El conflicto no solo está en Irán (I): Asia se rearma ante la rivalidad entre EEUU y China

Madrid. Pese a que el foco de la inestabilidad mundial se encuentra en estos momentos en la guerra en Irán y sus impredecibles consecuencias geopolíticas, la seguridad del Indo-Pacífico está experimentando una metamorfosis profunda desencadenada por la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, los dos países que más dinero dedican a la defensa al aglutinar la mitad del gasto militar mundial.
El analista Fu Qianshao, citado por el diario ‘Global Times’, señala esta misma semana que se producirá un aumento del 7 % en el presupuesto de defensa chino, que alcanzará este año unos 277.000 millones de dólares, tras incrementos del 7,2 % en 2025, 2024 y 2023, con las pretensiones soberanistas sobre Taiwán de fondo.
Mientras, Estados Unidos, tal como ya ha manifestado en varias ocasiones es este mismo año el presidente Donald Trump, el presupuesto militar para 2027 debe crecer un 50 por ciento. En otras palabras: dicho gasto superaría en más de 1,2 billones de dólares el presupuesto de China. Así, el gasto en defensa de Estados Unidos será seis veces más grande que el del gigante asiático, consolidando una brecha sin precedentes entre ambas superpotencias.
Por tanto, el nuevo reordenamiento global dependerá mucho de China y Estados Unidos, cuyos líderes se verán las caras en Pekín a finales de marzo. No obstante, el Centro Japonés de Estudios Económicos, que había pronosticado el liderazgo chino para 2028, ahora lo retrasa a 2033, mientras que el banco de inversión estadounidense Goldman Sachs también considera que habrá que esperar a 2035 para que China sea número uno mundial.
Mientras tanto el rearme en Asia no se detiene. El rápido ascenso militar de Pekín y las operaciones este año de Washington para acabar con los regímenes de Venezuela y de los ayatolás han agitado el tablero internacional, si bien las tensiones globales se vienen percibiendo desde hace tiempo. Una muestra de ello son las políticas de defensa de países como las dos Coreas, Singapur, Malasia, Filipinas, Vietnam o Indonesia, que, antes de los conflictos a los que estamos asistiendo en 2026, ya estaban reforzando activamente sus capacidades militares, diversificando alianzas y, en algunos casos, desarrollando industrias de armamento propias para ganar margen de maniobra ante esta errática coyuntura.
Detrás de ello subyace una lógica defensiva marcada por el temor de estos países a quedar atrapados en una escalada no deseada entre Estados Unidos y China. El Indo-Pacífico, que concentra una enorme parte de la población mundial y rutas marítimas clave por las que discurre una gran proporción del comercio internacional, se está adaptando a un equilibrio de poder en transformación.
Durante décadas, la seguridad en Asia Oriental descansó en una combinación de supremacía militar estadounidense, alianzas bilaterales asimétricas y la relativa moderación estratégica de China. Esta situación ha cambiado significativamente después de que el gigante asiático llevara a cabo la mayor modernización militar de su historia reciente, convirtiendo al Ejército Popular de Liberación (EPL) en una fuerza capaz de disputar a Estados Unidos el control operativo en el llamado «primer anillo de islas» -que se extiende desde Japón hasta Filipinas, pasando por Taiwán- y de proyectar poder más allá de su periferia inmediata.
La renovación de su flota, el desarrollo de misiles de largo alcance, las capacidades antisatélite y cibernéticas, así como la expansión de fuerzas auxiliares como la guardia costera y la milicia marítima, han ampliado notablemente el abanico de instrumentos con los que China puede presionar a sus vecinos sin cruzar el umbral de un conflicto abierto. En el mar de China Meridional, estas capacidades se han traducido en tácticas de «zona gris» -desde rodear barcos de otros países hasta controlar físicamente áreas sensibles- que dificultan la respuesta de otros Estados y erosionan gradualmente el statu quo.
Tampoco debe obviarse su amenaza aérea. Los aviones de combate más modernos de China, los Chengdu J-20 y el Shenyang J-35, pertenecen a la llamada quinta generación y están diseñados para ser difíciles de detectar por radar, compartir datos con otras plataformas y operar en combate aéreo avanzado.
Estados Unidos, por su parte, ha intentado responder reforzando su presencia militar, impulsando formatos «minilaterales» como el AUKUS -la alianza de seguridad trilateral formada por Australia, Reino Unido y Estados Unidos en 2021, centrada en la defensa y estabilidad del Indo-Pacífico- y redistribuyendo fuerzas para hacerlas más móviles y resilientes.
