Cumbre de la OTAN (y III): En plena guerra y política de bloques

Banderas de Rusia y la OTAN. | NATO, Flickr
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Madrid. La invasión de Ucrania ha devuelto el asunto europeo a la mesa de la Casa Blanca. Rusia, equipada con armas nucleares, comenzó una guerra de gran escala en medio del continente, el mayor conflicto desde la Segunda Guerra Mundial.

Durante años el Kremlin sembró discordia en las filas europeas, aprovechándose de la dependencia de los países de la UE de los carburantes rusos. Ni en 2008, cuando Rusia atacó Georgia para defender la independencia de la región separatista de Osetia del Sur, ni en 2014, cuando fue anexionada Crimea y comenzó la guerra del Donbás, Bruselas no pudo dar una respuesta contundente. Cada país defendió sus intereses egoístas.

El presidente ruso, Vladimir Putin, pensaba que esta vez podría salirse con la suya una vez más. Sin embargo, se encontró ante un frente occidental unido. Aunque el embargo completo a los carburantes rusos no llegó a ser aprobado, muchas otras sanciones están causando muchos estragos en la retaguardia. Aparte de Víctor Orbán, primer ministro húngaro y antiguo socio del Kremlin, ningún otro país de la UE se atrevió a oponerse a las restricciones.

Incluso Estados normalmente neutrales, como Suiza, no se quedaron atrás esta vez y se adhirieron a las sanciones. Otros, preocupados por su existencia, miran a Occidente pidiendo ayuda. Así, Finlandia y Suecia, dos países escandinavos que durante más de siete décadas se mantuvieron al margen de alianzas militares, ahora pretenden unirse a la OTAN. Las exrepúblicas soviéticas de Moldavia y Georgia también apelan a Bruselas para ser aceptadas en la OTAN.

Asia también comparte las preocupaciones de su socio ultramarino. Anthony Albanese, el recién electo primer ministro de Australia, no pretende permitir la expansión de la influencia de China en las naciones isleñas del Pacífico. Fumio Kishida, primer ministro de Japón, una nación tradicionalmente pacífica desde la derrota en 1945, intenta mejorar sus relaciones con Seúl, su vecino occidental, y reforzar la cooperación política y militar con Washington. Yoon Suk-yeol, presidente de Corea del Sur, tiene también en mente un acercamiento con Occidente. Si la llamada «mentalidad de bloques» está volviendo a la arena política o no solo nos lo dirá el tiempo, pero sí podemos estar seguros de que el panorama está cambiando para siempre.

¿Pero por qué ahora? ¿Por qué en 2022 y no en 2008 o 2014 renace por fin la OTAN de sus cenizas? Como cualquier decisión, la de castigar a Moscú o mantenerse al margen para mantener la estabilidad económica es un dilema. En el primer caso, Europa se aleja del régimen de Putin, lo condena incondicionalmente y cesa cualquier intercambio comercial que costee la operación militar en Ucrania. Sin embargo, este camino es demasiado costoso, por lo menos a corto plazo. La industria europea no podrá sobrevivir sin el gas ruso y la agricultura se ahogará sin los fertilizantes. Encontrar un relevo, y rápido, no es tarea fácil. La segunda opción es la tomada por Budapest. Para evitar el descontento popular y empresarial por los crecientes precios al gas, el país mantiene sus lazos económicos con Rusia y mira para otro lado en cuanto a los crímenes de guerra y otras violaciones del derecho internacional.

Durante las últimas dos décadas Occidente se decantó por la segunda opción. El discurso se limitaba a expresar «preocupación por la situación» y la «importancia de la diplomacia para solucionar el conflicto». Pero ahora la situación es diferente. Una guerra en una región remota y montañosa que tiene como fin la defensa de una reducida población separatista, como en Georgia, es un «casus belli» dudoso. Una anexión territorial pacífica (Crimea) y apoyar una sublevación armada en una región de un país europeo (Donbás) ya es bastante más significativo, pero sigue sin ser algo existencial. Se mantiene en el marco de «agresiones permisibles».

