Protestas en Irán (I): La locomotora revolucionaria está perdiendo velocidad

Vecindario en la capital iraní, Teherán. | ‫سید محمود جوادی‬‎, Wikimedia
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Madrid. Desde mediados de septiembre la nación asiática de Irán se vio sumida en las mayores protestas de los últimos años que atrajeron la atención de todo el mundo. La causa del levantamiento popular fue la muerte de una mujer, Mahsa Amini, de 22 años, el 16 de septiembre, tras ser prendida por las patrullas de guía (o Policía de la moral) por llevar el velo mal puesto. Los policías afirmaron que la causa de la muerte fue un infarto, pero los familiares de Amini contradijeron el informe oficial, manteniendo que la joven fue pegada durante una hora de «reeducación».

Las manifestaciones comenzaron en su ciudad natal, en Saghez (Kurdistán iraní), pero de pronto se esparcieron por todo el país, especialmente en su parte occidental y septentrional. El Gobierno de Teherán respondió de forma radical para sofocar las sublevaciones. Según la BBC, al menos 76 manifestantes murieron durante las protestas de septiembre de este año. Otros 1.200 fueron prendidos, informan las autoridades iraníes. Irán es uno de los países más aislados del continente asiático. Desde la revolución de 1979 es una teocracia ultraconservadora dirigida por religiosos islámicos.

El país se encuentra bajo severas sanciones occidentales desde la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear en 2018. En los últimos años parece encontrarse con un creciente descontento de su población con el rumbo político que sigue el régimen autoritario del ayatolá Jamenei. ¿A qué se debe esta reacción radical del pueblo iraní? ¿Cuáles son las consecuencias para el futuro de la República Islámica?

La revolución islámica ocurrió hace más de 40 años y acabó con el régimen monárquico del emperador Sah Mohammed Reza Pahlaví. De pronto estalló la guerra entre Irán e Irak que duraría ocho largos años y se llevaría más de un millón de vidas. Desde los 70 y los 80 ya crecieron dos generaciones que nunca vivieron la época del Sah. La edad media en el país es de 32 años, lo que significa que la mayoría de la población vivió toda su vida en la República Islámica de Irán. No vieron las represiones de la SAVAK, policía secreta del Sah, ni el brutal aplastamiento de las protestas de 1963 y 1978. Las caras del fundador del nuevo Estado, el ayatolá Jomeini, y su sucesor, el actual líder supremo Alí Jamenei, las vieron durante toda su vida en las calles, en las escuelas. La población se identifica cada vez menos con el régimen de Teherán. La apatía política va en aumento.

Mientras tanto, la élite política está envejeciendo cada vez más. Muchos de los funcionarios del Estado llevan participando en la vida política del país desde la revolución, tales como el líder supremo Jamenei o el expresidente Rohaní. La gerontocracia se nota especialmente en los órganos estatales que no son electos por la población, sino nominados por el líder supremo: el Consejo de Guardianes, que controla quién puede participar en las elecciones y monitorea la actividad del Gobierno, y la Asamblea de Discernimiento de Conveniencia del Sistema, que asesora a Jamenei y resuelve las disputas entre el Parlamento (llamado Majles) y el Consejo de Guardianes. El sistema no suele aceptar muchas nuevas caras, lo que hace que aleja al país lejos de la población joven.

Aunque la edad media en Irán aumentó considerablemente después de la guerra en los 80 (casi 15 años más), el abismo sigue siendo notable. «Muerte al dictador» gritan los manifestantes. Varias imágenes de Jamenei por el país fueron quemadas durante las protestas. Además, Jamenei ya tiene 83 años y últimamente no hacen más que crecer los rumores de su sucesión. La sustitución de un anciano por otro no parece alegrar mucho a los iraníes, como demuestran las protestas desde 2017.

La creciente apatía política de los iraníes lo demuestra la reciente participación electoral. Irán es una teocracia, pero permite varios elementos democráticos. El jefe del Gobierno (el presidente) es elegido por el pueblo para un máximo de dos mandatos consecutivos de 4 años. Además, los iraníes pueden elegir a sus representantes para el Majles y el Consejo de Expertos, un órgano compuesto por clérigos islámicos que elige al líder supremo. Esta participación popular, aunque restringida por la ley religiosa (o sharía), les permitía a los votantes influir en la política social, en las relaciones internacionales de Irán y en la estrategia económica, incluso.

Los iraníes no desaprovechaban esta oportunidad y se dirigían a los puestos de votación por todo el país. La participación popular en las elecciones presidenciales (que eran consideradas las más importantes e influyentes) en el siglo XXI no solían bajar del 70 % (en 2009 alcanzó un nivel récord del 85 %).

Todo empezó a cambiar en 2021. A finales de 2020 las encuestas vaticinaban la victoria al conservador expresidente Mahmoud Ahmadinejad (2005-2013). En febrero del año siguiente más participantes se sumaron a la contienda: Ebrahim Raisí iba de segundo, después el presidente del Majles Mohammad Bagher Ghalibaf, el antiguo ministro de Exteriores Mohammad Javad Zarif y el expresidente reformista Mohammad Jatamí, en ese orden. Sin embargo, el Consejo de Guardianes no admitió a ninguno de los mencionados candidatos menos Raisí. El exjefe de justicia tenía allanado el camino a la victoria.

Así, la decisión del Consejo no agradó a los iraníes, para quien las elecciones (las presidenciales en particular) eran la única forma de influir en las decisiones tomadas en el país. La participación electoral vio bajos récord: un 48 %. La cantidad de votos de protesta alcanzó un máximo histórico a su vez, aunque el líder supremo prohibiese esta práctica, declarándola haram (prohibido). Algunos de los que antes creían en la participación popular en la República Islámica empezaron a desilusionarse con el sistema.

A la crisis política se le sumaron las protestas de 2021 por la escasez de agua y los apagones de electricidad. La inflación va en aumento, algo que sin querer admitió el presidente en una rueda de prensa. Desde 2018 el crecimiento de precios es mayor de 30 % cada año. Según el análisis de Atlantic Council, Raisí parecía confuso con los datos, por lo que delató una cifra de 60 % de inflación en 2021, un número que ningún iraní común vio antes. El problema es que, según la ley, el país está obligado a ajustar los sueldos y las pensiones a la inflación, lo que significaría más gastos de estado, ahora que se saben los datos reales, calculados por el Banco Central. Varios funcionarios intentaron excusar el error del presidente, pero fueron ridiculizados por el público.

Protestas en Irán (y II): Juego de Tronos en Teherán

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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