La muerte de Jiang Zemin despeja aún más el camino a la era de Xi Jinping

El expresidente chino Jiang Zemin. | Kremlin.ru, Wikimedia
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Madrid. Muere Jiang Zemin, dirigente chino entre 1989 y 2003, que fue uno de los autores del despegue económico que vivió el gigante asiático a finales del siglo XX. Llegó al poder en la tumultuosa época tras las protestas de Tiananmen y consiguió estabilizar el sistema y proseguir con las reformas iniciadas por su patrón Deng Xiaoping. Falleció el 30 de noviembre por leucemia, de la que padecía durante años, justo cuando el país se encuentra en medio de las mayores protestas en la China continental en muchos años.

En 1975 muere Mao Zedong que da comienzo a la lucha de poder entre los hombres fuertes de su régimen. Deng Xiaoping, un hombre pragmático que sabía cómo nadie el precio de la dictadura personalista, salió vencedor y comenzó la reestructuración del anticuado sistema, en llamas después del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. Para evitar que se repita el desastre de la época de Mao y la extrema acumulación de poder en unas manos, sus sucesores establecieron un régimen de gobernanza colectiva, donde el poder del partido estaba por encima de la voluntad del líder. Deng, como el cardenal Richelieu, se quedó en la sombra, asegurándose de que las figuras oficiales sigan su línea reformista.

No obstante, las reformas introducidas por Deng llevaron a la liberalización del espacio público que naturalmente despertó las demandas populares de cambio político. Pekín veía como poco a poco se desmoronaba el vecino soviético y sus satélites europeos bajo presión popular. La dimisión en 1986 y consecuente muerte tres años después del reformista Hu Yaobang incitó las protestas de la plaza de Tiananmén, que fueron sofocadas por el Ejército. Los acontecimientos de 1989 cobraron las vidas de cientos de personas. Cuando el humo se asentó era esencial estabilizar el régimen y nombrar a un líder. Por un lado, estaba Li Peng, entonces primer ministro, que fue el que le aconsejó usar las Fuerzas Armadas contra los manifestantes, le preocupaba a Deng por su conservadurismo.

Por otro, Zhao Ziyang, secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), era demasiado blando siendo partidario de negociar con la población. Jiang Zemin, jefe del partido en Shanghái, que consiguió mantener la ciudad más poblada del país lejos de los disturbios que sacudían China, era una figura de compromiso, un tecnócrata que seguiría la tutela de Deng Xiaoping y continuaría con las reformas económicas manteniendo el espacio político bajo llave. Dos semanas después de las manifestaciones se convirtió en el nuevo secretario general.

Jiang llegó en una época difícil. Los medios occidentales veían en él a un dirigente interino, una figura gris creada para tapar el vacío de poder, mientras las élites diseñan una transición estable. El desmembramiento del Pacto de Varsovia y la caída del Muro de Berlín no hacían más que esparcir los rumores de que Pekín sería el siguiente en caer en esta larga fila de países comunistas. Sin embargo, el carismático secretario general demostró tener una resolución política mayor de la esperada. En 1993 ascendió al puesto de presidente, unificando por primera vez desde los años 50 ambos puestos clave.

En la arena económica, Jiang siguió la política de sus predecesores. Durante sus dos mandatos la economía china crecía un 9,8 % por año de promedio. El PIB se duplicó primero en 1996 y después una vez más en 2003. Crecía el nivel de vida y aumentaba la inversión, especialmente en las Zonas Económicas Especiales creadas por Deng. En 2001, China se adhirió a la Organización Mundial del Comercio (OMC), integrándose así por completo en el flujo internacional de capital. Fueron Jiang Zemin y su sucesor Hu Jintao quienes hicieron realidad el milagro económico chino. El gigante asiático se convirtió en la «fábrica del mundo», centro de la globalización y al mismo tiempo introdujo el libre mercado.

Además, Jiang Zemin presidió la reunificación con la ciudad de Hong Kong en 1997, cedida por la corona británica. Se popularizó así el lema «un país, dos sistemas»: el neoliberalismo económico y la libertad política de Hong Kong conyugado con la omnipotencia del partido en la China occidental. Este compromiso, que regía las relaciones entre el Pekín y la rica ciudad, se están convirtiendo ahora en un rudimento del pasado, mientras Xi Jinping instala a patriotas en las posiciones clave. También bajo el mandato de Jiang Zemin China recuperó en 1999 Macao, que estaba en manos portuguesas.

El carismático Jiang Zemin contrasta con el serio y frío Xi Jinping. Al primero le gustaba cantar, algo que demostraba a menudo durante sus visitas al extranjero. Además, hablaba inglés, lo que le daba un cierto atractivo en el mundo anglosajón. En la década a que estuvo en el poder, Jiang abrió China al mundo y se reunió con diversos líderes, entre ellos la reina Isabel II, Bill Clinton y Boris Yeltsin. En 2001 Pekín fue elegida como sede de los Juegos Olímpicos de 2008, que China usaría para fortalecer su ‘soft power’ internacional.

Aun así, a pesar de la idealización actual, ni la época de Jiang, ni la de su sucesor Hu fueron un camino perfecto. En 1996 tuvo lugar la crisis de Taiwán, después de que Pekín lanzase varios misiles alrededor de la isla rebelde como represalia a las relaciones de Washington con el régimen de Taipéi. Algo que ahora se convirtió en el pan de cada día, la cuestión de Taiwán renació entonces como un conflicto congelado, pero no olvidado.

Además, Jiang llegó al poder poco después de la masacre de Tiananmén, que no podía no condicionar su estrategia política. Pekín temía cualquier organización que no estuviese subyugada al partido, que pueda movilizar a la población. Por eso reaccionó de forma tan rotunda contra la secta religiosa de Falun Gong que llegó a tener 70 millones de adeptos por todo el país.

Asimismo, uno de los motivos de la popularidad de Xi Jinping durante su primer mandato era su odio por la corrupción que se comprometió a erradicar costase lo que costase. El nepotismo omnipresente y el juego de tronos entre diversas facciones que reinaba en la época de Jiang y Hu empezaron a cansar al bloque más conservador del partido.

Ahora, en diciembre de 2022 China es muy diferente de cómo la dejó Jiang Zemin. En octubre, Xi Jinping logró un tercer mandato sin precedentes, rompiendo así las reglas de Deng Xiaoping que suponían un límite de tan solo una década en el poder. No por nada llaman a Xi el «nuevo Gran Timonel»: desde 2012 monopolizó el poder en el partido, derivando al país hacia una dictadura personalista, algo que tanto temía Deng.

Pekín se aferra a la política de «cero covid», iniciativa del presidente, a pesar del impacto que tiene en la economía y en el apoyo popular. Pese a los defectos que tuvo, muchos manifestantes se acuerdan con nostalgia de la época del gobierno de Jiang. Su muerte no podía llegar en un momento más inoportuno para Xi, provocando comparaciones con Hu Yaobang, cuyo fallecimiento instigó las manifestaciones de Tiananmen.

Xi dejó claro que la era de Deng, Jiang y Hu ha acabado durante el XX Congreso del Partido Comunista. Las espeluznantes imágenes del expresidente Hu Jintao siendo escoltado fuera de la sala de reuniones lo demuestran. Jiang Zemin muere, mientras China afronta una nueva realidad en la era de Xi.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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