La relación especial sino-rusa (I): Fronteras heredadas e intereses compartidos con delicados equilibrios

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Madrid. Rusia y China -el país territorialmente más extenso del planeta y la nación más poblada, respectivamente- han sostenido a lo largo de casi cuatro siglos una relación tan prolongada como inherentemente frágil. Unidos por una frontera terrestre de más de cuatro mil kilómetros, ambos países (verdaderos Estados-civilización) han coincidido en distintos momentos en diagnósticos y posicionamientos sobre cuestiones políticas y económicas de alcance global. Sin embargo, bajo esas convergencias circunstanciales subyacen sistemas políticos, tradiciones culturales y trayectorias históricas profundamente disímiles, lo que ha hecho que sus alianzas, siempre intermitentes, resulten complejas, tensas y, en no pocas ocasiones, marcadamente volátiles.

La relación de China con las antiguas potencias coloniales o imperiales revela una disposición a superar agravios históricos que varía sustancialmente en función de si estos fueron zanjados mediante la negociación diplomática o a través del conflicto armado. Con Gran Bretaña, Francia y Japón, los vínculos contemporáneos pudieron redefinirse tras la resolución -explícita y jurídicamente cerrada- de las disputas territoriales. Con Rusia, en cambio, el legado histórico es considerablemente más problemático habida cuenta de las modificaciones fronterizas impuestas a mediados del siglo XIX, con el Tratado de Aigun (1858) y la Convención de Pekín (1860), que nunca fueron formalmente repudiadas ni revertidas. Su validez jurídica y moral continúa siendo objeto de debate en la historiografía y en la memoria política china, proyectando una sombra persistente sobre la relación bilateral hasta nuestros días.

China a comienzos del siglo XIX

A comienzos del siglo XIX, China, bajo el gobierno de la dinastía Qing, seguía siendo una de las economías más vastas del mundo y el principal polo demográfico y cultural de Asia oriental. Su sofisticación administrativa, su producción artesanal y su peso civilizatorio contrastaban, sin embargo, con un retraso creciente en el ámbito de la tecnología militar frente a los imperios europeos inmersos en un acelerado proceso de industrialización. A ello se sumaba una política comercial deliberadamente restrictiva, concentrada en enclaves como Cantón, que limitaba el acceso extranjero y reforzaba la percepción occidental de un imperio cerrado sobre sí mismo. Las potencias europeas, impulsadas por la expansión del comercio global, presionaban cada vez con mayor intensidad para acceder al lucrativo mercado chino, particularmente a productos de alta demanda como el té, la porcelana y la seda.

Las guerras del opio y el desplazamiento del equilibrio de poder

La voluntad del Imperio Británico de corregir su crónico déficit comercial con China condujo a un aumento sistemático del tráfico de opio desde la India bajo control británico, integrando el narcótico en el engranaje del comercio imperial. Gran Bretaña fue el primer «narcoestado», como expone Lyndon Larouche en su obra ‘DOPE, INC. Britain’s Opium War Against the World’ (1978).

El intento de las autoridades Qing de erradicar este flujo en 1839 actuó como detonante de la Primera Guerra del Opio (1839-1842). La derrota china culminó en el Tratado de Nankín (1842), que impuso la cesión de Hong Kong y la apertura forzosa de varios puertos al comercio extranjero. La Segunda Guerra del Opio (1856-1860) profundizó esta dinámica: las fuerzas anglo-francesas ocuparon Pekín y el Antiguo Palacio de Verano fue saqueado y destruido, en un acto de violencia simbólica que marcó profundamente la memoria histórica china.

Estos conflictos erosionaron de manera decisiva la autoridad de la dinastía Qing y aceleraron la penetración extranjera tanto en las regiones costeras como en el interior del país. En paralelo, Gran Bretaña afianzó su influencia en el sur de China; Francia expandió su presencia en el sudeste asiático; mientras que Alemania y los Estados Unidos obtuvieron derechos y concesiones amparados en tratados desiguales. Al mismo tiempo, Japón emprendió una rápida modernización estatal y militar que culminó en su victoria sobre China en la guerra de 1894-1895 y en la anexión de Taiwán.

