Dos años de guerra en Ucrania (I): La pírrica victoria de la economía rusa

Vladimir Putin y Anton Siluanov, en 2019. | Kremlin.ru, Wikimedia
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Madrid. La economía de Rusia no solo no ha colapsado bajo la presión de las sanciones occidentales tras dos años de conflicto en Ucrania, sino que consiguió crecer en 2023 a un ritmo sin precedentes para un país en guerra. Los vaticinios del Ministerio de Finanzas, liderado por Anton Siluanov, apuntan a un crecimiento del 3,5 % en el pasado año. El Banco Central, aun siendo más conservador, espera un incremento del PIB de entre 1,5 % y 2,5 %. Estos resultados pueden parecer inverosímiles considerando las predicciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) a comienzos de año de que la economía rusa crecería tan solo un 0,3 % en 2023.

No obstante, esta aparente victoria a corto plazo promete convertirse en un peligroso problema estructural en el futuro. El crecimiento de la economía se alcanzó gracias a gigantescas subvenciones estatales al sector militar, hinchándolo hasta tamaños insostenibles y arrastrando a las industrias adyacentes. Aplicando en la práctica la teoría keynesiana, el Kremlin usó la creciente demanda de armamento en el frente para crear nuevos puestos de trabajo, bajando la tasa de desempleo al 2,9 %, un mínimo histórico desde la caída de la URSS en 1991 (eso sí, creando al mismo tiempo una aguda falta de mano de obra calificada). Mientras tanto, la inflación sigue siendo alta -un 7,4 % en diciembre- provocando, entre otras cosas, la caída del rublo, que se depreció un 23 % contra el euro y un 21 % contra el dólar en 2023, obligando al Banco Central a retomar las subidas de tipos de interés en julio.

Habiendo evitado el primer «asalto» a la economía en marzo de 2022 tras la introducción de unas sanciones occidentales sin precedentes, el Kremlin buscó redirigir la maquinaría económica rusa hacia las necesidades de un país en guerra. Todo esto era esencial hacerlo sin que se hundiera la economía, evitando además que el dólar cruzase la frontera psicológica de los 100 rublos por dólar, una variable clave para el público ruso a la hora de juzgar el estado general de la economía. Así surgió el presupuesto del Gobierno para 2024-2026, que «incluye todo lo necesario para la victoria», como dijo Siluanov.

El gasto militar directo alcanza un 29,5 % del presupuesto (el nivel más alto de la Rusia contemporánea), otro 9 % lo dedica el Kremlin a la seguridad interna (policía, servicios especiales, inteligencia, etc.), sumando así casi el 40 % de todo el gasto público dirigido al aparato de fuerza. Además de esto, hay que considerar los gastos sociales en pagas a las familias de los caídos en la guerra, la indexación de las pensiones por edad y discapacidad (entre ellos los heridos de guerra), beneficios por desempleo y la necesidad de sustentar cuatro nuevas regiones anexionadas en septiembre de 2022 que ahora dependen en su totalidad del dinero estatal. El gasto en educación y sanidad mantendrá su valor nominal, lo que significa que bajará en términos reales.

Este gigantesco gasto militar pretende cubrir tanto el reforzado Ejército ruso como las necesidades de los fabricantes de munición, tanques o drones y otras empresas adyacentes que se especializan en microchips, ordenadores, etc. La reputación de la industria militar rusa, que antes presumía de una imagen invencible en las mentes de los políticos occidentales, obligándolos a negociar con Vladimir Putin, quedó mancillada después del 24 de febrero de 2022, fecha del inicio de la invasión, saliendo a la luz todos los defectos estructurales del sector. Las empresas militares, sostenidas en su mayoría por dinero público, fueron multiplicando su ineficacia, haciendo cada vez más costosa su manutención. El incremento de gasto en defensa tendrá un efecto cualitativo marginal, siendo más bien cuantitativo el principal impacto. Cuanto más dure la guerra, más competitividad perderán las empresas que proveen el material militar necesario para continuar el conflicto, convirtiéndose así, de la locomotora del crecimiento económico ruso, en un pesado lastre a largo plazo.

