El conflicto no solo está en Irán (y II): Asia se rearma en una carrera regional impulsada por el giro de Japón

Madrid. Dentro del sustancial cambio geopolítico que está disolviendo como un azucarillo el esquema de relaciones internacionales establecido tras la Segunda Guerra Mundial, Japón representa uno de los giros estratégicos más significativos. Durante décadas, Tokio mantuvo una postura de contención autoimpuesta, limitada por su Constitución pacifista y por la sensibilidad histórica de sus vecinos. Ese paradigma está llegando a su fin.
Junto con el actual rearme de Alemania, país también derrotado en 1945, la deriva de Japón constituye uno de los fenómenos de política internacional más destacados del siglo XXI, en medio del deterioro del escenario geopolítico, el cambio en el sistema de alianzas y las notables transformaciones tecnológicas del poder militar. El incremento sostenido de las capacidades militares chinas -especialmente en torno a Taiwán y a las islas Senkaku/Diaoyu– ha llevado al archipiélago a replantearse los fundamentos de su política de seguridad.
El aumento del gasto en defensa hasta niveles cercanos al 2 % del PIB, con la perspectiva de avanzar aún más, marca un punto de inflexión. Japón no solo está ampliando su presupuesto, sino que está invirtiendo en capacidades ofensivas de largo alcance, como misiles para atacar bases enemigas, y en sistemas avanzados de vigilancia y defensa aérea. Paralelamente, se están relajando restricciones históricas a la exportación de armas y fomentando proyectos conjuntos con socios como Estados Unidos y Australia. Este viraje busca reforzar la disuasión frente a China, pero también enviar una señal de autonomía estratégica. Tokio quiere ser visto no solo como un aliado fiable de Washington, sino como un actor capaz de defender activamente sus intereses.
El Gobierno de Japón ha aprobado recientemente un presupuesto récord en materia de defensa para este año ante las tensiones con China. En la campaña electoral, la primera ministra nipona, Sanae Takaichi, dejó abierta la puerta a medidas contundentes si el gigante asiático atacaba Taiwán, lo que desató automáticamente críticas de las autoridades chinas sobre el incremento del gasto militar japonés ante el riesgo de una escalada en la región.
Por su parte, Corea del Sur vive una situación particular entre la amenaza latente del líder norcoreano, Kim Jong-un, y la competencia con China. Tradicionalmente, la posibilidad de un nuevo conflicto con Corea del Norte ha justificado una estrecha alianza militar con Estados Unidos. Sin embargo, la pugna entre Washington y Pekín está ampliando el horizonte de riesgos para Seúl. China es su mayor socio comercial, pero también un actor cuyo peso militar y político condiciona cada vez más el devenir regional.
En este marco, Corea del Sur ha intensificado la modernización de sus Fuerzas Armadas y ha apostado por convertirse en una potencia exportadora de armamento. La expansión de su industria de defensa no solo responde a objetivos económicos, sino también a una estrategia de autonomía: desarrollar capacidades propias reduce la dependencia tecnológica y refuerza su posición negociadora frente a aliados y competidores.
Al mismo tiempo, Seúl ha profundizado la cooperación trilateral con Estados Unidos y Japón, especialmente en ámbitos como la defensa antimisiles y los ejercicios conjuntos. Esta convergencia, impensable hace apenas una década por las tensiones históricas con Tokio, refleja la percepción compartida de que el entorno estratégico se ha vuelto más peligroso. No obstante, Corea del Sur intenta evitar una confrontación directa con China, calibrando cuidadosamente sus mensajes y manteniendo una retórica que enfatiza la estabilidad en la región.
Otro caso que merece atención es el de Filipinas. La creciente asertividad china en el mar de China Meridional -incluidas incursiones en su zona económica exclusiva y enfrentamientos de baja intensidad- ha obligado a Manila a reconsiderar sus prioridades de defensa. El proceso de modernización militar se ha acelerado, con inversiones en capacidades navales, aéreas y de misiles destinadas a reforzar la disuasión marítima. Paralelamente, Filipinas ha revitalizado su alianza con Estados Unidos, ampliando el acceso de las fuerzas estadounidenses a bases estratégicamente situadas cerca de Taiwán y de las rutas marítimas clave.