Pero una guerra convencional en medio del continente con el fin de derrocar a un Gobierno, que según los primeros avances del ejército parecía ser la meta de las tropas rusas, es algo inaceptable. No es una simple incursión, que se puede negar (como hacía Moscú, negando su presencia en el Donbás durante los últimos 8 años), sino que es una guerra de verdad, donde la existencia del país más grande de Europa, Ucrania (no contando a Rusia, claro), está en peligro.

Es precisamente esa amenaza existencial la que mueve a Occidente a cerrar filas. Si Putin se atrevió a invadir a su vecino, quién sabe dónde parará. ¿Se limitará a conquistar el Donbás? ¿Pretende acaso quedarse también con Transnistria? ¿Y Georgia, Kazajistán, los países Bálticos? Para Bruselas esta incertidumbre es abrumadora y no puede ser tolerada.

La OTAN: el futuro

A pesar de la rotunda reacción de Occidente, es importante comprender que esta unidad fue creada ante una amenaza común. Al igual que en 1949, las naciones del Atlántico decidieron aliarse contra el enemigo externo. La pregunta es: ¿Es esta situación duradera? ¿Es solamente una piedra insignificante en el curso de las aguas de la historia o desviará la corriente hacia un nuevo nivel de cooperación transatlántica?

Hay voces tanto a favor como en contra del inevitable ocaso de la OTAN. Los argumentos de los primeros orbitan alrededor de la rivalidad entre chinos y estadounidenses como determinante para la política exterior del país. La Rusia de Putin es solamente un síntoma de la creciente influencia de Pekín en el mundo. Ucrania se calmará algún día, pero el gigante asiático seguirá reclamando el trono de la hegemonía global. La alianza caerá en la insignificancia y el olvido, siendo sustituida por una nueva en el Pacífico, probablemente a base de la AUKUS o la Quad. Según este punto de vista, China es el principal rival del imperio americano, mientras que todos los demás conflictos son solamente escaramuzas en este nuevo «Gran Juego».

Mientras tanto, los que creen que la unidad occidental está de nuevo resucitando, mantienen que la guerra en Ucrania les demostró a las élites políticas europeas lo peligroso que es la tolerancia de las violaciones del derecho internacional. Vieron el riesgo de ser demasiado blandos y priorizar el interés económico de corto plazo para mantener la popularidad en las urnas. Ahora que la gente ve miles de imágenes y videos de las atrocidades de la guerra, ven a miles de familias ucranianas huyendo del conflicto, las acciones de sus respectivos gobiernos responden a sus intereses morales, ya que la población está dispuesta a sacrificar su bienestar económico por unas ganancias más abstractas (la defensa de valores), por lo menos mientras las hostilidades continúen. Aun así, este apoyo popular no es constante, ya que la inflación se está disparando, junto con el desabastecimiento de productos básicos. Un golpe a la cartera de los votantes puede disuadir a los políticos de proseguir su línea dura con Moscú.

El aniversario de los 100 días de la guerra ya pasó. El avance ruso es lento, pero incesante. Putin metió a Rusia en lo que los ajedrecistas llaman «zugzwang», una posición en la que independientemente de lo que hagas acabarás empeorando tu situación actual. Aun así, los planes del Kremlin están fuera de cualquier vaticinio y cuanto más dure la invasión, más imprevisible se hará la economía mundial, más problemas políticos, económicos y sociales surgirán por todo el mundo, más obstáculos pondrán a prueba la aparentemente renovada unidad de la OTAN.

Si los presagios de Putin sobre el «ocaso» de Occidente en el foro de San Petersburgo se cumplen o no depende de cuál de las dos fuerzas (la económica o la geopolítica) triunfará entre las naciones del Atlántico.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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