Sin embargo, el énfasis en la doctrina «America First» de la Administración Trump, las presiones a los aliados para que aumenten su gasto en defensa y las dudas explícitas sobre el valor de las alianzas tradicionales han sembrado inquietud incluso entre socios históricos de Washington. El resultado es un entorno en el que los países asiáticos perciben que no pueden depender exclusivamente de la protección estadounidense ni ignorar el creciente peso de China. Algo parecido a lo que está pasando en Europa, que está inmersa en un intenso debate sobre autonomía estratégica en materia de defensa tras la reconfiguración de las relaciones transatlánticas. En ese trance histórico, Bruselas anunció hace un año la movilización de 800.000 millones de euros para el proyecto de rearme europeo.
Se trata de un nuevo orden mundial en el que la defensa emerge como un componente estructural. El repunte sostenido del gasto militar tras la guerra en Ucrania refleja que la seguridad y las capacidades industriales avanzadas son cada vez más valiosas y determinantes en un mundo en el que la cooperación multilateral pierde protagonismo frente a la rivalidad entre grandes potencias.
El gasto militar mundial lleva más de 20 años en aumento y, en 2024, se disparó en las cinco regiones del mundo hasta alcanzar un nivel récord de 2,7 billones de dólares, según el último informe de las Naciones Unidas. Para ponerlo en perspectiva, esa cifra equivale a una aportación por cada habitante del planeta de 334 dólares. Esto es diecisiete veces superior al gasto total destinado a vacunas contra la Covid-19.
Izumi Nakamitsu, Alta Representante de la ONU para Asuntos de Desarme, ha señalado que las tendencias mundiales del gasto militar muestran un desequilibrio sistémico, en el que «se prioriza la militarización frente al desarrollo». El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, con sede en Londres, ha destacado que el engorde de los presupuestos de defensa revela que estamos ante un entorno global de inseguridad creciente, donde países de Europa y Asia elevan sus inversiones militares para responder a amenazas percibidas. Además, el ‘think tank’ subraya que estas tendencias estructurales no son temporales, sino más bien parte de un ajuste estratégico profundo ante un mundo que «ha entrado en un periodo más peligroso», caracterizado por la volatilidad y la competitividad, en el que se trata de dar respuesta a conflictos, tensiones territoriales y a riesgos crecientes en múltiples regiones.
El nuevo escenario geopolítico y este incremento permanente del gasto militar han tenido un efecto muy claro en las cotizaciones de las empresas del sector de defensa ante la expectativa de mayores contratos, con alzas acumuladas de doble dígito en muchos casos. Los analistas inciden en que este comportamiento bursátil no es puntual, sino parte de una espiral que tendrá continuidad en los mercados financieros. Los inversores ven a la industria de defensa como un sector de crecimiento en un clima de tensiones persistentes y compromisos presupuestarios elevados de los gobiernos en materia de defensa, a medida que se va deshilachando la red de alianzas tejida durante décadas tras los sangrientos conflictos del siglo XX.
Bajo este enfoque, la región del Indo-Pacífico cobra especial relevancia. Según un análisis del Real Instituto Elcano, esa franja del planeta se ha convertido en un eje central de seguridad y política internacional, no solo por su dinamismo económico sino porque las grandes potencias están reconfigurando sus intereses allí. Además, la guerra de Rusia en Ucrania ha reforzado la percepción de que la seguridad europea y la del Indo-Pacífico están intrínsecamente conectadas. «La existencia de un vínculo inherente entre la seguridad transatlántica y la del Indo-Pacífico puede resultar evidente, especialmente en lo que respecta a Taiwán (potencial escenario de un conflicto de gran envergadura) y al mar de China Meridional (donde predominan las disputas sobre la delimitación de fronteras marítimas), pero también en relación con una paz duradera en la península de Corea«, señala. Por tanto, se infiere que las consecuencias de un error de cálculo por parte de Trump, y el líder chino, Xi Jinping, serán irremediablemente globales.
Se atribuye a Otto von Bismarck, uno de los grandes arquitectos de la política europea del siglo XIX, la idea de que la política es el arte de lo posible. Ante el actual reajuste acelerado del equilibrio de poder, conviene tener en cuenta una lección histórica: cuando las grandes potencias dejan de reconocer los límites de lo posible, el coste lo pagan todos. Solo hay que observar la brusca escalada del precio de la gasolina por la guerra de Irán en apenas unos días.
Hoy, entre Washington y Pekín, el verdadero desafío no es únicamente quién abandera el orden internacional, sino si serán capaces de administrar su rivalidad dentro de márgenes que preserven la estabilidad mundial.







