¿En qué estación florecen los kimonos?

Madrid. En las cuatro. Además de las de metros y autobuses, a veces. No, por supuesto que no hablamos de los sakuras y su florecimiento en primavera. Pero el kimono no decae, una prenda que tiene sus orígenes en el siglo XV y más ahora con la inminente celebración de los Juegos Olímpicos del próximo verano.

La primera floración del kimono, ese vestido simbólico de Japón, se da exactamente el 1 de enero. No falla, no hay que estar pendiente. Sus colores peregrinan por caminos sagrados hacia templos sintoístas o budistas o alegran cualquier barrio o rincón del país, en esas visitas festivas a familiares y amigos, por el nuevo año.

Después, durante los doce meses, en toda celebración de mayorías de edad, graduaciones universitarias, fiestas nacionales, bodas, funerales, éxitos de la empresa…siempre que haya algo muy humano que celebrar. Si te vas al hall de un gran hotel tienes asegurado el espectáculo, casi cualquier día del año, con solo ver pasar los asistentes hacia los salones anunciados a la entrada.

Sensación agridulce, en el último viaje, al ver el híper-florecimiento de kimonos por tantas calles turísticas. Verlos de lejos era ilusionante. De cerca lo primero fue: los han prostituido. Los modales, las formas, los movimientos, las voces, en una palabra, el estilo, desbarataban su elegancia y armonía. El kimono se merecía un respeto formal en el trato. Hasta los mismos tejidos demasiado baratos, diseños de dragón y “obis” (faja ancha de tela) postizos se acercaban a la mala caricatura.

Agencias maléficas, según algunos, vendían tours a extranjeros, incluyendo el ir “disfrazado” de kimono, y recorrer así sus rutas en grupos estridentes.  Que se pongan a jugar de “cosplays” con ellos, pero en sitios fijos que sepamos son solo para sus selfies. De vestidos con faralaes ni por la Calle Sierpes para turistear.

De ahí, lo agrio de lo visto. Lo dulce, nos lo enseño algún fabricante de Kimonos de Niigata, donde se hacen los más bellos por la pureza de sus aguas para el teñido de colores. Aplicaban el principio de obtención de la popularidad, que hablen de ti aunque  sea mal. “Que se lo pongan, aunque sea así desgraciadamente”.

No sé yo si siguieron pensando lo mismo cuando, poco tiempo después, la superestrella televisiva de USA, Kim Kardashiam, registraba el nombre de “Kimono” para una de sus líneas de moda de prendas íntimas femeninas (“Kimono intimates”). Como registrar “Mantillas íntimas”. Mayor originalidad y desconocimiento del kimono, difícil. Y remachándolo con la delicadeza de su hashtag: “Kim Oh No”. Revuelo en las redes japonesas y hasta el alcalde de la tradicional Kioto parece que escribió una carta.

El kimono es un símbolo perenne de la elegancia  japonesa. Más que la tradicional Geisha, de difícil adaptación a la modernidad y de duración limitada históricamente. No sé cuándo, pero ésta acabará siendo solo objeto de estudio de eruditos y de representaciones teatrales. Por más valioso que sea su activo cultural. Acabará fuera de circulación cotidiana.

El Kimono, no. Está llamado a permanecer y renovarse vitalmente. El kimono ha pasado años malos de peligrosa obsolescencia por su dudosa practicidad para el uso diario. También gozó de su etapa de “de-construcción”. Similar a la gastronómica: sus maravillosos tejidos hicieron moda para diseñar preciosos y originales vestidos de fiestas, galas y sugerentes de diario. ¿Por qué no? Seguirán.

El kimono es moderno por naturaleza. Hasta de más actualidad que nunca. Es unisex o multisex. Con su línea y colores más sobrios es puro realce de la masculinidad. El de “obi” espectacular y pomposo, y sobre todo, con el cuello abierto en amplio escote hacia la espalda, es la feminidad sensualmente pura. Entremedias lo que se quiera. A gusto del usuario. Podría hasta ser adoptado como símbolo de la moda

LGTBI (siglas que designan colectivamente a Lesbianas, Gays, Bisexuales, personas Transgénero e Intersexuales). Tan moderno y  políticamente correcto hoy, descubierto, hace cuántos siglos, por este Japón sorprendente tan  siempre marcado por su discriminación sexista.

Llegan los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y esa pre-degustación del kimono en versión “ready to wear”, podría fomentar una buena intriga para descubrir, también, las ocultas mil y una maravillas estéticas del kimono eterno. Su florecer en cualquier versión nos lo acercará.

Tienen razón, que florezcan donde sea, y cuantos más, mejor. El glorioso crecerá.

Pedro Gallo

Pedro Gallo

Sociólogo y empresario especialista en relaciones hispano japonesas, con más de 14 años viviendo en Japón

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