La solución al “bucle” de las dos Coreas: Firmar la paz e iniciar una etapa sin armas nucleares

Madrid. Corea del Norte sigue mostrando músculo nuclear con su nueva prueba de su primer misil hipersónico, de moderna tecnología, en tanto Corea del Sur espera que el régimen norcoreano responda a sus llamadas a través de las líneas de enlace y militares para restaurar la comunicación transfronteriza y poner fin a la guerra que enfrentó a las dos partes con la firma de un tratado de paz, aunque el líder Kim Jong-un se agarra a su armamento nuclear como su mejor defensa y seguridad, mientras la comunidad internacional reclama una península coreana sin armas nucleares.

Kim Jong-un llegó al poder en Corea del Norte el 28 de diciembre de 2011 tras el fallecimiento de su padre, Kim Jong-il, y desde entonces el joven Kim y su régimen han mostrado siempre su predisposición en modernizar y desarrollar todo su arsenal nuclear, dejando en segundo lugar la economía, que es la que realmente puede mantener más tiempo y con mejor infraestructura política a su régimen. 

Una política económica en la que tiene buenos referentes, pues tanto Vietnam como China, con regímenes comunistas, pueden servirle a las autoridades norcoreanas como modelo a seguir. Eso sí, antes habrá que levantar las sanciones que pesan sobre el país a cambio de un progresivo desmantelamiento nuclear, dado que Corea del Norte vive una aguda crisis económica, posiblemente uno de sus peores momentos económicos desde los años noventa. Las armas nucleares no van a dar desarrollo ni bienestar al país. 

La tensión nuclear no soluciona nada y Pyongyang y Seúl deben sentarse en la misma mesa de diálogo antes de que el gobierno del presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, quien no puede optar a la reelección, pierda, según los sondeos, la Presidencia surcoreana, que caería en manos, en los comicios de marzo de 2022, de la oposición, más beligerante con Pyongyang

La coincidencia es unánime en el sentido de que Corea del Norte no tiene motivos ni argumentos para provocar a su vecina del Sur, y en el caso de un mayor recrudecimiento tensional en la península coreana Pyongyang saldría más perjudicada, pero lo vital es que el Norte y Sur establezcan unas relaciones de confianza y de reciprocidad, estancadas desde la cumbre celebrada entre Kim Jong-un y Donald Trump en Hanói en febrero de 2019, antes de que se celebren las elecciones presidenciales de marzo de 2022.

Nadie pone en duda el desarrollo nuclear norcoreano, incluso el lanzamiento, esta pasada semana, del nuevo misil hipersónico, bautizado como Hwasong-8, muestra que esta tecnología se encuentra en “fase temprana de desarrollo”, dice el Estado Mayor Conjunto (JCS) surcoreano. Aun así, pese a ese despliegue, tanto Seúl como Washington podrían detectarlos e interceptarlos.

No obstante, y pese a las dos pruebas previas precedidas dos semanas antes por Pyongyang, a las que el Sur respondió probando su primer misil balístico lanzado desde un submarino (SLBM), la firma de un tratado de paz es vital para encauzar una nueva etapa en la península coreana sin armas nucleares, en la que nadie va a atacar a nadie y, así, los presupuestos de Defensa se verían reducidos para otras partidas necesarias. Son más de 70 años con esta larga historia, el hastío de la ciudadanía es total y un despilfarro económico brutal.

Por ahora, lo único que se sabe es que esta nueva tecnología sigue aún en desarrollo y parece ser que sólo Rusia y China tienen capacidad operativa de estos misiles o vehículos hipersónicos, que técnicamente rompen en vuelo al menos cinco veces la barrera del sonido, o sea, superan los 6.177 kilómetros por hora.

Pero está claro que la mejora del arsenal nuclear de Corea del Norte le sirve al régimen de Kim Jong-un para sentar sus propias bases de mayor fuerza y seguridad ante un posible retorno al diálogo, la única vía para poner fin a la crisis permanente que vive la península coreana.

Corea del Norte insiste que el lanzamiento de un “misil hipersónico” y de un “misil antiaéreo avanzado” tienen como objetivo principal la “autodefensa” del país y al mismo tiempo denuncia que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas mantenga en silencio los ejercicios militares entre Corea del Sur y Estados Unidos. O sea, seguimos en el mismo “bucle”, tal y como se ha mantenido en los últimos años. ¿Hasta cuándo? 

Pyongyang ya disparó dos misiles balísticos de corto alcance desde un tren y lanzó un misil de crucero de largo alcance, lo que supone un total de cuatro pruebas de misiles en los últimos 20 días y evidencia que su programa nuclear sigue operativo con nulas posibilidades de reducirlo mientras no haya unos acuerdos definitivo entre las Coreas y Estados Unidos. 

Pero claro, el hecho de que Corea del Norte ha reactivado instalaciones capaces de fabricar combustible que puede usarse en bombas nucleares, y que Seúl ha respondido lanzando un misil balístico desde un submarino y anunciado a la vez el desarrollo de diferente armamento de nueva generación, justifica una mayor escalada militar en la que está sumida la península coreana.

Han pasado 70 años y así pueden pasar muchos años más, pero el fondo del problema radica en facilitar la “confianza” al régimen de Kim Jong-un de que nadie va a invadir a Corea del Norte, en una lenta pero firme desnuclearización de la península coreana, el levantamiento de las sanciones y la vuelta a las conversaciones, suspendidas desde el fracaso de la cumbre de Hanói en febrero de 2019.

Unos diálogos que tienen el visto bueno de China y Rusia, lo que facilitaría una buena infraestructura política para el régimen norcoreano, que debe tener la certeza que ni EEUU ni Corea del Sur van a atacarla, y tampoco Pyongyang atacará a nadie. Todos están de acuerdo que el régimen es intocable, pero las desavenencias vienen de la necesidad de un modelo económico dentro del régimen para el desarrollo del país y el abandono de su programa nuclear. Seguridad y confianza, básico para Pyongyang.

Mientras, Kim Jong-un, en una muestra de firmeza para asegurar su posición política, rechaza dialogar con EEUU por mantener una política “hostil” hacia su país, trata de acercarse a Seúl pese al incremento de la tensión militar en la península coreana con el lanzamiento de misiles, pero Washington sigue ofreciendo Pyongyang su cooperación en asuntos humanitarios y resalta que no tiene hostilidad alguna contra Corea del Norte. Pero el «bucle» sigue ahí. 

Ahora que la hermana del líder coreano, Kim Yo-jong, ha sido elegida como nuevo miembro de la influyente Comisión de Asuntos Estatales, y cada vez cuenta con más poder dentro del régimen, se espera que mejoren las relaciones entre las dos Coreas y ello facilite el acercamiento con EEUU, pese al rechazo de Kim Yo-yong a un “diálogo sin condiciones” que Washington ofreció recientemente a Pyongyang para reactivar las conversaciones sobre desnuclearización.

Las dos Coreas permanecen técnicamente en guerra, ya que el conflicto que las enfrentó entre 1950 y 1953, y en el que Estados Unidos lideró la coalición que apoyó al Sur, acabó con un alto el fuego, el actual armisticio, y no un tratado de paz. Con la firma de un tratado de paz se sellaría el primer paso hacia la “normalidad” en la península coreana y enterraría ese “bucle” que lleva más de 70 años de convulsiones políticas, ayudando a la convivencia pacífica de los coreanos de ambos lados.

Santiago Castillo

Periodista, escritor, director de AsiaNortheast.com y experto en la zona

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