Sin embargo, la experiencia filipina también ilustra los riesgos de una dependencia excesiva de Estados Unidos. La ambigüedad de la política estadounidense ha llevado a Manila a buscar un delicado equilibrio entre disuasión y diplomacia. Mantener canales de comunicación con Pekín y evitar gestos que puedan interpretarse como una provocación directa forman parte de una estrategia destinada a reducir el riesgo de incidentes que puedan escalar rápidamente.
Malasia, aunque bajo un enfoque prudente, ha optado por fortalecer gradualmente sus capacidades defensivas y, sobre todo, por apostar por la cooperación industrial. Los acuerdos de producción conjunta de sistemas de armas con Corea del Sur reflejan una estrategia orientada a adquirir tecnología, desarrollar una base industrial propia y evitar una dependencia excesiva de un único proveedor.
Esta postura encaja con la tradición diplomática malasia de equilibrio y no alineamiento. Kuala Lumpur busca preservar su autonomía estratégica, participar activamente en foros multilaterales como la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y evitar verse arrastrada a una lógica de bloques que limite su margen de maniobra.
Asimismo, Indonesia, la mayor economía y el país más poblado del Sudeste Asiático, mantiene una tradición de no alineamiento desde su independencia del Estado neerlandés a finales de los años cuarenta del siglo pasado, si bien el paso decisivo hacia esa postura fue la Conferencia de Bandung en 1955, organizada por el entonces presidente Sukarno. Sin embargo, aunque esto sigue influyendo en su política de defensa, el aumento de la presencia china en aguas cercanas a sus zonas económicas exclusivas ha impulsado un refuerzo gradual de sus capacidades militares.
Yakarta ha incrementado su gasto en defensa, con especial atención a la modernización naval y aérea. El objetivo: proteger la soberanía y disuadir incursiones en áreas sensibles. Indonesia evita mencionar explícitamente a China en su discurso oficial, pero sus decisiones estratégicas reflejan una adaptación clara al nuevo entorno de seguridad.
Además, Indonesia aspira a desempeñar un papel de liderazgo dentro de la ASEAN, promoviendo soluciones multilaterales y mecanismos de gestión de crisis que reduzcan la probabilidad de escaladas. Esta diplomacia activa busca compensar las limitaciones militares mediante influencia política.
Por su parte, Singapur, pese a su reducido tamaño, es uno de los actores más sofisticados en términos de defensa. Su estrategia se basa en una disuasión creíble apoyada en tecnología avanzada, una industria de defensa integrada en cadenas globales y una intensa cooperación con múltiples socios.
La inversión en sistemas de alta tecnología -incluidos aquellos destinados a contrarrestar drones y amenazas asimétricas- refleja una lectura pragmática del entorno regional. Singapur no puede permitirse una dependencia exclusiva ni de Estados Unidos ni de China, por lo que cultiva relaciones de seguridad diversificadas mientras mantiene una diplomacia cuidadosa que evita alineamientos rígidos. Esta perspectiva convierte a Singapur en un ejemplo de cómo un Estado pequeño puede maximizar su autonomía estratégica en un contexto de competencia entre grandes potencias.
Australia, por su parte, ha sido uno de los países más explícitos al reconocer que el crecimiento militar de China exige una respuesta estratégica. La percepción de que las rutas marítimas y los contrapesos de poder en el Indo-Pacífico están en juego ha llevado a Canberra a redefinir su papel regional.
El acuerdo AUKUS, que contempla la adquisición de submarinos de propulsión nuclear con ayuda de Estados Unidos y el Reino Unido, simboliza esta transformación. Más allá del componente tecnológico, el AUKUS -en el que participan Estados Unidos, Reino Unidos y Australia- representa una apuesta política por una disuasión avanzada y por una integración aún más profunda con la arquitectura de seguridad liderada por Washington. Esta meta está en consonancia con la del QUAD -foro estratégico informal establecido entre Estados Unidos, Japón, Australia e India-, que busca un «Indo-Pacífico libre y abierto».
Australia también está invirtiendo en capacidades de largo alcance, drones y sistemas de vigilancia, al tiempo que expande su infraestructura naval en el Índico. Estas medidas buscan asegurar la libertad de navegación y reforzar su credibilidad como actor de seguridad. No obstante, es consciente de que su política incrementa la fricción con Pekín y, por ello, insiste en la necesidad de mantener mecanismos de comunicación que eviten incidentes militares.