China no fue colonizada formalmente al estilo clásico, pero sí fragmentada en un mosaico de esferas de influencia. Potencias extranjeras controlaron puertos estratégicos, redes comerciales e infraestructuras clave, imponiendo un orden semicolonial que determinó de manera duradera la relación de China con el sistema internacional y sembró las bases de una profunda conciencia histórica de agravio y vulnerabilidad. Sin el siglo de la humillación es imposible entender la revolución maoísta y el papel jugado hasta la actualidad por el Partido Comunista chino.

La expansión de Rusia en el Lejano Oriente

Mientras China se veía absorbida por conflictos militares en su flanco meridional, Rusia avanzaba de manera sostenida hacia el este a través de Siberia, impulsada por una lógica imperial de largo aliento. Entre sus objetivos estratégicos figuraban el acceso directo al océano Pacífico y la obtención de puertos de aguas cálidas que garantizaran proyección naval y comercial permanente. Este proceso de expansión y consolidación territorial se inició bajo el reinado de Pedro el Grande y se prolongó, con notable coherencia, a lo largo de la dinastía Romanov, convirtiéndose en uno de los ejes estructurales de la política exterior rusa.

En este contexto asimétrico se inscribe el Tratado de Aigun (1858), firmado entre el funcionario Qing Yishan y el representante ruso Nikolay Muravyov-Amursky. El acuerdo reasignó a favor de Rusia los territorios situados al norte del río Amur y estableció un régimen de control conjunto sobre las tierras al este del río Ussuri, a la espera de una delimitación definitiva. Conviene subrayar que el tratado fue suscrito bajo una presión considerable, en un momento en que China se encontraba ya militar y diplomáticamente debilitada por sus enfrentamientos simultáneos con las potencias occidentales. Esta circunstancia ha alimentado, hasta el presente, una lectura crítica de su legitimidad en la memoria histórica y política china.

Este desenlace fue decisivo y estratégico. Como recuerda Sarah C. Paine, en ‘Imperial Rivals’ (en el capítulo titulado «Traditional Chinese Diplomacy in Retreat: The Treaty of Aigun», Routledge, 1985), «el que controle la desembocadura del Amur controlará Siberia, al menos hasta [el lago] Baikal, y la controlará firmemente: porque basta tener la desembocadura de este río y su navegación bajo llave para que Siberia siga siendo el tributario permanente o súbdito del poder que tiene esta llave».

De hecho, la «Encyclopedia Britannica’, sobre el Tratado de Aigun, señala que Pekín inicialmente se resistió a la ratificación, lo que refleja la base de cómo se ha visto el tratado históricamente. A este respecto, resulta de interés el trabajo de Igor Denisov, «Aigun, Russia, and China’s Century of Humiliation» (Carnegie Endowment for International Peace, 10 de junio de 2015), que expone el marco historiográfico chino de Aigun, incluido el modo en que las narrativas chinas interpretaron los tratados como impuestos durante esa época de debilidad.

Apenas dos años después del Tratado de Aigun, el avance de las fuerzas anglo-francesas sobre la capital imperial condujo a la Convención de Pekín (1860). En ese momento crítico, Rusia actuó como mediadora en las negociaciones, una posición que supo capitalizar con notable eficacia estratégica. El acuerdo le otorgó el control pleno de los territorios situados al este del río Ussuri, incluida la zona donde ese mismo año se fundaría Vladivostok, y consolidó además el reconocimiento formal de las modificaciones territoriales previamente obtenidas. La extensión total de las tierras transferidas a Rusia entre 1858 y 1860 suele estimarse en más de un millón de kilómetros cuadrados, aunque las cifras varían según los criterios empleados para definir y medir dichas áreas.

Pablo Sanz Bayón

Profesor de Derecho Mercantil. Analista de asuntos financieros, comerciales y regulatorios internacionales.

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