Guerra civil en Birmania (y III): La junta militar se queda sin aliados

Min Aung Hlaing, en 2017. | Mil.ru, Wikimedia
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Madrid. En cuanto al panorama internacional, a pesar de los intentos del Gobierno de Min Aung Hlaing, la junta no consiguió crear la imagen de un socio estable y viable para relaciones comerciales y diplomáticas. El Tatmadaw tuvo más de un año para apretar las tuercas y retomar el control efectivo de la mayor parte del país, pero falló. China y la India, que en su época apostaron más por la junta militar, considerando que ésta defendería mejor sus intereses económicos, están reconsiderando sus decisiones.

Pekín se autoimpuso la restricción de no entrometerse en países en conflicto, prefiriendo mantener relaciones con ambos bandos para que, cuando la situación se estabilice, poder negociar con el ganador. China no suele hacer apuestas en guerras civiles. Pero con Birmania (o Myanmar) hubo un cambio radical. Desde que la junta militar le arrebató el poder a Aung San Suu Kyi en febrero de 2021, China, junto con su aliado septentrional Rusia, enviaron armamento a la administración militar para ayudarle en su conflicto con la oposición.

La lógica de Xi Jinping en este caso era defender las inversiones chinas en el país (que forman parte de la Nueva Ruta de la Seda, plan maestro del presidente chino), apostando por el actor más estable desde el punto de vista de Pekín. Esta decisión conllevaba sus riesgos. Primeramente, China se ganaba así una mala reputación con el pueblo birmano que dañaría en el futuro las relaciones con el país en caso de que la Tatmadaw pierda el conflicto. Además, el apoyo a la junta podría enfadar a algunos de sus vecinos regionales que estaban rotundamente en contra de la dictadura, tales como varios miembros de la ASEAN como Indonesia, Malasia o Singapur.

Ahora, sin embargo, parece que Pekín está volviendo a su política más sopesada y cuidadosa. Según algunas fuentes, China usa la táctica de «palo y zanahoria» con su vecino meridional. El palo es el apoyo que brindan los chinos a las guerrillas en las zonas fronterizas. Así Pekín se asegura de mantener dóciles a los militares en Naipyidó.

La India, otro socio importante de Myanmar, se encontraba indecisa entre dos polos. Por un lado, la junta militar en el país vecino podría ayudarle a mantener a los insurgentes nacionalistas (o comunistas) en el este de la India a raya. Para frenarle los humos al expansionismo de Pekín, la India no puede permitirse perder Myanmar y sus importantes puertos al capital chino. Por otro, Nueva Delhi se comprometió a promover la democracia y la gobernanza popular, algo que es imposible combinar con el apoyo de un golpe de Estado militar sin caer en la hipocresía. Asimismo, vecinos como Bangladesh, principal aliado de la India, verían muy mal un apoyo abierto.

Según pasaban los meses, Naipyidó parece haber desilusionado también a Nueva Delhi. No solo no consiguió estabilizar el país y actuar como estado tapón contra las insurgencias de rebeldes, sino que cayó en una verdadera guerra civil que deja a miles de muertos y provoca que cientos de miles de refugiados se esparzan por la región que carece de las capacidades logísticas para alojar y abastecer a esta multitud.

La crisis migratoria puede causar inestabilidad en todos los países vecinos. Bangladesh es el que más sufre los efectos de la guerra civil en su vecindario. Como un país mayoritariamente musulmán acogió a más de un millón de refugiados rohinyá, sus correligionarios de la provincia de Rakhine que huían del genocidio y la represión organizados por milicias budistas radicales. La mayoría de ellos residen en campos de refugiados cerca de la frontera que suelen carecer de agua, comida y medicamentos suficientes para sustentar a todos.

Otros estados de Indochina intentan mantener la puerta cerrada a la inmigración masiva de Myanmar. Su relativo éxito económico y frágil estado social no puede mantener a los miles de birmanos que abandonan su país. El caso más famoso es Malasia, que, por un lado, critica a las autoridades de Naipyidó por los abusos de derechos humanos, mientras por otro realiza «devoluciones en caliente» de refugiados birmanos: desertores del Tatmadaw, rohinyá, activistas políticos, etc. Esta práctica de Kuala Lumpur captó la atención de la Human Rights Watch que denunció la deportación de refugiados que ponía en peligro su libertad y su vida. Malasia, al igual que la mayoría de los países de la ASEAN nunca llegaron a firmar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados.

Apoyar a Myanmar se está haciendo más una carga que una estrategia astuta. Por eso cada vez más países meditan negociar con la oposición para acabar con la anarquía. En la cumbre de la ASEAN la delegación malaya propuso al bloque establecer relaciones diplomáticas con el NUG (o «gobierno en la sombra» como lo llaman algunos). Además de Singapur, la iniciativa fue también apoyada verbalmente por Indonesia y Brunéi, dos países musulmanes solidarios con la causa rohinyá. El hecho de que Yakarta reciba la presidencia de la organización el año que viene hace pensar que la retórica oficial al respecto se haga más radical con Joko Widodo como líder.

No obstante, no hay unidad en la ASEAN. Tailandia, Vietnam o Laos tienen importantes lazos con China que les impiden ir en contra de los intereses de Pekín. El proyecto de consenso diseñado por el bloque y firmado por los representantes de Naipyidó se convirtió en papel mojado después de que el mundo viese las atrocidades cometidas por el Tatmadaw. La falta de iniciativa y la incapacidad de solucionar la crisis atrae críticas a los dirigentes de la ASEAN. Su política de neutralidad y respeto por la soberanía está siendo cuestionada cada vez más. Varias organizaciones de derechos humanos como Amnesty International o Human Rights Watch instan a los países de la ASEAN a tomar una posición más estricta en cuanto a Myanmar para presionar a la junta a ceder. La crisis de Myanmar es una prueba para la ASEAN, una prueba para demostrar que es algo más que un simple foro regional. Como dijo Joko Widodo, presidente indonesio: «Tenemos una responsabilidad ante el pueblo de la ASEAN y el mundo. SI no actuamos correctamente, la credibilidad e importancia de la ASEAN estarán en peligro».

En definitiva, se puede decir con certeza que la rebelión democrática ha conseguido demostrar ser mucho más fuerte de lo que le vaticinaban los analistas. Consiguió sobrevivir, fortalecerse y reunir aliados tanto internos como internacionales. No obstante, su posición sigue siendo difícil: no tiene ni suficiente armamento, ni la organización necesaria para reunir a todas las fuerzas opositoras en un puño y asestar un golpe decisivo a la junta. Al fin y al cabo, el Tatmadaw puede presumir de una mayor organización y cantidad de armamento moderno. La situación en la que se encuentra la junta militar tampoco es sencilla. Al igual que los talibanes en Afganistán, el Tatmadaw debe demostrar tanto a su propio pueblo, como a los socios internacionales que es un gobierno eficiente que tiene la situación bajo control.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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