A diferencia de una empresa corriente, una compañía que produce, digamos, chips para los drones iraníes Shahed es rentable gracias tan solo a la demanda gubernamental y no depende de la situación en el mercado. Las fábricas reciben un pedido estatal y lo cumplen, no tienen más compradores normalmente. La demanda internacional de armamento ruso, que podría cumplimentar la demanda interna, cayó un 31 % entre 2018 y 2022, centrándose a día de hoy en China, India, Bielorrusia y Myanmar (estando este último en medio de una guerra civil). Una vez acabada la guerra, la demanda caerá en picado, lo que supondrá una considerable presión para estas empresas. Y a no ser que el Estado siga subvencionándolas, se verán obligadas a despedir a los trabajadores que sobren, lo que incrementará el desempleo, dañará el consumo y ralentizará el crecimiento económico. Este efecto podría contrarrestarse parcialmente si las empresas proveedores de todo lo necesario para el frente diversifican su producción para evitar depender solamente de la demanda gubernamental sobrenatural de equipamiento militar. El hecho de que el sector militar subió mientras la producción industrial total se mantuvo más o menos igual, apunta a unos resultados débiles en los demás sectores.

Un problema añadido es la fuente para la financiación de este déficit público. La deuda interna aumentó un 11,2 % en términos nominales, pero en términos reales (teniendo en cuenta la considerable depreciación del rublo este año) bajó un 15,5 %. La deuda externa también disminuyó, habiéndose dificultado encontrar crédito tras la invasión de Ucrania. Una explicación para este inesperado resultado es el Fondo de Bienestar Nacional (FBN), una considerable reserva monetaria que el Kremlin llevaba amasando durante años para una situación extrema. En épocas prósperas, cuando el petróleo estaba caro, el Ministerio de Finanzas compraba dólares, euros y yuanes, mientras que en épocas difíciles vendía estas reservas para dedicarlas a necesidades sociales como el pago de pensiones, por ejemplo.

Desde que comenzó la guerra el precio del petróleo se tornó demasiado volátil, rompiendo así la regla que usaba el Kremlin para planificar el uso del FBN y obligando al Gobierno ruso a gastar. Según datos del Ministerio de Finanzas, durante los dos años de la guerra el Gobierno ha gastado casi la mitad de la parte líquida del fondo (oro y divisas). A esto se le sumó la caída del rublo este año que obligó al Banco Central a recurrir al Fondo para evitar que el dólar alcance la frontera psicológica de los 100 rublos. La parte menos líquida, compuesta de acciones de empresas rusas e inversiones internacionales, disminuyó bastante menos: un 12 %.

Un caso paradigmático fueron las aerolíneas rusas, que, habiéndose quedado sin licencia para los Boeing y Airbus, fueron rescatados por el FNB, que compró la flota aérea comercial rusa a las empresas occidentales. En otra situación, el Ministerio de Finanzas ayudó a la ferroviaria RZhD (monopolista en Rusia), comprando sus acciones para recapitalizar a la empresa en dificultades. Todas estas intervenciones fueron enmascaradas como inversiones que después le serían devueltas al Gobierno, de allí el incremento de la parte no líquida del Fondo. Como admitió el propio Siluanov, aparte de las acciones de Sberbank hay poco más que vender.

El incremento de gastos fue seguido por un aumento también de ingresos. Además de los beneficios sin precedentes en el sector energético en julio y agosto, el Gobierno organizó varias campañas de impuestos sorpresa sobre ganancias extraordinarias. El ministro Siluanov informó de que el Kremlin recaudó 315 mil millones de rublos (3,4 mil millones de dólares americanos), una parte de los cuales fue dedicada a recomponer el FNB.

La pregunta es si la industria energética, combinada con innovadoras recaudaciones de impuestos y «nuevas fuentes de ingresos» que espera el Kremlin en los tres años venideros podrán sustentar el inmenso gasto que demanda la guerra. Para eso habría que analizar el sector energético, sus resultados en 2023 y sus perspectivas tras dos años de conflicto en Ucrania.

(II) Las muletas del sector energético ruso

(y III) La hidra de la política económica rusa

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Economía y Estudios Internacionales de la Universidad Carlos III de Madrid

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