GUERRA EN UCRANIA | Rusia y la UE, un juego de pulso

Angela Merkel y Vladímir Putin, en 2018. | Kremlin, Wikimedia
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Madrid. Desde hace seis largas semanas el mundo vive una nueva realidad. La destrucción de ciudades enteras en medio de Europa a manos de la máquina de guerra de Rusia se ha convertido en rutina. Millones de refugiados ucranianos huyen despavoridos a los países vecinos: Eslovaquia, Hungría, Moldavia, Polonia y Rumanía, cuyas economías no parecen estar preparadas para esa inesperada invasión. La Unión Europea (UE), igual que el resto de la comunidad internacional, está ante un cruce de caminos, donde tiene que elegir su siguiente paso con una meticulosidad de relojería.

Armas, armas y más armas

Aunque la OTAN insiste en que no intervendrá en Ucrania, en las últimas semanas ha inyectado a Kiev grandes cantidades de armamento. Primero fueron los famosos misiles transportables americanos «Javelin» (antitanque) y «Stinger» (tierra-aire). Reino Unido también envió sus misiles antitanque NLAW.

En los últimos días antiguos miembros del Pacto de Varsovia donaron su armamento soviético para la causa. Eslovaquia proporcionó a Ucrania un S-300, sistema de defensa antiaérea diseñado en la URSS. La República Checa envió una partida de tanques T-72. Este nuevo «Lend-Lease» nos extrapola al programa estadounidense de suministro de alimentos y material militar a los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial.

En la reunión de la OTAN en Bruselas esta semana, el ministro de Exteriores ucraniano, Dmytro Kuleba, manifestó que «hay tres cosas que necesita Ucrania ahora mismo: armas, armas y… armas». Con los sistemas antiaéreos soviéticos, antitanques occidentales y drones turcos, Kíev reúne una fuerza considerable. ¿Será eso suficiente para frenar a Rusia?

Mientras tanto, la mayor economía de la UE y la segunda en la OTAN, Alemania, parecía eludir el tema. Rompió el hielo a finales de marzo, que estuvo marcado por las declaraciones del canciller Olaf Scholz de que Alemania aumentaría sus gastos de defensa hasta un 2% del PIB, una cifra exorbitante para este país. Si la cuarta economía mundial logra alcanzar ese nivel, se convertiría en la mayor potencia militar de la UE. Esto sería un verdadero giro copernicano que rompería con siete décadas de pacifismo germano.

Ni Barack Obama, ni Donald Trump, ni Joe Biden, ninguno de los tres últimos presidentes norteamericanos ha logrado convencer a Europa de que aumentara su gasto militar. Trump, exinquilino republicano de la Casa Blanca, incluso mencionó la idea de dejar la OTAN, indignado por los minúsculos gastos europeos. El bloque militar se encontraba ante la amenaza de convertirse en un anacronismo frente a la negativa de Washington de proteger a sus aliados.

Pero Vladímir Putin, presidente ruso, logró lo que parecía imposible. Se esperaba que ante la guerra en Ucrania los países occidentales manifestaran sus diferencias, al igual que ocurriera con la guerra del Donbás en 2014. EEUU y sus socios anglosajones introducirían sus sanciones, Alemania y la mayoría de la UE (dependientes del gas ruso) se limitaría a manifestar su indignación y todo acabaría en eso. Sin embargo, como empiezan a percibir muchos miembros de la élite del Kremlin, Putin no podía haber estado más equivocado. El ataque a Ucrania, en vez de sembrar discordia en las filas europeas, trajo una unidad nunca vista desde el final de la Guerra Fría. La UE, lastrada por los desacuerdos, formó un frente común con sus aliados ultramarinos para contrarrestar la amenaza rusa.

Justo después de que Moscú reconociera la independencia de las repúblicas separatistas de Lugansk y Donetsk, Alemania congeló el proyecto «Nord Stream 2», un gasoducto por el fondo del Mar Báltico que pretendía unir los ricos yacimientos rusos con las ciudades alemanas transportando 55.000 millones de metros cúbicos al año (un tercio de todo el gas que la UE importa de Rusia). Algo que debía convertirse en el triunfo geopolítico de Putin, resultó ser una obra faraónica sin resultado práctico alguno.

