protestas contra las draconianas medidas introducidas por el gobierno de Xi Jinping no hacen más que sacar a luz los múltiples problemas estructurales de la República Popular China. La primera preocupación para los inversores es su deriva autoritaria. El presidente Xi, al que algunos llegan a llamar el «nuevo Gran Timonel», monopolizó el poder en el partido durante su último mandato y lo marcó en tinta en el Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) en octubre. Se dice que nadie desde la época de Mao Zedong tuvo tanto poder como Xi.

Después, las restricciones, iniciativa principalmente del dirigente de Pekín, afectaron considerablemente a los gigantescos puertos de Shanghái y Shenzhen, que quedaron completamente aislados del mundo exterior. La producción se estancó, no pudiendo seguir debido a la dificultad de transportar los recursos y la mano de obra necesaria a las fábricas. A todo esto se le sumó la progresiva crisis inmobiliaria que comenzó con la quiebra de Evergrande en 2021. Esto hizo que la inversión en China sea arte complicado y más arriesgado que antes. La imprevisibilidad y falta de transparencia disuaden de seguir invirtiendo en el gigante asiático.

Vietnam, por otro lado, parece ser un buen sustituto. Para empezar, Hanói puede presumir de una extensa y barata mano de obra. Uno de los problemas con los que se topó Pekín y otros países en vías de desarrollo fue la «trampa del ingreso medio», que hace estancar el crecimiento económico cuando se pierde la competitividad en los salarios. En el mundo globalizado las empresas multinacionales eligen los países donde más privilegios tienen y donde más pueden ahorrar en los gastos en la mano de obra. El salario mínimo en Vietnam es la mitad del chino, mientras que el promedio es cuatro veces menor. El involucramiento laboral es más alto que la media de su vecino septentrional, además de un amplio margen para expandir el capital humano y acoger una producción más intensiva y eficiente.

Esto le daría a Hanói la ventaja comparativa contra Pekín. Algunas empresas, como Apple, por ejemplo, están notando los crecientes riesgos de depender de China y buscan diversificar a su producción. Vietnam les permite tener cerca el gigantesco mercado chino y su exorbitante demanda, evitando sus efectos adversos como la «cero covid» o la encarecida mano de obra. En agosto se supo que la taiwanesa Foxconn y la china Luxshare, principales proveedoras de los productos de Apple, que antes se basaban en Shanghái y Shenzhen principalmente, comenzaron a tantear la producción de Apple Watch y MacBook en el norte de Vietnam. Hanói ya es el segundo mayor socio de Apple después de China, no obstante, este acuerdo puede conseguir que una parte importante de sus fábricas se decanten por Vietnam.

Según informa ‘Financial Times’, la nación asiática tiene la economía digital que más rápido crece en todo el mundo, seguida por la India y México. La tecnología 5G se expande por todo el país, alcanzando 2,4 millones de usuarios (un 2,5 % de la población). A diferencia de China, la población vietnamita es más joven, lo que le da la ventaja a la hora de producir y atraer inversiones en infraestructura.

Además, el país puede presumir de una inflación sostenible de 3,8 %, ya que Vietnam no se vio tan afectado por la crisis alimentaria debido a su extensa producción interna y escasa dependencia del extranjero para sustentar a su población. Esto lo diferencia de algunos países en vías de desarrollo, como Pakistán o la India que están sintiendo los efectos adversos de la guerra en Ucrania en su propia piel.

En general, Hanói parece tener un clima de inversión similar a China en su época de despegue bajo el liderazgo de Deng Xiaoping: una gran población, una mano de obra barata y un mercado abierto a las inversiones extranjeras.

No obstante, el ascendiente sol económico vietnamita puede no ser tan bello como lo pintan. Al fin y al cabo, su situación es similar a la china hace décadas. Vietnam puede ser una solución a corto plazo para las empresas extranjeras, pero al final acabar igual que su vecino septentrional. Si Hanói pretende convertir su desarrollo en algo sostenible no puede seguir paso por paso el modelo económico chino. Serán necesarias reformas estructurales y la pregunta es: ¿será el Partido Comunista vetnamita capaz de llevarlas a cabo? Cualquier liberalización supone ceder poder político, algo que pocos están dispuestos a hacer. La posible expansión del capital humano debido a la inversión extranjera propulsará la creación de una clase media educada que suele ser la primera en demandar cambio político. Hay ejemplos preocupantes en la región para la élite autoritaria de Vietnam. Corea del Sur, regida durante su despegue económico por la dictadura militar férrea de Park Chung-hee, sucumbió bajo la presión popular en 1987 y se convirtió en una democracia. Las protestas estudiantiles en la plaza de Tiananmén en 1988 amenazaron con acabar con el monopolio del Partido Comunista al poder en China.

Además, no se puede garantizar que Vietnam evite la «trampa del ingreso medio», ya que durante la última década los salarios mínimos fueron en aumento junto con el promedio nacional. Si la tendencia sigue igual, Hanói irá perdiendo al igual que Pekín ahora esta ventaja comparativa. Para conseguir un desarrollo sostenible tendrá que fomentar la creación de empresas vietnamitas que puedan competir con las extranjeras, siguiendo el modelo de los tigres asiáticos como Corea o Singapur. Si Vietnam quiere ir más allá de ser solamente un proveedor de mano de obra barata deberá propulsar la demanda local con inversiones en educación y sanidad.

El temporal estancamiento de China puede ser la tormenta perfecta para Vietnam. Aunque Pekín es su principal socio económico, Hanói puede aprovecharse de la demanda de un mercado asiático más seguro que empieza a tener muchas medidas. El camino no será simple, pero el consenso parece vaticinar un futuro prometedor a Vietnam como la segunda «fábrica del mundo».

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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