Pero si hay un ejemplo paradigmático de rearme en la región ese es Taiwán. La isla cuenta con capacidad para atacar objetivos en territorio continental chino, en un ambiente de permanente tensión en el estrecho de Formosa, que en los últimos años ha albergado de forma recurrente maniobras militares tanto por parte de Taiwán como del gigante asiático. Recientemente, el Ejército taiwanés ha probado en la zona el sistema lanzacohetes Himars de fabricación estadounidense, con el objetivo de reforzar la capacidad disuasoria ante una eventual ofensiva de Pekín, que sigue considerando este territorio como una provincia bajo su soberanía.
El pasado diciembre, Estados Unidos aprobó un paquete histórico de venta de armas a Taiwán valorado en más de 10.000 millones de dólares, lo que ha tenido como respuesta sanciones chinas. Algunos funcionarios chinos han señalado que el líder chino, Xi Jinping, podría pedir al presidente estadounidense, Donald Trump, una declaración pública más clara de su postura respecto a la independencia de Taiwán o su «unificación» con China. Un asunto que verá si se toca en la visita que Trump hará a China a finales de marzo.
Tampoco Vietnam queda rezagado militarmente en Asia. El país acaba de celebrar el 80 aniversario de la fundación del Ejército Popular de Vietnam (EPV), una institución venerada por la sociedad vietnamita, pues no en vano es el único Ejército del mundo que ha ganado en la era moderna sus enfrentamientos bélicos a las tres potencias mundiales en diferentes periodos entre 1945 y 1979 a Francia, Estados Unidos y China. Además de ser una referencia en términos de crecimiento económico mundial, Vietnam cuenta con un presupuesto en defensa que refleja su fuerte desarrollo global. Esta partida mantiene en 2026 una tendencia el alza, lo que permite, a su vez, que el país se consolide cada vez más como una potencia regional estratégicamente importante.
O India, potencia nuclear junto a Pakistán, que acaba de hacer la mayor compra militar de su historia en cerca de 43.000 millones de dólares. Una rivalidad entre ambos países que constituye uno de los conflictos geopolíticos más peligrosos del mundo.
Otro actor que nunca debe obviarse es Corea del Norte. El régimen de Kim Jong-un está intensificando el desarrollo de armamento sofisticado, incluyendo misiles balísticos avanzados y un mayor arsenal nuclear, a pesar de las sanciones internacionales. Con ello, busca consolidar su poder militar modernizando sus fuerzas convencionales y capacidades submarinas, involucrándose incluso en el suministro de armas a Rusia en el contexto de la guerra en Ucrania.
Corea del Norte cuenta con un ejército de siete millones de soldados y se consolida como el país más militarizado del mundo. En octubre, presentó un nuevo misil balístico intercontinental (ICBM), el Hwasong-20, un sistema de armas nucleares estratégicas más poderoso hasta ahora, en una muestra de su seguridad. El apoyo de Moscú ha permitido a Pyongyang modernizar su arsenal, avanzar en misiles y drones, generando preocupación por la estabilidad regional y la proliferación tecnológica.
En cualquier caso, la narrativa que ya empiezan a hacer propia los expertos y los columnistas es que la posesión de la bomba nuclear convierte a Corea del Norte en intocable. No hay visos de que se vaya a producir una intervención militar para acabar con Kim Jong-un como ha sucedido con Alí Jameneí en Irán o Nicolás Maduro en Venezuela. Pero eso sí, Kim Jong-un sabe que Trump tiene obsesión por la capacidad nuclear de Pyongyang, un escollo hasta ahora difícil de sortear, ya que no logra cerrar un encuentro con el líder norcoreano para afrontar el asunto nuclear, que para Kim es el pilar en el que descansa su régimen.
El reforzamiento militar de los países asiáticos es, en gran medida, una respuesta racional a la incertidumbre estratégica. Sin embargo, esta dinámica entraña riesgos evidentes. El aumento de capacidades, ejercicios y despliegues incrementa la probabilidad de incidentes no intencionados, especialmente en espacios disputados como el mar de China Meridional, el mar de China Oriental o el estrecho de Taiwán. El reto central del Indo-Pacífico en la próxima década será, por tanto, encontrar un equilibrio entre disuasión y diplomacia que permita convivir con la competencia sin caer en el conflicto.