Este paso marcó un cambio radical en la política de Berlín hacia Moscú. Alemania, queriendo alcanzar la meta de «cero emisiones para 2050», emprendió la difícil ruta de los combustibles ecológicos. Fueron desmanteladas las plantas nucleares y reducido el consumo de petróleo, para ser después sustituidos por gas, la mayoría del cual llegaba de Rusia. Así, Berlín se encontró voluntariamente en una posición de enorme dependencia energética del Kremlin. Cuando Rusia enfurecía a Occidente, los líderes germanos preferían mantener una posición de compromiso, balanceando entre los dos bandos.

Una brecha en las filas

Alemania no es la única que depende del gas ruso. La UE importó en 2021 alrededor de 155.000 millones de metros cúbicos, una cantidad muy significativa. Los mayores clientes energéticos de Moscú (aparte de Berlín) se encuentran en Europa Oriental, Escandinavia e Italia. Prescindir del gas ruso para apoyar las sanciones no es tarea fácil, si es que es posible. A corto plazo ni Noruega ni Holanda (los mayores productores de gas natural en Europa) pueden aumentar su producción, mientras que alternativas como Irán, Azerbaiyán o Turkmenistán no son más que opciones a medio-largo plazo.

Catar, que hace varias semanas firmó un contrato con los alemanes, no puede arriesgarse a perder su hegemonía en el mercado asiático para salvar a la economía europea con contratos a largo plazo. Es una situación muy difícil y peligrosa que no permite actuar con plena libertad. Moscú lo sabe e intenta salvar su situación, demandando que la UE pague el gas en rublos, no en euros o dólares, como se solía hacer. En este pulso  tanto el Kremlin como Bruselas entienden que no pueden ceder un ápice, ya que se arriesgan a perder la partida. El frente europeo parecía fuerte, pero fue debilitado de repente por Hungría, que aceptó las demandas rusas.

Víctor Orban, que arrasó a comienzos de abril en los comicios parlamentarios, se convirtió por cuarta vez consecutiva en primer ministro húngaro. Durante la última década siempre mantuvo una relación cálida con el Kremlin, oponiéndose abiertamente a las sanciones contra el gas y el petróleo ruso. Además, Hungría, junto con Polonia, fue culpada de varias violaciones de las normas democráticas de la UE, promoviendo leyes homófobas, limitando el aborto, aprobando estrictas políticas contra la inmigración y atacando la independencia judicial. Bruselas intentó durante años, pero sin éxito, obligarla a volver al redil.

Aunque Budapest condenase la invasión de Ucrania y no vetase las sanciones de la UE, sus acciones demuestran que no pretende darle la espalda a su antiguo aliado. En represalia, Úrsula von der Leyen, jefa de la Comisión Europea, declaró que va a recurrir al nuevo mecanismo fiscal que permitiría restringir el uso del dinero de la UE para países que no sigan las reglas. Para proceder, sería necesario el voto de 15 países miembros que juntos sobrepasen el 65 % de la población de la Unión. ¿Podrá Bruselas atar en corto al rebelde Orban?

El tablero europeo se presenta difícil. Ambos lados se encuentran en un zugzwang: posición en la que cualquier decisión empeora tu situación actual, pero aun así estás obligado a mover ficha. Altos cargos de la burocracia de la UE admiten que es imprescindible una decisión en cuanto a los carburantes rusos. De hecho, las últimas sanciones impuestas, entre otras cosas, pretenden oprimir la industria de carbón rusa, prohibiendo la importación de este combustible clave para el comercio del gigante euroasiático. Europa no puede prescindir enteramente de las importaciones de Rusia, pero al mismo tiempo no puede mostrar debilidad. Desesperados, los europeos buscan vías de diversificación. La partida geopolítica sigue su rumbo. Rusia movió ficha. Le toca a los europeos.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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