Cumbre de la OTAN (II): Resurgir desde una «muerte cerebral»

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron. | NATO, Flickr
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Madrid. Los años 90 y 2000 se convirtieron en la época de hegemonía indiscutible de Estados Unidos y sus aliados. La OTAN se expandió hacia el Este, aceptando a todos los antiguos miembros del Pacto de Varsovia. Para desempeñar el papel de gran potencia, la Casa Blanca bajo las administraciones consecutivas, primero del republicano George Bush (padre) y seguido después por el demócrata Bill Clinton, decidieron convertir a su país en el «gendarme mundial» que promovería los valores liberales y democráticos por todo el mundo independientemente del coste en vidas humanas.

Así comienza la era intervencionista en la política de la OTAN. Washington, seguido por sus entonces entusiasmados aliados, intervino primero en Irak (1990-1991) para castigarlo por la invasión de su vecino Kuwait; después en Somalia (1992-1993), para derrocar al dictador Mohammed Farrah Aidid y contrarrestar el creciente fundamentalismo islámico en la región; acabando en Yugoslavia (1995 y 1999), bombardeando la capital serbia de Belgrado.

El nuevo milenio comenzó con los ataques del 11 de septiembre de 2001 orquestados por la organización terrorista de Al-Qaeda, a lo que el entonces líder norteamericano George Bush (hijo) respondió primero con la invasión de Afganistán (2001) y después de Irak (2003), con el fin declarado de acabar con esa amenaza.

Aunque con varios éxitos, esta época de constantes incursiones por todo el mundo se estaba haciendo cada vez más cansina para los miembros de la alianza. De hecho, el bombardeo de Yugoslavia en 1999 y la guerra de Irak en 2003 ya no reunieron el apoyo de las operaciones previas. En el caso de Irak, muchos líderes europeos, como Tony Blair o José María Aznar, pagaron un alto precio en casa por su ciego apoyo.

Ni Alemania ni Francia ni Canadá se arriesgaron a meterse en esos conflictos, instando a la Casa Blanca a recurrir a la diplomacia y no la fuerza militar. Según pasaban los años, las incesantes guerras en Irak y Afganistán contra una amalgama de facciones militantes causaban cada vez más descontento tanto en las sociedades europeas, como en las estadounidenses. La victoria no se veía en el horizonte y cientos de soldados seguían muriendo en una guerra lejana por un motivo cada vez más distante.

La Guerra Fría había acabado, la amenaza soviética desapareció para siempre, siendo su sucesora, Rusia, un país mucho menos peligroso. El mundo presenciaba el nacimiento de un nuevo rival de Washington, la China comunista, que escalaba a saltos hasta amenazar convertirse en la primera economía del planeta. Desde que Barack Obama ocupase la mesa del Despacho Oval, la brújula de la política exterior de EEUU comenzó su lenta deriva hacia el Este, hacia el Pacífico, que se convertiría en el frente principal de esta nueva contienda. Europa y sus problemas descendieron en la lista de prioridades del hegemón. A eso se le sumaron los continuos desacuerdos entre los líderes europeos, cuyos intereses diferían considerablemente.

Además, tras dos décadas de intervencionismo y neoliberalismo radical, se notaba cierto cansancio en las élites americanas también. Así, los dos sucesores de Bush, Obama y Donald Trump, aunque de diferentes partidos, promovieron una política de alejamiento de la OTAN. Especialmente Trump, dirigiendo una guerra comercial con el continente europeo y amenazando con abandonar la alianza por el incumplimiento por parte de la mayoría de los miembros de la cuota en gasto militar. «América primero», decía Trump, con significado: Los europeos tienen que solucionar sus problemas por su cuenta. Parecía que la casi bicentenaria «Doctrina Monroe» volvía al Nuevo Mundo.

Así comenzó 2022. La nueva administración de Joe Biden no ha abandonado la OTAN, ni mucho menos, pero ha seguido la política de su predecesor en cuanto a China, concentrando gran parte de su atención en el gigante asiático. Las reuniones de los líderes transatlánticos, que antes eran verdaderos eventos, pasaron a ser poco más que una rutina, una bonita tradición de pasar el tiempo entre un «grupo de amigos».

Cada país tenía sus propios intereses: Francia pretendía salir del eclipse de Washington y Londres para recuperar su relevancia perdida; el Reino Unido tuvo una deriva aislacionista similar a su aliado ultramarino; Alemania pretendía mantener una relación decente con Rusia para alcanzar su meta de cero emisiones para 2030; Turquía, el único miembro con mayoría musulmana, anhelaba convertirse en una potencia regional, manteniendo también unas relaciones agridulces con el Kremlin y quebrantando de vez en cuando las reglas de la organización; mientras que Europa del Este estaba absorta por la creciente amenaza del hombre fuerte del Kremlin, Vladimir Putin.

No había un enemigo común contra el cual podrían unirse. No había un interés mutuo por el que luchar codo con codo. La OTAN se encontraba en un estado de «muerte cerebral», como lo definió el líder francés, Emmanuel Macron. Otras voces, como la de la exministra de defensa alemana Annegret Kramp-Karrenbauer, insistían en que la Unión Europea (UE) no puede sobrevivir sin la OTAN, instando a mantener la devoción a la causa.

En los últimos años, EEUU dejó de consultar a sus aliados transatlánticos en materias militares y políticas. Primero, en Afganistán, cuando Washington declaró la retirada de sus fuerzas de Kabul, abandonando la causa antiterrorista y dejando a los europeos ante un difícil dilema. En 2021 Biden reiteró su interés por la región Indo-Pacífica formando una alianza militar con Australia y Reino Unido, que recibió el nombre de AUKUS. Este acuerdo enfureció a Francia, ya que París no solo no fue invitado, sino que perdió además varios contratos multimillonarios de submarinos con Canberra, que se decantó por los buques norteamericanos. Además, fue resucitada Quad, el foro informal de seguridad constituido por Australia, India, Japón y EEUU.

La «muerte cerebral» parecía inminente. La OTAN tenía todos los indicios de convertirse en un anacronismo, una reunión de exalumnos que se ven cada varios años para compartir sus experiencias y pasar un buen rato. Biden tenía un nuevo «grupo de amigos», a los que dedicaba más tiempo que a la olvidada Europa. El 24 de febrero pasado, día en el que Putin declaró la «operación militar especial» en Ucrania, lo cambió todo.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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